La poesía y el sistema. Filipo contra los persas, de Víctor Cabrera

Israel Ramírez
Universidad Nacional Autónoma de México

 
Para escribir poesía en México se necesita valentía. Hacerlo desde una actitud que no se ciña a la ya obsoleta oposición entre el canon y el margen (que muchos nostálgicos parecen mantener inmutable desde la concepción asentada en el siglo XX) no puede ser sino algo natural, algo deseable en estos momentos. Los márgenes son variados y no por ello de honrosos resultados, así como el canon no es uno solo ni mucho menos el único estándar de calidad. En este sentido, cuando la poesía particulariza una realidad pública –social, para emplear la palabra que ha distinguido a una veta de producción poética latinoamericana–, la valentía o el dominio de las formas –por separado– no alcanzarán si los resultados que se buscan aspiran a la altura que demanda dicha realidad: la social y la poética.

3 Ancila (IR) 1Conscientes de que el trayecto del epigrama en América no ha perdido los rasgos definitorios que lo distinguieron desde los tiempos de Teócrito o Marcial (es decir, de los epigramas literarios, ya no los inscripcionales o funerarios), resulta sintomático que por tratarse de una forma sintética donde la exigencia formal se acompaña con la agudeza de ingenio, no se ha constreñido su estudio a la vinculación que pueda establecerse con la poesía social ni con la larga historia de las formas breves (de tendencia tradicional, oral o de vanguardia). En suma, el epigrama es –bajo la cómoda lectura– tan canónico como marginal; tan marcadamente antijerárquico como opuesto a la oratoria del lenguaje coloquialista. En esa doble dimensión, escurridiza y propositiva es que se encuentra Filipo contra los persas de Víctor Cabrera. Visto de esa manera, en suma, el epigrama: crítico de la realidad, formalmente exigente en su factura, de ironía mordaz y retórica compleja, de estilo alejado (o paralelo) a los coloquialistas del siglo XX latinoamericano, no es sino una realidad que perturba la visión binaria que se ha querido mantener sobre la poesía contemporánea.

Filipo contra los persas y otros cuantos epigramas de Víctor Cabrera es claro ejemplo de una síntesis afortunada de preocupación social (sórdida, socarrona… horrible) y fino trabajo estilístico. Habrá otros que, ante la crueldad o la barbarie contemporánea, desmedidos y sin esa delicadeza de la buena maledicencia, escriban con la torpeza que les motiva el odio. Sin embargo, la irracionalidad que experimentamos el sexenio pasado hizo germinar en la pluma de Cabrera al mismo tiempo la dignidad y la poesía.

Si bien no habrá que caer en el juicio superficial de que si el poema se entiende será mejor, tampoco podrá concluirse que el compromiso que se mantiene con la realidad lo eleva por sobre la obra de los que se evaden de ella. Ni una u otra de estas falacias es justa para leer poesía en México, pues ambas reiteran una oposición que en lo general no ha dado más frutos que el esquematismo y la consecuente desaparición (en la discusión general) de otras perspectivas de escritura que existen en México, pero que se han dejado de lado por la miopía crítica que domina en el panorama nacional.

Intentar una lectura que rebase el mero comentario bibliográfico atenderá, entonces, a preguntarse ¿cómo se da la relación de los elementos que interactúan de manera intrínseca y extrínseca en el poemario?, ¿cómo se presentan los elementos en función del sistema literario o del sistema político al que se alude? En “El duelo del César” (13), cuyo subtítulo reza: “Epigrama hallado en un charco de sangre” tenemos un buen inicio de lo que el poemario demandará del lector. Una sólida competencia de lectura, atención a los elementos formales de la impresión del libro y, por supuesto, el reconocimiento de los subtextos o acontecimientos que se hallan detrás de cada poema para, a continuación, interpretar los distintos modos en que el texto se apropió de ellos para dar un resultado diferente.

V. C.Como se puede notar, la impresión visual no está desligada del sentido que se pretende mediante la lectura del texto. Dado que el libro está impreso a dos tintas: negra y roja, quizá resulte –de manera inmediata– evidente la relación entre el texto en blanco y el fondo de la página totalmente rojo cuando se poetiza sobre la violencia y la sangre. Pero más allá de esto, el lector descubre que existe una cierta regularidad acentual en la sexta sílaba de los versos de la segunda estrofa, además de hacerse patente la presencia armonizante de endecasílabos y octosílabos dentro de un patrón silábico no regular. Sumado a lo anterior, el empleo de las iteraciones en el primer verso de las primeras dos estrofas juega primordialmente con los fonemas oclusivos /t/, /d/ (aunque también estén presentes: /k/ y /p/) y se convierte en un patrón acústico que incide directamente lo mismo en la cualidad de integración estructural del poema como en la configuración del sentido, insistente, pesado y condenatorio:

Tres Días De Duelo, Filipo, DecreTasTe
[…]
Tres veces cien por mil por TreinTa

Ahora bien, a ese primer plano se enlaza de manera natural el quinto verso: “Días De luTo le conceDan”, mismo que recupera rítmicamente del primero la reiteración que se tenía en Días, Duelo, DeCreTasTe…

En consecuencia, si en un poema tan breve se logra que esta organización rítmica del inicio del texto se concrete hacia el final con una nueva aparición de ese mismo fonema en las palabras: dolor y decreto dentro de un remate tan contundente en su sentido, como en su estructuración, nadie podría negar que más allá de la referencia que pudiera ligar este poema al ataque perpetrado al Casino Royal, en la Ciudad de Monterrey, a partir del cual el expresidente mexicano declaró tres días de luto nacional en el año de 2011, limita su lectura al carácter histórico que lo animó.

La relectura del poema nos deja latente una imagen de dolor y pena por la muerte ocurrida, pero también la de ese veredicto enunciado entre paréntesis en los dos últimos versos leídos dentro de un contexto enrojecido que rebasa por mucho el límite visual de las líneas escritas: “(Y sabe, de paso, tiranuelo / que el dolor no se porta por decreto)”, a los cuales se llega en la cascada semántica que ha ido arrastrando al lector desde los: tres, tres, tres, treinta, tiranuelo y los: días, duelo, decretaste, días, dioses, deleznable, dolor, decreto.

En esta lúcida tensión –entre la postura social y su realización escrita– es que el poemario evade la clasificación sesgada que lo pudiera atar a la vena tradicional del epigrama desde una llana lectura literaria, así como también lo aleja de una posición que sólo quiera encontrar en él el reflejo inmediato de una crítica directa hacia el muy desafortunado ejercicio de gobierno del sexenio anterior.

Si en otro sentido intentamos construir la red de obras con las cuales interactúa este libro, habrá que apuntarse que pocos poetas en México han dedicado versos punzantes a las figuras políticas, aunque pintas y consignas sean comunes desde las avanzadas de los contingentes en una marcha. Abundan también poemas mordaces a los enemigos literarios, a los académicos (hablar mal de ellos siempre es punto de común acuerdo entre poetas)… pero no se ha escrito en abundancia desde los libros de poesía con virulencia hacia los gobernantes ni mucho menos haciendo escarnio del Señor Presidente: a este respecto, Jorge Hernández Campos es una honrosa excepción.

Si bien entonces la tradición del epigrama lleva estas formas a los terrenos del despecho amoroso, al erotismo y el ámbito sexual, el de tema político siempre ha tenido vigencia en lengua española. En México, para hablar de la historia reciente, fue durante la segunda mitad del siglo XX que tuvo su auge debido a las consecuencias naturales que emanan de 1968; bajo este contexto surgirá un hijo rebelde de fruto huertista llamado “poemínimo”: texto intersticial que recupera el espíritu epigramático, aunque sin las marcas propias de la tradición.

3 Ancila (IR) 4Es así que sin intentar una historia de la tradición epigramática en México, sólo mencionaré –de cara a lo que aquí me interesa– que el poemínimo es una mezcla de descreimiento de las instituciones (políticas, sociales, religiosas…), razón por la cual se da también una burla hacia la escritura, la sabiduría popular y, claro, ante los gobernantes. Amenizado con el genio chispeante del buen poeta que fue Efraín Huerta, los poemínimos establecen su competencia mediante los juegos verbales y las semejanzas auditivas, pero también por tocar temas que estaban en el ambiente político y social del momento con una viveza hasta ese entonces fuera de los moldes poéticos establecidos. Esto es lo que acerca a los poemínimos a la tradición del epigrama, aunque también es el tratamiento lo que los distingue. Quede una muestra de ello:

“Discriminación”
¿Y
por qué
nadie
habla
de los
presos
poéticos?

Mientras el poemínimo orienta su propuesta crítica hacia el efecto burlón y paródico, dejando un sabor de boca fresco, los poemas de Cabrera llevan al lector hacia el terreno de lo sarcástico, lo satírico. De cara a ese tono que se debate entre la naturalidad y la ridiculización, Víctor Cabrera retoma la solemnidad de la tradición grecolatina y el genio huertiano de apropiarse de discursos no literarios para expresar en un poema que, por ejemplo,

“Las drogas destruyen”
Tienen razón tus cónsules y generales
cuando dicen que el hashish
corrompe y mata el opio:

Ya hace tiempo que ellos fueron corrompidos
y hoy contamos nuestros muertos por millares (23).

Quienes recuerden que el título del poema está tomado de una campaña de prevención del consumo de drogas que difundió la Procuraduría General de la República en México (PGR) y que rezaba “Las drogas destruyen y tú mereces vivir” (o que conozcan el cartón del caricaturista Hernández que circuló en 2010, donde se veía una de las frases más utilizadas del sexenio de Calderón en una mampara que estaba siendo clavada por la figura de un presidente diminuto –a cuyas espaldas estaba tirada una gorra militar– y que decía a la letra: “Para que la droga no llegue a tus hijos… Te los estamos matando. Gobierno federal. Vivir mejor”), tendrá clara evidencia que se da una reelaboración de los elementos para construir un nuevo texto, uno donde la apropiación de la frase original detona en un poema que enfatiza justamente lo contrario: en el caso de “Las drogas destruyen”, la corrupción y la muerte.

Así como Huerta revitaliza en la poesía lírica brevísima el tinte político, lo mismo hará Eduardo Lizalde con La zorra enferma. Malignidades, epigramas, incluso poemas. Menciono lo anterior no para que se piense que el de Cabrera es un libro que sigue líneas idénticas a las de Huerta o Lizalde, sino porque resulta innegable que ambos constituyen el espacio de diálogo frente al cual podemos enmarcar esta propuesta en el México contemporáneo. A continuación dejó una muestra de Lizalde como ejemplo de lo anterior:

“¡Oh, César!”
III
César manda,
no hay duda.
Por eso van al Zócalo
estos puercos.

VII
Querido César,
hubiéramos podido ser amigos
si en el camino al Senado
no te hubieras convertido
–tan fielmente–
en mi perro (203-204).

Mucho hay de lo epigramático en la escritura de Francisco Hernández, por ejemplo, en Mi vida con la perra o en la sección “Postales”, de Mar de fondo. Mucho también en José Emilio Pacheco, Héctor Carreto, Marco Antonio Campos, Enrique González Rojo, Leticia Herrera Álvarez, Iván Cruz… para remitirnos al terreno mexicano; y junto a ellos, el nombre de Víctor Cabrera lucirá bien arropado.

Tal como ha quedado señalado, en Filipo contra los persas se presenta mucho de lo que caracteriza al epigrama: la finalidad de ridiculizar y demeritar mediante la burla, la parodia o el desprecio; el uso de un lenguaje directo (aunque revestido de una dicción clásica), el aspecto mordaz de la visión que se crea hacia el sujeto o las acciones de las cuales se habla, la crítica al gobernante en turno mediante el uso de un nominativo: César, Señor, Monarca…, así como el empleo del ingenio, la brevedad y la concisión para conjuntarlo todo en un texto que lo mismo es crítica directa que poema de precisión máxima.

En sus “traducciones” de la Antología griega, José Emilio Pacheco pone en boca de Arquíloco un poema que, bajo el contexto de la dictadura simulada por setenta años de elecciones en México, parecería caduco a la luz de la mentada alternancia que llevó a la presidencia a Felipe Calderón.

Ahora en el país manda tan sólo Leófilo.
No se oye sino a Leófilo.
Todo repta a los pies de Leófilo.

Leído así, sin título, tenemos la esencia del epigrama. Ahora bien, restituyendo el título al poema se agregan nuevos sentidos que muy bien se conectan con la propuesta de Cabrera:

“Candidato del PRI”
Ahora en el país manda tan sólo Leófilo.
No se oye sino a Leófilo.
Todo repta a los pies de Leófilo (309).

En ese imperio de luces derechistas que fueron los gobiernos más recientes, nunca estuvimos exentos de pan y circo –a la vieja usanza de históricos gobernantes–, ni de tiranías y aduladores. Leófilo lo mismo fue Labastida que Fox, lo mismo Calderón que Peña Nieto… sin embargo, teniendo en Vicente Fox –por su tipo de calzado– a un Calígula moderno y un tema indudablemente rico para los epigramistas, debimos esperar hasta la publicación de Filipo contra los persas para revitalizar la tradición de la poesía social y del prestigioso género epigramático con la presidencia de Calderón.

Apenas en enero 3, de 2007, a unos días de iniciado su mandato, Calderón vistió el uniforme militar en Apatzingán, Michoacán, lo cual le valió no sólo muchas críticas, sino memorables caricaturas en los periódicos y revistas. Recordemos que sobre su camisa de vestir, Felipe Calderón vistió una casaca militar en verde olivo –y una gorra– visiblemente grandes: los brazos, los hombros y la gorra parecían empequeñecer grotescamente la imagen de un recién estrenado presidente que echó a andar la maquinaria militar para combatir al narco en el estado de Michoacán.

Su corta estatura entonces (y aquí se colige su diminuta figura frente al poder militar o frente al narco o frente a las televisoras…) fue un tópico muy explotado para evidenciar sus carencias, “Filipo el grande” es un ejemplo perfecto de trabajo literario a este respecto:

Le viene bien el uniforme
militar a nuestro César,
pues todo en él
se ensancha y engrandece:
el broncíneo pectoral
que le tapa más debajo de la panza;
las grebas que le trepan
arriba de los muslos;
la espada que en su mano
quintuplica su tamaño;
el yelmo que le ciega la mirada.

Todo Filipo lo vuelve, pues, enorme:
así él es de pequeño (7).

He aquí una de las principales valías del poemario. Si bien no hay una correspondencia idéntica con los sucesos que marcaron el sexenio de Calderón (ni se busca), hay elementos que se retoman de nuestro pasado César y que, como sustrato, activan en el poema la posibilidad de una lectura que dialoga con la referencialidad mexicana, pero también una que lo hace con la larga tradición de déspotas y militares que han detentado tiránicamente el poder y a los cuales se les ha satirizado desde la literatura.

3 Ancila (IR) 2La vigencia del epigrama no sólo se da en función de su brevedad y sus temáticas, sino que, como se desprende de la lectura de Filipo contra los persas, de sus estrategias para no dejar que la realidad empape el texto para transformarlo en una queja deslavada y directa de la inmediatez.

El delicado regusto de llamar César al obcecado gobernante lo mismo deja un sabor a reconocimiento y homenaje (a partir de un sobrenombre que muchos dirigentes quisieran) así como una evidente burla al dar relevancia en el texto a todas las cualidades que no hacen sino mostrar su nulo respeto ante la figura del César. No olvidemos que en 1974, Lizalde escribió al final de su serie de epigramas un colofón donde da cuenta de la imposibilidad para que un solo gobernante pueda motivar un libro completo.

XIV: Colofón
Una palabra más, César:
No creas
Que todo el tibio y graso lodo de este libro
Es para ti.
No hay un solo poeta estúpido
Como para escribir un libro
Contra un solo dictador,
Y no hay un dictador
Tan vil y carnicero
Que sea capaz, él solo,
De inspirar un libro (206).

Una lectura completa del libro ofrecerá, sin duda, pasajes de una notable calidad literaria, así como de una vigorosa postura ante el sistema literario que en ocasiones se había mantenido al margen de aquello que es una realidad para la mayoría de la población nacional. Si bien es cierto que la tarea del poeta no es convertirse en periodista o cronista, tampoco se puede negar que cuesta menos cerrar los ojos ante los atropellos que asumirlos y construir con ellos un poemario.

A este respecto, cabe aclarar que las pocas páginas del volumen no son insuficiencia, antes bien, son un acierto de mesura ante el desbordamiento de la violencia que lo motivó. Manuel Iris, en la única reseña que conozco del libro, apunta que “Filipo contra los persas tiene la extensión que necesita. Es un texto preciso y cuidado que no hubiera sido ganador de ningún concurso de poesía por la arbitrariedad del número de páginas que éstos requieren.” El libro conquista no por reiteración de lo evidente, sino por ese placentero equilibrio de la escritura poética y la maldición, la ofensa elegante y la aguda visión sobre la realidad social que dejó más de 60 mil muertos en México.

Filipo contra los persas no es un libro complaciente, aunque parezca ser de fácil lectura. La referencia histórica a la que alude podrá ser reciente para nosotros, pero me animo a declarar que ello debilitará al poemario a los ojos de los rigores del tiempo. Sin afán de fungir como censor o visionario crítico, este pequeño volumen posee los mejores elementos de la poesía breve: su profunda ambigüedad de sentido (lo mismo, en ocasiones, transparentemente referencial que, en otras: de cariz universal), su tratamiento en el verso, su estructura acústica y su organización textual de alta precisión en la miniatura.

Quien lo lea alejado de los hechos que le dieron forma podrá hacerlo, pero hay que reiterar que si se privilegia la referencia a los seis años de gobierno de Felipe Calderón en México, no por ello serán menos poéticos cada uno de los epigramas que Cabrera ha escrito en el libro.

Creo que en este sentido Filipo contra los persas se apega completamente a este decir: no podemos leer este libro a la luz, únicamente, del sexenio calderoniano. Sin embargo, hay que aplaudir la valentía y buena factura de un libro como éste, puesto que en esa guerra contra el narcotráfico, es cierto que “Los persas, no muy dados a la risa, están que se mean a carcajadas” mientras el pueblo se moría de miedo.

BIBLIOGRAFÍA
Cabrera, Víctor. Filipo contra los persas y otros cuantos epigramas. México: Rosa Celeste Ediciones, 2012.
Huerta, Efraín. Poesía completa. Edición a cargo de Martí Soler. Prólogo de David Huerta. México: Fondo de Cultura Económica, 1988.
Lizalde, Eduardo. Nueva memoria del tigre (Poesía 1949-1991). México: Fondo de Cultura Económica, 1993.
Pacheco, José Emilio. Tarde o temprano. México: Fondo de Cultura Económica, 1980.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s