La reconstrucción imposible

Memoria y espacio de la ciudad en “Las ruinas de México” de José Emilio Pacheco

Roberto Cruz Arzabal
UNAM

Días después del terremoto que destruyó una parte de la ciudad de México el 19 de septiembre de 1985, José Emilio Pacheco escribió el largo poema “Las ruinas de México” a manera de elegía que intentaría no sólo dar cuenta de la destrucción, sino explicarla en un orden de sentido en el que lo monstruoso puede ser comprendido. En este breve ensayo, me interesa aproximarme al poema de Pacheco a partir del modo en el que el sujeto se desenvuelve dentro y fuera de la ciudad como un espacio articulado. Para esto, propongo la lectura de ciertos pasajes desde una perspectiva doble, espacial y simbólica.

Para lo primero, vale recordar la definición que diera Michel De Certeau para la distinción entre lugar y espacio:

Hay espacio en cuanto que se toman en consideración los vectores de dirección, las cantidades de velocidad y la variable del tiempo. El espacio es un cruzamiento de movilidades […] El espacio es al lugar lo que se vuelve la palabra al ser articulada […] El espacio es un lugar practicado. De esta forma, la calle geométricamente definida por el urbanismo se transforma en espacio por intervención de los caminantes (La invención de lo cotidiano 129)

¿Es posible practicar la ciudad como espacio una vez que la destrucción ha tomado posesión de ella, o es que esa destrucción posibilita la reconstrucción paralela, o mejor, alterna del espacio en oposición al trazado cartográfico del lugar? Para responder esta pregunta, recurro al trabajo que recientemente publicó José Ramón Ruisánchez, Historias que regresan, en donde en el capítulo dedicado a Pacheco, asegura el crítico: “El tropo que recorre toda la obra de José Emilio Pacheco, fundándola, otorgándole un centro común al cual él ha sido perpetuamente fiel es la reconversión del pasado, de silencio en imagen presente, de narración gastada por el lugar común en novedad; de cartografía en topología” (72).4 Ancila (RC) 2

En este sentido, podemos pensar en el poema de Pacheco y las posibilidades de habitar topológicamente las ruinas de una ciudad: la topología se construye con un sujeto que observa desde dentro, que no puede controlar lo que camina, que transita no sólo el espacio sino los elementos temporales y textuales que componen ese lugar; para componer el espacio durante su trayecto, el yo de “Las ruinas de México” se sirve no tanto de lo que observa sino de lo que recuerda. No parece haber un sentido remanente en la ciudad que transita Pacheco, sino premoniciones que anteceden al vacío.

Recordemos que el poema se abre con tres epígrafes, uno que encabeza el poema en general y otros dos a la sección primera, en particular. Me interesan, por su contenido, estos dos últimos. El epígrafe bíblico “Y sobrevino de repente un gran terremoto” sitúa la experiencia del desastre en un plano simbólico y ahistórico que permite igualar la ciudad de México a los espacios sagrados de la tradición judeocristiana; por su parte, el epígrafe de Luis G. Urbina, cuyo final dice: “ya seré en mi ciudad un extranjero”, permite situar el poema en una perspectiva nostálgica melancólica que funciona a modo de contrapunto a la perspectiva anterior. Ambos referentes, sin embargo, juegan un papel, creo, más importante dentro de la obra completa, pues construyen la ciudad en una doble articulación dentro del poema, como lugar físico, deíctico, es decir, referencial, y como lugar textual que se nutre del tejido de textos que pueblan el poema. En este sentido, traigo a cuento el estudio que sobre el poema realizó Luis Vicente de Aguinaga para quien:

[…] Pacheco hace un esfuerzo notable con tal de conseguir que cada tema de “Las ruinas de México” se vea no tanto ennoblecido como anticipado por algún momento de la tradición judeocristiana, grecolatina o hispano-mexicana, como si los textos poéticos de una biblioteca fundamental en cierta forma también fueran proféticos (“Paraíso en ruinas” 334)

El lamento y la desazón recorren “Las ruinas de México” hasta alcanzar un tono milenarista que se hace más evidente cuando el yo, tras renunciar a entender las razones de la destrucción para narrarla, descubre otras posibilidades en el valor de memoria que tiene la poesía. Si bien el tono y la aparición de tópicos sobre la destrucción pueden parecer chocantes debido a su insistencia, creo que pueden ser leídos como una estrategia poética del autor, quien moviliza los tópicos tradicionales para re-narrar la ciudad e intentar hacerla de nuevo habitable, al menos en una memoria creada ex profeso. Por ejemplo, el poema 5 de la primera sección dice:

Se alza el infierno para hundir la tierra
El vesubio estalla por dentro
La bomba asciende en vez de caer
Brota el rayo en un pozo de tinieblas.
(Tarde o temprano 308)

Además de referir a los tópicos clásicos del mundo al revés (sin el signo cómico que suele portar, por supuesto), el fragmento opera desde la referencialidad histórica para enmarcar la destrucción de la ciudad en un plano temporal, más que espacial. Para explicar esto, recurro al concepto de producción de presencia que acuñara Gumbrecht para referirse a los fenómenos estéticos en los que el tiempo juega un papel secundario y que, por efecto de este desplazamiento, se centran en la potencia de lo espaciotemporal como un elemento comunicativo. Así, el poema hace convivir distintos tiempos en un espacio común, la destrucción y la ciudad. Poco importa que el tiempo y el espacio del Vesubio y de la bomba sean otros y distantes, lo central del fragmento es que ambos referentes le dan forma nueva a la ciudad como un espacio inhabitable en la realidad pero existente en la memoria; lo que queda de la ciudad, la destrucción y las ruinas, cede ante las premoniciones históricas y poéticas.

Al inicio de su poema, Pacheco no habita la ciudad, ni pretende asirse de los objetos o las cosas humanas que la constituían (el primer poema dice “Absurda es la materia que se desploma/la penetrada de vacío, la hueca” Tarde o temprano 307); lo habitable, o mejor, lo habitado, se vuelve entonces la violencia del desastre. Así el poema 2 de la segunda sección que dice:

Avanzo, doy un paso más,
Miro de cerca el infierno.
Muere el día de septiembre
Entre la asfixia y los gritos.

Arañamos las piedras y brota sangres
Todo el peso del mundo se ha vuelto escombro.
La palabra desastre se ha hecho tangible.
(Tarde o temprano 311)

Esta materialización del desastre sangra y es tangible, sitúa a la ciudad en un espacio mítico en el que la destrucción puede adquirir una interpretación para salir del desastre o para habitarlo. A este respecto, dice De Aguinaga, hablando del significado de la estructura del poema:

Al dotar a cada parte de la serie de un mismo número de textos, a saber: doce, Pacheco hace pensar en los años del calendario solar contemporáneo, con sus doce meses, y atrae por lo tanto a su poema una constatación práctica (que todo año es un “círculo”: un ciclo) y el efecto de una sinécdoque (que, al hablar de un año, se habla de las eras y “vueltas” del tiempo en un sentido más amplio). Así las cosas, ¿no cabe interpretar dicha sucesión de cinco series o “años” como una manifestación a escala de las edades o “soles” que, según la tradición prehispánica, eran cinco en total y contenían toda la evolución de la especie humana y de la tierra? (330)

Esta lectura mítica nos permite sugerir que buena parte del poema es una reconstrucción discursiva de las ruinas, no de la ciudad. Si el desastre de proporciones físicas y simbólicas ha convertido la ciudad del pasado –la ciudad, esto es importante, que ya se habitaba en la memoria– en ruinas, es decir, en lo que Augè ha llamado un no lugar, una cartografía del tránsito perenne de quien no está; el poema y el mito permiten habitar la destrucción y reconocer la dimensión violenta de los acontecimientos sin acudir a la forma derruida de las cosas. No es que se habiten las ruinas para reconstruir lo que un día fue, sino que la discursividad del poema hace habitable, en un orden textual, la violencia. Así en el poema 2 de la tercera sección:

La tierra que destruimos se hizo presente.
Nadie puede afirmar: “fue su venganza”
La tierra es muda: habla por ella el desastre.
La tierra es sorda: nunca escucha los gritos
La tierra es ciega: nos observa la muerte.
(Tarde o temprano 319)

Son los actos violentos lo que queda de la ciudad, es su reconocimiento lo que hace habitable, en su enunciación, las ruinas de la ciudad. La materialización de este acto violento, la memoria encarnada de este acontecimiento al mismo tiempo mítico y físico, es la cicatriz que quedará no en los espacios sino en el tiempo:

Era tan bella (nos parece ahora)
esa ciudad que odiábamos y nunca
Volverá a su lugar

Hoy una cicatriz parte su cuerpo.
Jamás podrá borrarse. Siempre estará
Dividiéndolo todo el terremoto.
(Tarde o temprano 329)

4 Ancila (RC) 1La insistencia de Pacheco por las citas y las referencias, si bien es una estrategia continua a lo largo de su obra, en este poema adquiere visos de urgencia por el sentido; como si la única posibilidad de la ciudad después del terremoto fuera no la reconstrucción sino la experiencia de la premonición. El yo se muestra alejado de los espacios y las cosas, a las que, como se vio, reclama su condición endeble, para privilegiar la textualidad y la memoria. El poema pareciera enunciar que la única posibilidad después del desastre es la cita, no los objetos ni los espacios. Paradójicamente, el yo se conduele de quienes perecieron en la catástrofe, pero no le otorga una habitación a los sobrevivientes; más que supérstite, el sujeto que camina la ciudad es alguien que pondera el valor de lo poético como profecía.

El desastre ha suspendido la temporalidad de la ciudad y la ha vuelto toda materia deshecha, las ruinas de lo que queda, reunidas en la memoria y en la enunciación del poema, son entonces una materia primigenia, cuerpo del símbolo de la historia, de lo que ha de nacer otra cosa. Lo que resulta de la ciudad no es la reconstrucción sino un lugar que nacerá del derrumbe para continuarlo, recordemos el final del poema:

Con piedras de las ruinas, ¿vamos a hacer
Otra ciudad, otro país, otra vida?
De otra manera seguirá el derrumbe.
(Tarde o temprano 339)

Además de un poema elegíaco, “Las ruinas de México” es también una, por decirlo de algún modo, epistemología de la ciudad. Si la violencia es la partera de la historia, la violencia del desastre es, en el poema, la forma de la materia y del tiempo. Al movilizar los tópicos tradicionales de la destrucción para situar a la ciudad en un espacio mítico, existente pero no habitable por los hombres, Pacheco restituye el papel de la violencia física en la construcción de lo que viene. Esto no significa, por supuesto, que el poema sea una alabanza de esta violencia, pero sí su aceptación resignada aunque indispuesta. Para Ruisánchez:

En la obra de Pacheco, el pasado, la naturaleza, los libros son infinitamente productivos, aguardan la mirada diferente que escuche lo que tienen que decir, lo que acaso siempre han estado diciendo pero se ha ignorado. […] El olvido retorna para revelar que siempre ha sido memoria. Una forma de memoria que en su vuelta muestra sus capacidades para modificar el pasado, y desde esa modificación cambiar el presente y el horizonte futuro implicado en éste. (Historias que regresan 73)

Sin embargo, este poema de Pacheco parece situarse en las antípodas de su trayectoria general, más que una formación del sentido de futuro desde la nostalgia, “Las ruinas de México” es una confesión de la destrucción mediante la enunciación de la ciudad en efectos de presencia. No hay en el poema un atisbo de futuro anunciado por lo pasado, sino un impasse de lo material a lo que lo textual sólo responde como anunciación de lo violento y lo móvil; el espacio mítico que se resuelve en la hecatombe es lo que queda del terremoto, es decir, el sentido existirá en un pasado amenazante del que los sobrevivientes no podrán hacerse cargo. El poema no busca la reconstrucción del sentido sino de la nostalgia como anunciación de lo visible, lo que queda, las ruinas, son, al final, el recordatorio de la materia destruida, no su posibilidad.

BIBLIOGRAFÍA
Aguinaga, Luis Vicente de. “Paraíso en ruinas. El tópico del retorno en cuatro poetas mexicanos del siglo XX”. Moenia 16, 2010, pp. 327-341.
De Certeau, Michel. La invención de lo cotidiano 1. Artes de hacer. Trad. Alejandro Pescador. México, Universidad Iberoamericana, 1996.
Gumbrecht, Hans Ulrich. Producción de presencia. Lo que el significado no puede transmitir. Trad. Aldo Mazzucchelli. México, Universidad Iberoamericana, 2005.
Pacheco, José Emilio. Tarde o temprano [Poemas 1958-2000]. México,  Fondo de Cultura Económica, 2000.
Ruisánchez, José Ramón. Historias que regresan. Topología y renarración en la segunda mitad del siglo XX mexicano. México, Fondo de Cultura Económica-Universidad Iberoamericana, 2012.

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