El ejercicio crítico: de sus desiertos y jardines

Israel Ramírez 
UNAM

Una crisis, se afirma, es una oportunidad… y en México tenemos oportunidades a cada momento. Los estudios literarios no son la excepción: las polémicas sobre el estado de salud de la crítica, sobre el ensayo o sobre la oposición academia vs creación son la evidencia más visible.

Marjorie Perloff, en su artículo “Crisis en las Humanidades”, hace un mínimo acercamiento a este planteamiento y a sus posibles soluciones . Sin embargo —al margen de tratarse de un contexto cultural específico y muy distinto al mexicano— advierte de la imposibilidad de hablar de soluciones si antes no se define claramente qué son las humanidades, lo cual no cambia si nos referimos a lo que ocurre en nuestro país.

Es decir, si hay una crisis, es indispensable saber dónde se presenta. De tal manera que al referirnos a los estudios literarios se tendría que asumir que una conceptualización como ésta, además de vaga, es arriesgadamente problemática. Por esta razón, prefiero delimitar mi reflexión a un espacio más concreto: el ejercicio crítico.

I. UN PAR QUE SON MUCHOS

Ya que mis intereses se centran mayormente en la mexicanística, el campo de los estudios literarios es a todas luces fértil, pues aquí no sólo hay crisis evidentes, sino algo de polvo, grandes desiertos y un poco de verdor dónde entretenerse. La crisis de los acercamientos a la literatura, es cierto, se refleja en las polémicas que de tanto en tanto levantan la polvareda (por ejemplo, la suscitada en 2012 sobre la diferencia entre el “ensayo ensayo” que defendía Luigi Amara, y el “ensayo como práctica”, al que aludía Rafael Lemus), en el raquitismo intelectual de los suplementos (piénsese en la degradación paulatina que sufrió El Ángel de Reforma a manos de sus propios dueños), en la tirada tan reducida que venden las revistas (por sólo mencionar dos casos, las tan bien hechas pero de difícil distribución: Luvina de Guadalajara y Crítica de Puebla)… pero —al margen de dónde se verifique esa crisis de los estudios literarios—, muchos coincidiremos que se gesta en las aulas y demás espacios universitarios donde se ejerce, enseña, difunde la literatura y se dan las bases para su acercamiento crítico.

Julio Ruelas, “La crítica” (1907)

Sin embargo, no hay que dejarse ir como el “Rinoceronte” de Arreola, que: “embiste como ariete, con un solo cuerpo de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista”, pues hay otros espacios donde la crisis se gesta gota a gota, humedeciendo la tierra fértil. Regresaremos más tarde a las aulas y otros espacios universitarios, pero antes detengámonos en un terreno en el que casi nadie repara, pero de severas implicaciones en la manera como se lee, escribe y comenta la literatura; me refiero a los talleres literarios. Aulas y talleres mal encaminados pueden hacer mucho mal a la literatura y la crítica, tanto que sólo se les puede dispensar por los nombres que en ellos han aprendido a hacer de esa crisis una verdadera oportunidad de cambio.

Quien asista a un taller donde no se haga referencia a la lectura crítica, al ejercicio de reflexión sobre el procedimiento de escritura, al mismo tiempo que se dan las bases generales de la escritura literaria, o bien asiste a un taller para beatas nacidas a finales del siglo XIX o bien a uno conducido por un advenedizo al que sólo le interesa que lo llamen “Maestro”.

Desde su gradual multiplicación en la segunda mitad del siglo XX, los talleres han sido espacios de aglutinación artística, de conformación de líneas estéticas y de definición de moldes críticos. Si la progresiva separación que se dio entre el mundo académico y el de los creadores arreció como consecuencia del furor por la especialización y los grados, un movimiento semejante se fue dando desde el plano creativo después de la proliferación de premios literarios y becas de escritura creativa.

En Prisión perpetua, Ricardo Piglia apunta que la oposición de los profesores a que los escritores lleguen a impartir clases en las universidades se fundamenta en una reivindicación gremial. Lo cual tiene su correlación con la idea extendida de que los académicos sólo escriben para ellos, así que mejor no hay que invitarlos a que salgan del cubículo; de ahí que en México no sea común que un investigador publique en periódicos o produzca textos para espacios de divulgación. Mantén tus propios espacios, defiende a tu gremio y, bajo ninguna circunstancia, dejes que el otro se meta en tus terrenos: esa parece ser la consigna que se ha mantenido en la lucha estéril entre ambas posiciones. Las consecuencias de esta actitud son: un exacerbamiento de las diferencias entre universitarios y creadores —como si no hubiera casos de literatos y académicos que participan de ambas esferas—, una cancelación del diálogo entre los practicantes y una intencionada separación entre sus productos.

Académicos que escriben para engordar su CV y que llegan al aula sin otro interés que cumplir con la “carga de horas” de docencia, son tan nocivos como los talleres en los que se permite a los asistentes expresarse impunemente con una falta de reflexión o, más temerario aún, con una evidente irresponsabilidad.

La principal función de los talleres literarios es –así se ha entendido– la de aprender a escribir literatura… porque a “hacer crítica”… eso no le importa a nadie. Casi podríamos apuntar que en un taller literario cualquiera puede emitir juicios críticos de manera libre y cobijados bajo una esfera que los alienta a hacerlo. Aunque se sea de esos asistentes penosos que nunca muestran sus cuentos, cuando le sea solicitado valorarán, desacreditarán o analizarán los textos de sus compañeros.

La crisis general de los estudios literarios se materializa a partir de una dispensa de la responsabilidad. Es decir, si en algo –por menor que sea– se puede demostrar abiertamente la capacidad, ello oculta las otras tantas irresponsabilidades en el medio. Ser buen columnista de una revista mensual sirve para disimular el dudoso desempeño como investigador de tiempo completo en la universidad en la cual se cobra; ser un sólido investigador con SNI puede atenuar las críticas por las ausencias continuas del profesor en un curso semestral…

Esa dispensa de responsabilidad de la que aparentemente exime el buen desempeño en alguna de las muchas facetas del ejercicio crítico es lo que ha dado lugar, por otra parte, a la confusión general sobre la diferencia de valor de cada uno de los muchos aspectos que se articulan en el campo literario.

Parte de la crisis se asienta en repetir que sólo hay dos esferas de participación que inciden en la salud de nuestro medio. Es así que, mientras no consideremos que los talleres, profesores, editores de revistas, columnistas, antologadores, investigadores… son parte del quehacer crítico, no tendremos claridad de la dimensión del problema.

II. EXAMEN Y AUTOCRÍTICA

En un ejercicio de autoevaluación con la finalidad de corregir mis propios errores, me di a la tarea de reflexionar sobre este tema desde la soledad que representa el papel de profesor universitario. Si bien no alcanzaré a construir una mediana definición de lo que son los estudios literarios, tal como lo pediría Perloff, me contento con alumbrar algunas caras que desde este terreno inciden en ellos.

En principio, hay que asumir el desfase que existe entre aquello que era considerado como literario hace una década (o más, en el caso de profesores que sobrepasan los sesenta años y que cursaron su licenciatura en los años de 1970 o 1980) y lo que hoy en día es objeto de estudio en los programas universitarios. Lo literario es un campo cada vez más extendido y, mayoritariamente, nuestro país se resiste a los trabajos interdisciplinares, transdisciplinares, aquellos que vinculan a las humanidades con tecnologías digitales o que la piensen más allá de los soportes tradicionales o del empleo exclusivo de signos lingüísticos… en síntesis, a los que exceden los límites convencionales del aula, de la imagen del escritor frente a la máquina de escribir, del texto como escritura lingüística, del lector de libros en papel.

Repasar algunos de los ejercicios que reconocemos bajo la etiqueta estudios literarios tiene la intención de contribuir a su clarificación desde el espacio, a veces árido, en ocasiones reverdecido, de la universidad. A partir de ello, esbozo algunas maneras de hacer de esta crisis un espacio de cambio para los que ya estamos inmersos en este espacio y, por sobre todo, para los estudiantes que están por convertirse en profesionistas.

Pensemos por ejemplo en la obstinada renuncia en la que se ha caído para buscar nuevas vías de distribución de los productos que emanan del trabajo universitario (y de la crítica que se hace en otros espacios no académicos). Casi siempre se piensa en todos aquellos aspectos que integran un proyecto de investigación (hipótesis de trabajo, recursos económicos, humanos, tiempos de entrega…), pero no en la diversidad de maneras en que se puede vincular dicha investigación con los estudiantes o con la sociedad en general.

Mucho menos se dedica una reflexión profunda sobre las vías de divulgación de los hallazgos, los diferentes textos (capítulos, ponencias, pero también entrevistas, notas periodísticas, podcast, infografías, folletos, libros de texto…) que se podrían derivar de nuestra labor. Asumimos que artículos, libros, capítulos y conferencias en coloquios son la única vía de distribución del trabajo académico, no importando quién sea su destinatario.

La falta de imaginación y libertad, reitero, se ha apoderado del ejercicio que desde los espacios universitarios ha sido estandarizado por los formularios de evaluadores: cuerpos académicos o instancias de certificación como el Conacyt. Todavía recuerdo cuando años atrás el informe del SNI no daba oportunidad de registrar una publicación en disco compacto; lo mismo sucede ahora con las publicaciones de divulgación, las charlas o mesas redondas fuera de coloquios o congresos, tan menospreciadas por el Consejo… sin tomar en consideración que serían ellas las que servirían para romper la endogamia lectora que se da en las universidades.

Todavía recuerdo cómo hace años la beca de estudios de posgrado era una “Beca–crédito” que nadie se ocupaba de pagar si es que no se graduaba, cuando las cifras de titulación de un posgrado eran muy bajas (y no se diga, el número de estudiantes, privilegiados en un país con graves problemas de pobreza). De las tesis de maestría y doctorado que, por la misma pereza de sus autores, no se transforman en manuales, artículos de divulgación, ensayos en periódico…

No conozco ninguna escuela de altos estudios en México que en lugar de pedir que sus académicos del área de Humanidades cumplan mínimamente con lo solicitado por el Conacyt, se arriesgue a solicitar que otras universidades, institutos o centros se sumen para promover una reestructuración del informe Conacyt que le permita al cuerpo de investigadores ser más creativos e innovadores (lo que a la larga sería benéfico en los reportes internos y externos).

La crisis de los estudios literarios es también una crisis de los medios de producción y distribución del trabajo de reflexión (y creación) de la literatura. De ahí que el blanco más visible de esta crítica sea la Universidad –sin duda alguna–, pero ello no exime de su responsabilidad a los suplementos literarios o las revistas, a las casas de cultura o a las editoriales.

No recuerdo artículos que sean firmados por cuatro o cinco nombres en el ámbito de la crítica literaria mexicana. Y claro, eso revela la evidente manera de aprender a conducirnos en el medio desde las aulas universitarias, siempre aislados y temerosos al diálogo.

La cultura escrita domina como producción en los estudios literarios, pero –lo sabemos– pocos leen y casi nadie lee literatura, mucho menos, textos de teoría o crítica literaria. Por si eso fuera poco, los especialistas son pocos y la venta de libros universitarios es ínfima. De ahí que veamos en las ferias universitarias libros a 20 pesos que demandaron recursos universitarios para una investigación de años.

Marjorie Perloff © Emma Bee Bernstein

En este mismo sentido, no hay que perder de vista que en nuestro campo se prestigia al que imparte clases en universidades de renombre, al que ostenta un título extranjero, al que publica continuamente en revistas de amplia difusión, al que domina los discursos teóricos contemporáneos… pero no al que consume discursos críticos. Leer crítica no prestigia ni a los propios críticos en este desierto.

La poca lectura entonces, tiene como resultado una nula repercusión en el medio. Es decir, si una película tiene una mala recepción en las salas de cine seguramente saldrá del circuito de exhibición, pero si un libro es malo y recibe críticas negativas, el investigador no deja de cobrar en su universidad. De hecho, los procesos de dictaminación entre pares, las más de las veces, son un requisito institucional más que una verdadera evaluación de los procesos de investigación o de los contenidos producidos por el cuerpo de investigadores de la universidad.

Es necesario cambiar nuestro modo de enseñanza de la literatura partiendo de la actitud del propio profesor. Cuando se tiene al profesor mesías, aquel que quiere seguidores y no estudiantes, el futuro no arrojará sino medianos imitadores: cada vez peores copias del original. También los hay quienes confunden la crítica con la destrucción sistemática de todo lo existente, aquellos que asumen que todo lo hecho con anterioridad sobre un tema es obsoleto o anacrónico, sin darse cuenta que están enseñando que el trabajo crítico no sirve o tiene “vigencia” según su arbitrio, en resumen: que se puede desechar de un plumazo –en el futuro– lo que el profesor o el propio estudiante haga. Decir cada semestre y a cada nuevo grupo que todo está mal es pensar la enseñanza de manera política, de manera sexenal.

La consecuencia de estas prácticas docentes es que se forman críticos que crecen con la idea de echar abajo todo lo avanzado, que se alienta la actitud de mesías, que se reproducen los investigadores aislados, que se propician los salvadores de una obra, los reivindicadores de un autor marginal, los descubridores del hilo negro…

La crisis de los estudios literarios –y aquí regreso al artículo Perloff–, podría discutirse si se enmarca su realidad dentro de una esfera que incluya a las instituciones productoras, a los docentes y alumnos, a las instancias de certificación, al tipo de producto adecuado para los distintos receptores, a la necia distancia que se sigue estableciendo entre la universidad y la comunidad de la cual emerge, a la reiterada distinción entre el mundo de la creación y el medio universitario, al facilismo de la queja ad hominen, antes que a la lectura honesta de los logros ajenos…

La crisis no es el desierto inhóspito que muchos pretenden ver en el medio, pero tampoco la oportunidad de los jardines verdes que prometen sus frutos mágicamente: pensarla binariamente es justamente parte del problema que no permite salir del laberinto. No sólo jardines o desiertos, sino una amplia gama de ecosistemas interrelacionados son los que hay que entender para cumplir mejor nuestra labor. La crisis de los estudios literarios prefiero entenderla como un campo que demanda trabajo y en el que otros colegas ya están abriendo surcos.

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