Karen Villeda habla sobre Dodo

“Todos somos depredadores,

pero también podemos ser cazados”

 

Alejandro Higashi
UAM-Iztapalapa

Dodo, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2013, es el tercer poemario de Karen Villeda. En el caso de los libros anteriores, Tesauro (CONACULTA, 2010) y Babia (UNAM, 2011), la primera sorpresa al leerlos fue su capacidad para sumergir al lector en una narrativa compleja y absorbente, difícil de abandonar, porque una vez planteado el enigma y mientras más se adentraba uno en las atmósferas opresivas que proponía la autora, construidas sobre lo dicho y lo no dicho, más se vinculaba el lector con los protagonistas de las historias, seres vivos atascados en un vórtice de sentimientos encontrados, llenos de frustraciones, de pequeñas alegrías, de inseguridades, de dudas, con avances y retrocesos en el tiempo real de la lectura. Tesauro y Babia son dos poemarios en los que la imagen poética gravita con equilibrio sobre las olas altas de la narración. No extraña que el nombre de Karen Villeda se vincule a premios prestigiosos como el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2013 (precisamente por Dodo), el Primer Premio de poesía de la revista Punto de Partida en 2008 (por fragmentos de Tesauro) y el IV Premio Nacional de Poesía para Niños “Narciso Mendoza” en 2005 por Leopoldo y sus siete gatos (que será publicado por Alfaguara Infantil). Se trata de una poeta prolífica cuya obra ha sido publicada en Argentina, Brasil, Colombia, España, Estados Unidos, Guatemala y Venezuela y se ha traducido al inglés y al portugués; y cuya obra creativa se prolonga con facilidad a soportes menos convencionales, como puede comprobarse en otro de sus proyectos, la web POETronicA, donde Villeda compuso una animación en stop motion de Dodo en la que explota el lado infantil del poemario. Su próximo libro, Constantinopla, aparecerá bajo el sello Posdata Editores, aquí un adelanto en Tierra Adentro.

En ocasión de la aparición de Dodo, Karen Villeda accedió amablemente a concedernos una entrevista exclusiva para Ancila, Revista del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea.

 

Alejandro Higashi (A. H.): ¿Cuál es la historia que has elegido contar en Dodo? Dodo, Karen Villeda

Karen Villeda (K. V.): Dodo es una microhistoria de la violencia, a partir de un acontecimiento que me interesaba explorar: la ausencia del dodo. El dodo ha sido un personaje comercializado para el público infantil, y no solamente en la figura caricaturesca hecha por Disney inspirada en Alicia en el país de las Maravillas, sino en bestiarios escritos para niños hace décadas como el de Hilaire Belloc (1870-1953), que tiene un poema donde dice que uno puede ver los huesos y el pico del dodo en el “mu-se-o”. Me interesaba resignificar esa ausencia, que es infantil en nuestro imaginario, pero se revela como siniestra a la vez, porque esta especie se extinguió por culpa del hombre y su codicia. El dodo no podía volar (ni escapar), su carne no era apta para el consumo humano y no era un ave particularmente bella cuyas plumas se podían usar como ornamento. En menos de un siglo, desapareció de la faz de la tierra.

“Catorce pulgares, siete pitos estancados en Mauricio. Una verdad demográfica” (Dodo).

A. H.: ¿Por qué recurrir a la literatura de viajes?

K. V.: Me interesa la estructura de la literatura de viajes por la diversidad que plantea: puedes documentar o evocar, que es lo que suelo hacer cuando estoy de viaje y tomo notas. En Babia me acerqué al diario de un viaje personal con la figura paterna, fueron textos escritos a lo largo de mi adolescencia y vida universitaria. Para Dodo, fue fundamental un viaje hacia mi propia infancia con las canciones que me cantaba mi mamá no solamente antes de dormir, sino cuando estaba triste. Yo jugaba a que era un pirata persiguiendo marineros o a mi propio papá cuando me enojaba con él. Mi mamá me cantaba para tranquilizarme. En Dodo hay rastros de dos de mis libros favoritos de la infancia que son de aventuras: Robinson Crusoe de Daniel Defoe y La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. Esos libros fueron vivencias para mí. Siempre quise ser un personaje de una novela de aventuras como las que leía, pero no el protagonista, sino el villano, como El Almirante de Dodo.

“El dodo jamás iba a sobrevivir desde una perspectiva darwinista” (Karen Villeda)

A. H.: En la poesía reciente, a menudo se echa de menos el poema extenso al estilo de “Canto a un dios mineral”, Muerte sin fin, “Lamentación de Dido”, etc., pero creo que poco se valora y también poco se reconoce la pericia necesaria para configurar un poemario con unidad técnica y temática, cuyos logros pueden resultar superiores en el plano de la interacción con el lector.

K. V.: El pulso de mi poesía es una búsqueda obsesiva por el poema total. Mis proyectos son unitarios y se basan en la polifonía. Quiero escribir universos que se sostengan en y por sí mismos como Tesauro, Babia y, ahora, Dodo. Con Tesauro logré un poemario-léxico presentando el repertorio único de dos voces, la femenina y la masculina, cuyo vocabulario de la relación no solamente estaba formado por palabras, sino por emociones como la felicidad, la agresión y el miedo. En Babia, yo era más un ser humano con coraje que una poeta en su oficio. Esos poemas —de los más dolorosos que he escrito— están empañados porque los hice escuchando el aliento de un fantasma del que me deshice con Dodo. En Dodo, los fragmentos cumplen con dos propósitos principalmente. El primer propósito está relacionado con mi visión crítica de la poesía. Como poeta, me interesa embotar los sentidos de quien me lee y, si tengo éxito, agotarlo para llevar al extremo el proceso de la lectura también. El segundo propósito es que, en el nivel visual, el fragmento sugiere una historia que no es lineal, sino cíclica. Entonces, se genera un espacio intermedio donde toda lectura es posible. La violencia (y la desconexión) radica justamente en el vigor de las voces. Lo que no se habla es lo que se extingue. La lectura fragmentaria nos delata nuestra obsesión por el subrayado, porque no existe una realidad total. Nuestra realidad es fragmentaria. Tomamos lo que es más importante para nosotros, ¿y el resto de la realidad, dónde queda?

 4 Ancila (AH) 1A. H.: El título de Dodo sugiere que el gran protagonista es el raphus cucullatus, pero en la lectura sólo aparece ocasionalmente como “un cuerpo a la altura de rodillas”, como “una apariencia trespeleque” para encontrar, en la última página, una ficha catalográfica en latín. ¿Por qué Dodo es el gran ausente de su propia saga?, ¿a qué tipo de barbarie apunta este silencio?

K. V.: Escribir Dodo fue agotador, porque agrupa varias voces; un par de ellas representaron un reto para mí y mis convicciones personales. Me enfrenté conmigo misma. Escribí sobre lo que se ha ido extinguiendo en mí. Pensé en mi vulnerabilidad también y en los futuros que me he limitado. En Dodo se revela justamente nuestra barbarie cotidiana y la estética que hemos construido a su alrededor. Todos somos depredadores, pero también podemos ser cazados. El dodo jamás iba a sobrevivir desde una perspectiva darwinista: su misma tierra lo fue debilitando y no pudo desarrollar las capacidades que le hubieran permitido seguir vivo. Entonces, al escribir sobre esta ausencia (o presencia aparente) me encuentro con lo que es nuestro eterno rito sagrado como seres humanos: nuestra propia devastación.

“En Dodo exploro un instinto primitivo: sobrevivir” (Karen Villeda)

A. H.: La violencia es un componente muy importante en Dodo y en tus poemarios anteriores: en Babia, las notas de violencia alcanzadas en la contención del rey y sus silencios autoimpuestos (¿o condicionados por su cargo y su educación?) son notables, mientras que entre Femenino y Masculinidad de Tesauro prevalece una tensión que se alza sobre los desencuentros de la vida en pareja. ¿Qué clase de violencia te propusiste explorar en Dodo?

K. V.: En Dodo exploro un instinto primitivo: sobrevivir. El dodo y su historia me causaron fascinación durante la infancia. Para mí, el dodo era un poderoso símbolo de supervivencia porque duró casi cien años, a pesar de las adversidades que se le presentaron. Empecé a escribir Dodo en octubre de hace seis años. Fue un reencuentro doloroso porque el dodo se transformó en un signo de violencia pura. Sentía que yo tenía un huevo en lugar de cabeza que guardaba celosamente. Se empezó a romper. El borrador me hacía rechinar los dientes hasta el cansancio. Pasé muchas madrugadas sin poder dormir y con un dolor de mandíbula desquiciante. Cuando viaje a Ámsterdam en mayo de 2011, el huevo se quebró en uno de los canales. Dodo vio la luz con toda la fuerza que había estado acumulando después de tanta represión. Me di cuenta de que, en realidad, el dodo era yo misma, pero también era cada uno de los siete marineros. Me sentía identificada con la microhistoria del dodo. Carmen Villoro lo explica mejor que yo cuando en la presentación editorial de Dodo dijo: “hay una escritura anterior al reino de los hombres”.

A. H .: En Dodo, la historiografía es un marco ineludible: el relato inicia en 1598, cuando el almirante Van Warwijck a cargo del Güeldres zarpa en dirección a las Molucas y termina en 1681, con el último testimonio conservado sobre la existencia del dodo. En el camino, se alude al escorbuto que padeció la tripulación (el Almirante “pinta sus labios de sangre”, en alusión al sangrado típico de las encías) por falta de frutas y verduras frescas (las provisiones para estos siete marinos son cuarenta y nueve sacos de harina), los marinos cuchichean en holandés (“Muiterij, muiterij, muiterij”; “motín”) y las monedas sobre los ojos del Mongol son de época (dos rijksdaalders). ¿Qué persigues en Dodo al conceder esta importancia al dato histórico?

K. V.: Dodo ha transformado mi lenguaje: lo ha acrisolado. Persigo un libro que perdure, persigo una poesía que sea universal. No busco escribir un poema histórico, sino un poema vivo. La poesía, para mí, es experiencia y experimento del lenguaje. Más que el poema logrado, me interesa enormemente su proceso. Considero que hay maneras de intensificar este proceso como la historiografía o el acercamiento a nuevas tecnologías como en mi página web POETronicA. Actualmente, estoy trabajando en una pieza de biopoesía. Es una metáfora metabólica sobre la permanencia y la supervivencia de un verso que se controlan mediante condiciones ambientales específicas. El material con el que está escrito el verso puede sufrir una rápida degradación, por lo que el proceso biológico es un elemento intrínseco del significado de las palabras escritas y determina su lectura final. Me interesa ir más allá de la página. Siempre he creído que el lenguaje se (y nos) transforma continuamente. Para mí, la poesía es una muestra viva del poder del lenguaje.

En los dos libros anteriores de Karen Villeda, puede advertirse una lucha constante con el lenguaje que nunca se sale por la tangente del metalenguaje al estilo de “una rosa es una rosa es una rosa…”; al contrario, se adivina la intención de provocar una respuesta afectiva por parte del lector antes que una reflexión. En el caso de Babia, la capacidad de suspensión del discurso fue muy importante para transmitir esa sensación de asfixia en el seno de una familia disfuncional que no sabe cómo expresar sus sentimientos; la progresión de pequeñas viñetas en staccato transmite de forma muy eficiente la angustia y la frustración de este rey de Babia que desea expresar sus emociones y no puede, vencido justamente por el lenguaje. En Tesauro, al contrario, se habla mucho para no decir nada y el despliegue técnico resultó más obvio: mientras la sintaxis y el uso de símbolos siguen las convenciones rígidas de la entrada lexicográfica o de la fórmula matemática, en la disposición formal Karen Villeda jugaba con los versos en la página; este ir y venir del modelo lexicográfico y matemático a la libertad del juego formal me pareció una clara alusión a la rigidez de los estereotipos que nos imponemos en nuestras relaciones de pareja, de los que intentamos escapar y a los que volvemos. En “Lexicografía E”, los protagonistas discuten por medio de un código de colores que guía al lector hasta un desenlace sorpresivo en el que debes buscar por la página en blanco, para llegar al “blanco sobre blanco” al pie de la página; en ese momento, el lector está emocionalmente exhausto. En Dodo, Karen Villeda recurre con insistencia al inventario y la sinécdoque, con lo que el lector debe estar más atento que nunca a los detalles, porque las partes (del cuerpo, de objetos, de acciones inverosímiles) se suceden vertiginosamente en listados acumulativos que literalmente obligan a leer sin reposo y muy rápido dejan sin aliento. La violencia no radica en el tema, la extinción de un ave condenada a desaparecer por la mera presencia humana, sino en la tremenda desconexión que experimentamos en el mundo moderno, la incapacidad para ver las causas de los efectos que padecemos. No hay que olvidar que nos dimos cuenta de la extinción del dodo hasta que dejó de formar parte del paisaje. La desconexión nos conduce a la extinción, como sucede en el desenlace no escrito de Dodo.

 Si quieren ver el video en stop motion de Dodo, pulsen aquí.

 

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