Memoria y ceguera en dos poetas mexicanos: Rubén Bonifaz Nuño y Jorge Fernández Granados

Jocelyn Martínez Elizalde
Universidad Nacional Autónoma de México

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

Jorge Luis Borges, “Poema de los dones”

Rubén Bonifaz Nuño (Veracruz, 1923) y Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965) son dos poetas mexicanos con cuatro décadas de diferencia, no obstante en su obra se encuentran al menos dos grandes afinidades; por una parte, los dos escriben desde una idea poética fundada en la tradición, sin dejar de lado una estética clara de renovación; por otra, ambos han escrito desde la conciencia de la pérdida de la vista. Esta segunda característica, aunque no los define como poetas, sí se percibe en muchos de sus versos, lo que hace de su obra una lírica que podríamos denominar hipersensible.

En el caso de Bonifaz Nuño, fue una enfermedad congénita (retinitis pigmentosa) la que acabó con la vista de sus hermanos mayores a los cuarenta años, pero que en el poeta ocasionó la ceguera definitiva hasta los 78. En cuanto al proceso de escritura relacionado con la ceguera, Bonifaz Nuño comenta:

En mi pensamiento ya no puedo escribir un poema. Todo lo que escribí en mi vida lo escribí en máquina; nunca pude escribir un poema a mano. De tal manera que la máquina no me era solamente un instrumento de escribir, sino un instrumento de pensar. (Estrada, De otro modo el hombre, 115)

 Por su parte, Jorge Fernández Granados perdió el ojo izquierdo a los treinta años y la visión de su ojo derecho se fue reduciendo de manera gradual hasta ver sólo sombras y objetos con colores muy contrastantes, respecto a su forma de escribir, Fernández Granados aclara en una entrevista:

Pero no habito en la penumbra. Veo lo que me circunda en medio de una muy densa neblina. La tecnología y la memoria se han convertido en mis invaluables aliadas para seguir leyendo y escribiendo (Simon, “Entrevista”)

En otra entrevista, este mismo poeta añade:

Puede uno perder sus manos, sus piernas, sus ojos, sus oídos, pero mientras uno todavía tenga alma, uno puede seguir escribiendo; a la discapacidad le cuesta trabajo discapacitar a un poeta. (Sandoval, “Somos invidentes”, 68)

Probablemente a causa de la ceguera, la memoria y la sensorialidad forman un papel fundamental en su lírica; en sus poemas es frecuente encontrar un proceso de rememoración de la infancia en el caso de Fernández Granados; y de una insistente añoranza por la juventud, en Rubén Bonifaz Nuño.

Por ejemplo, Fernández Granados escribe en su poema “La higuera”, perteneciente a su libro Principio de incertidumbre:

Creo que fueron los mejores años de mi vida

los que no comprendí

y sólo pasaron

aquel verano donde rompimos los frascos delicados

de la infancia

aquellos días de sol

donde guerreamos y caímos

llenos de música de ruedas

de sangre en las rodillas

ese lugar veloz

donde no éramos sino velocidad. (69)

En ambos poetas, estos recuerdos se configuran a través de una poesía llena de sensaciones. Además, ambos coinciden en el “doble filo” de las armas de la memoria, si bien, como escritores e intelectuales, ésta ha sido para ellos una importantísima herramienta de trabajo, también se ha convertido en una suerte de maldición; Bonifaz Nuño declara: “Pienso entonces en la posibilidad del olvido, que es la esperanza de todo amante desdeñado, pero el olvido no llega y la memoria se vuelve el más insufrible de los males.” (Campos, El poeta en un poema, 65).

En su libro Fuego de pobres de 1961, Bonifaz Nuño escribe:

Qué insufribles, a veces, las virtudes,

de la buena memoria; yo me acuerdo

hasta dormido, y aunque jure y grite

que no quiero acordarme.

(De otro modo lo mismo, 264)

Por su parte, el poeta Jorge Fernández Granados advierte, particularmente a los jóvenes: “Hagas lo que hagas no olvides que la vida es breve, brutal e inolvidable.” (Simon, “Entrevista…”)

 En ambos poetas se da también una constante reflexión acerca del cuerpo como entidad y de la relación que éste enfrenta con el mundo, principalmente en la manera en que el mundo se percibe y se configura en el pensamiento. Fernández Granados comenta:

La ceguera ha sido, ante todo, un gran aprendizaje. Una lección acerca de los límites. El cuerpo es nuestro principal vehículo —si no es que el único— para conocer y experimentar el mundo. Perder o disminuir cualquiera de los sentidos o de las funciones del cuerpo inevitablemente es también un cambio de vida. La vida debe adaptarse entonces a sus nuevos límites. Pero todo es relativo: las cosas continúan allí, lo que cambia es la idea que tenemos de ellas. (Simon, “Entrevista…”)

 Asimismo, Bonifaz Nuño, insiste en la idea del cuerpo y de la carne también como vehículo de la experiencia, pero sobre todo como vehículo del placer:

la única vida que conocemos es ésta en que estamos vestidos de carne; si se me hablara de una vida eterna espiritual, no tendría para mí sentido. Sólo ésta lo tiene. En su resurrección, la carne será para el deleite y el júbilo, y el dolor estará eliminado. (Campos, “Resumen y balance”, 32)

 Dentro de su obra, otra de las semejanzas que puede hallarse entre los poemas de Bonifaz Nuño y los de Jorge Fernández Granados es un sujeto lírico que se asume como un hombre permanentemente viejo. Fernández Granados escribe en su poema “Los agonistas”:

esta noche cualquiera de martes

sólo los jóvenes de menos de veinticinco

tienen aún algo inesperado que ganar o perder en su vida

casi todos los demás nos hemos acostumbrado

a las pequeñas domésticas mediocres dosis en las que

viene la vida (Principio de incertidumbre, 22)

De igual forma, una de las características más evidentes en la poesía de Bonifaz Nuño es la juventud y belleza de la amada, frente a la vejez y ceguera, (en ocasiones también sordera), del amante; por esta razón se alude en el poemario Del templo de su cuerpo, a una mujer que no se puede observar, pero que se percibe con el resto de los sentidos: el oído, el tacto, el olfato y el gusto; paradójicamente el cuerpo se describe blanco y luminoso, características que tendrían que ser percibidas por medio de la vista; transcribo un ejemplo de Del templo de su cuerpo:

Yo, vestido y viejo, carcomido

y ciego, me arriesgo a tus veinte años;

la imprudencia ejerzo del que, a tientas,

ensangrienta espinas, pretendiendo

gozar la flor de la biznaga. (Versos, 247)

o

Siguiendo los innumerables

peldaños infinitesimales

de tu olor, bajando y ascendiendo,

las superficies reconozco,

maravilladas, de tu cuerpo.

Sin verte ni oírte, voy formándole

el molde de un instante tuyo;

el estuche justo, tu morada.

Espacio puro, impenetrable,

donde guardarlo aprisionado.(Versos, 247)

De esta forma, hemos visto cómo la poética de ambos mexicanos se inscribe en un estilo de hipersensibilidad, que se constituye mediante el uso de imágenes poéticas sensoriales, es decir, una representación lo suficientemente vívida como si se estuviera sintiendo de nuevo a pesar de que el objeto percibido no se encuentre presente.

Paul Ricoeur describe la importancia de las imágenes como la verbalización de una sensación, misma que, si es presentada poéticamente, alcanza una fuerte iconización, es decir, el poeta que crea una imagen a través de palabras logra revivir la sensación a la que se está refiriendo. Cito a Ricoeur:

El lenguaje poético es ese juego de lenguaje —como afirma Wittgenstein— en el que la finalidad de las palabras es evocar, provocar imágenes.(La metáfora viva, 280)

 En este sentido, tanto Bonifaz Nuño como Fernández Granados son unos provocadores de imágenes. De ahí que sus poemas superen el ámbito de la recreación literaria de lo visual para deslizarse hacia ambientes llenos de aromas y sonidos; y hacia cuerpos que conocemos gracias a su aroma y suavidad. Ahora, formalmente hay diferencias verbales entre provocar imágenes visuales o no visuales.

 En el caso de la imagen visual las representaciones evocarán la experiencia por medio de colores y figuras; sin embargo cuando se alude a otros sentidos, es común que éstos sean directamente mencionados ya sea en sus formas abstractas o en la mención directa de sus receptores. Es decir, en los poemas será más común que para representar el sentido del oído o del tacto aparezcan palabras relacionadas directamente a estos sentidos, como “oigo” o “siento”; no así para la vista, en ese caso sólo se describen las características —visualmente percibidas— del objeto: “azul”, “brillante”, “luminoso”, “redondo”.

 Por ejemplo, en una secuencia de imágenes visuales, Fernández Granados escribe en su poema “Xihualpa”, mismo que evoca el pueblo de la infancia, los siguientes versos:

La luz de los inviernos

era roja en la flor de Nochebuena

ámbar dentro del jugo de las peras caídas,

blanquísima en las calles camino del mercado,

violeta en los crepúsculos de misa

y azul entre los cerros. (Los hábitos de la ceniza, 13)

 Por su parte, Bonifaz Nuño, en otra secuencia, pero esta vez de aromas escribe en su poemario titulado Del templo de su cuerpo:

 Hueles a escollo soleado,

a huertas en la sombra, a tienda

de perfumes; a desierto hueles,

a tierra grávida, a llovizna;

a carne de nardo macerada,

a impulsos de ansias animales.(Versos, 251)

Fernández Granados, también hace una constante alusión a los aromas, como en el caso de su poema titulado “La perfumista” del cual cito la primera estrofa:

Urna de otras reliquias

ante la babilonia de cristal de los estantes

olisca el seco olor del palisandro, la resina

de estoraque (Venus)

o el aroma lunar de la alhucema.

En las alturas habitadas por el polvo

reconoce, con una orientación

de pájaro, los sitios

migratorios de los frascos.

El ámbar gris junto al pebete,

y la sortija de durazno del almizcle,

el emoliente de la mirra, la cananga

siamesa que no reconoce el frío, el cinamomo,

la perezosa goma del gálbano, el aura de la algalia

y la amorosa Quío de trementina.

(Los hábitos de la ceniza, 34)

Otra de las formas de aludir a las sensaciones en la poesía de estos dos autores es por medio de la sinestesia, este tipo de imagen, como sabemos, relaciona dos sentidos intercambiando sensaciones y receptores, en la sinestesia se representa una paradoja sensitiva, imposible de sentir físicamente, pero que sólo a través del lenguaje poético es posible imaginar.

En Bonifaz Nuño se lee en el poema “Edipo”, un Edipo ya viejo y ciego que le habla a la Yocasta en sus recuerdos:

Vuelvo a tocar la luz, la sola

luz que conocí, la que me guarda

con este olor desprotegido,

con el óleo del tacto; abierta

granada, sombra que me llama,

faro del sabor edificado,

ciudad feliz de muchas puertas.

Y estás de nuevo, jubilosa

maldición, estrella interrogante,

gloria florecida de ceguera,

caravanas de gozo. (Versos, 100)

 Asimismo, Fernández Granados evoca las sensaciones táctiles, las caricias de dos amantes que se observan a través de las manos en su poema “Los testigos”:

Así la desinhibida

lectura de yemas (braille

a cuatro manos) van mudándose esculturas

que se esculpen al tocarse

tactos que se inventan esculturas

de carne juntamente tan desconocidas

que podrían no sé diríase

reconocerse

desde el tacto

de otra vida

(que asumimos cabe en ésta) dos

osados esqueletos

bajo el lento animal

de sus manos. (Principio de incertidumbre, 24)

Por otra parte, puede darse esta evocación de sensaciones, por medio de una Imagen interestésica, es decir, cuando el objeto perceptual es conocido en su totalidad por la suma de los sentidos. En el siguiente ejemplo, que pertenece a Rubén Bonifaz Nuño, los sentidos que entran en juego son el tacto, el oído y el olfato, a diferencia de la sinestesia, la correspondencia ya no es uno a uno, sino muchos a uno:

Te he puesto ahora, mientras duermes,

la codicia táctil del oído

en el corazón, sobre las blandas

ondas litorales de tu pecho:

gavilla de olores, incesante

cosecha fragante de caminos. (Versos, 248)

En este fragmento el oído reconoce el cuerpo de la amada a través de las ondas que producen las palpitaciones de su corazón. A través de ese sonido y el vaivén constante, el cuerpo femenino se muestra voluptuoso y aromático. A través de un “oído táctil-olfativo” el sujeto lírico recoge una cosecha de aromas.

 En estos dos poetas mexicanos aparece casi como un eje temático de su poética la idea de la ceguera, pero no como lamentación, ni como tragedia, sino como pretexto o provocación, y para brindar a sus lectores una forma distinta de ver y de recordar, misma que se da por medio de las imágenes, sinestesias e interestesias.

 En el caso de Jorge Fernández Granados el tema de la ceguera se instaura como una más de las carencias a las que se enfrenta el hombre común, la pérdida de la vista en su poesía es quizá una metáfora de la pérdida del amor, de la juventud, de la salud, de la fe o de cualquier otra “cosa” que inevitablemente va desapareciendo ante nuestros ojos y se vuelve necesario aprender a vivir con las carencias personales. Quizá el poema titulado “Las cosas” es un claro ejemplo de esto:

Se van yendo las cosas

en un ritual tranquilo.

No sé si desaparecen

o sólo cambian de lugar.

Sólo sé que son menos

las cosas y parecen perderse

alrededor de mí

en una blanca neblina.

Esa luz de la tarde las protege.

Los días se van llevando las cosas que he querido.

Con pasos secretos, a mi espalda

se desvanecen. Las cosas

pequeñas, provisionales. Las cosas

que supuse que eran mías.

Y cada vez me siento

más solo, pero más ligero.

Un emigrante, digamos,

que ha perdido su equipaje

pero no lo lamenta.

Creo que mi vida

ha sido un ir dejando cosas

extraviadas, inútiles

y queridas

en lugares que he olvidado.

(Los hábitos de la ceniza, 86-87)

[Ponencia leída el 3 de octubre de 2012 en la mesa “Tres lecturas de Jorge Fernández Granados” dentro del 2° Coloquio de Poesía Mexicana Contemporánea organizado por el Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea de la FFyL de la UNAM.]

Bibliografía

Bonifaz Nuño, Rubén. De otro modo lo mismo. México: Fondo de Cultura Económica, 1979. 

Campos, Marco Antonio. El poeta en un poema. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1998.

—————, “Resumen y balance. Rubén Bonifaz Nuño entrevistado por M.A.C.”. Vuelta, núm. 104 (julio, 1985).

—————. Versos (1978-1944). México: Fondo de Cultura Económica, 1996.

Estrada, Josefina. De otro modo el hombre. Retrato hablado de Rubén Bonifaz Nuño. México: El Colegio Nacional, 2008.

Fernández Granados. Los hábitos de la ceniza. México: Joaquín Mortiz-INBA, 2000.

—————. Principio de incertidumbre. México: ERA, 2007.

Ricoeur, Paul. La metáfora viva. Madrid: Ediciones Cristiandad, 2001.

Sandoval, Sandra. “Somos invidentes”. Revista del consumidor (agosto 2005). PDF. <www.profeco.org>

Simon, John Oliver. “Entrevista con Jorge Fernández Granados”. Revista Tameme (enero 2008). Web. <www.tameme.org>

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