La poesía como intuición (Tercera parte)

La lectura como escritura y el pulso de la crítica en México

La crítica periodística y el escritor como crítico

(Primera parte)

Alejandro Higashi
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa

En las entregas anteriores, me referí a la mala pero extendida costumbre de leer poesía desde el plano figurativo (atrapados por la anécdota o el correlato objetivo) y no desde el poético; también, al tamiz de un extraño efecto sibarita por el que pasa la poesía actual, donde solo la expresión más difícil e incomprensible se valora como alta poesía y se deja de lado el mero disfrute intuitivo (porque, supuestamente, para leer esa poesía hace falta muchísima preparación y una larga y sostenida experiencia lectora). Por desgracia, estas formas de lectura no son vicios personales y flotan, al contrario, en el aire enrarecido de los escasos lectores de poesía que todavía merodean por ahí, profesionales y no profesionales. Leer para escribir en México no es una tarea fácil, porque implica insertarse dentro de un complejo tejido sociológico de escritores/as, lectores/as y otros/as críticos/as literarios/as; de hábitos adquiridos de lectura sobre los cuales no se reflexiona; de prejuicios; de medios de comunicación y de marketing literario, eso por un lado; pero por otro, de ediciones universitarias y gubernamentales que se quedan embodegadas por un deficiente circuito de distribución y venta; de blogs personales donde cualquier persona puede erigirse en crítico literario sin llegar a la práctica profesional, por simple amor nacional al amateurismo; en una complicada red social donde la lectura debe modelarse y adaptarse camaleónicamente a un mercado cultural en el que la crítica literaria profesional, cuando existe, no pasa de ser un subproducto más, regularmente ejercido por lectores no profesionales o por los propios autores literarios (quienes, en el fondo, son autores literarios profesionales, pero no siempre son lectores profesionales), desprovistos a menudo de modelos adecuados para el ejercicio crítico. El panorama que describe René Avilés Fabila en El escritor y sus problemas no deja de resultarnos familiar, en revistas de poesía, revistas electrónicas, blogs y otras formas de comunicación comunes entre lectores de poesía:

Baudelaire señalaba que un artista es ante todo un temperamento: toca a la crítica la tarea de hacer comprender ese temperamento. Sólo que ningún favor le harían nuestros reseñadores a los escritores al intentar descifrar temperamentos artísticos. Azorín decía que la crítica es una opinión personal: “No hay más que una crítica: examen, observación, asociación, disociación. Y el examen –laudatorio, condenatorio– puede revestir diversas tendencias”. Pero ¿cómo los supuestos críticos locales van a emitir juicios basados en estudios rigurosos que exigen sólida preparación cultural muy amplia? No emiten más que una serie de ideas inconexas resultado de una apresurada lectura.

[…]

Aquí, en México, caso tras caso, la crítica muestra su impotencia, su incultura; pone ante los ojos atentos su miseria espiritual, sus intereses personales (El escritor y sus problemas, 27-29).

Las conclusiones de René Avilés Fabila proceden de un conjunto de entrevistas que realizó a varios escritores influyentes en México y en ellas se muestra un vacío generacional de críticos literarios con una vocación orientadora cuyas contribuciones sirvan lo mismo para dirigir la fuerza creativa del autor literario como las inquietudes personales de los lectores; al contrario, lo que encontró, lejos de una opinión informada, parece cimentado en el elogio o el vituperio personal, sin mediar el análisis de la obra: “en México, la crítica es el arte de elogiar a los amigos o a los importantes y soslayar despectivamente a los miembros de otros grupos o a ‘enemigos’” (27). Se trata de modelos adquiridos y reproducidos de manera espontánea, por lo que escribir crítica en este país no hace sino perpetuar esta forma viciosa de leer la obra poética para luego escribir sobre ella. En cierto sentido, ni siquiera se escribe sobre la obra literaria, sino que se escribe sobre (o contra o a favor) del prestigio cimentado de una figura pública (el poeta). Pero quizá la mayor sorpresa sobrevenga al considerar la fecha de publicación del trabajo de Avilés Fabila: 1975. Por tanto, el fenómeno dista mucho de ser nuevo, con la perniciosa consecuencia de que una arraigada costumbre dentro de nuestros hábitos lectores concede cierta legitimidad al fenómeno, hasta volverlo natural ante los ojos de las generaciones más jóvenes.

image_1165_1_100742Cuando pensamos en libros publicados recientemente, resulta difícil dejar de advertir un panorama crítico desinformado en distintas escalas, desde la crítica periodística hasta la crítica amateur, a menudo limitado a la parte figurativa del poema. Una revisión de las notas periodísticas aparecidas en distintos periódicos sobre el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes de 2012, Acapulco Golden de Jeremías Marquines (ERA, 2012), es una muestra de la raquítica crítica literaria, confusa e irresponsable, que no duda en glosar la contraportada del libro o en difundir errores evidentes cometidos por una lectura apresurada. La relevancia narrativa, por ejemplo, del componente figurativo (el paso de Malcolm Lowry por el puerto de Acapulco en 1936) en este poema de máscara, lleva a Anya Encinas García a confundir el poemario de Marquines con una novela (“Presentan la novela Acapulco Golden en La Quebrada”, Novedades Acapulco, 25 de agosto del 2012, versión en línea). La nota periodística reseña la presentación del libro, no sus contenidos, y refleja un típico reportaje centrado en conectar el componente anecdótico del libro (la visita de Lowry a Acapulco) con el contexto local, vínculo que da interés a la noticia (aunque se aleja diametralmente de la lectura del poemario):

El autor indicó que no hubo mejor presentación para la novela que en la zona tradicional del puerto, ya que en la mayoría de sus páginas se expone la presencia del inglés Malcolm Lowry en este destino, así como en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.

El novelista inglés murió el 26 de junio de 1957 y su novela “Bajo el volcán” –una de las más importantes– escrita en 1947 es ahora reconocida ampliamente como una de las grandes obras del siglo XX.

Para algunos, la nota anterior no pasa de ser un ejemplo abultado de la ineficacia de la prensa cultural en México, pero visto desde una perspectiva más amplia, representa el síntoma de una enfermedad mayor: la falta de un periodismo cultural profesional, responsable e informado; características ligadas a una formación especializada. Un periodismo cuya meta principal sea la formación cultural de su público a través de la lectura solidaria de distintos discursos y contextos. Si revisamos las notas escritas cotidianamente por Anya Encinas García podemos comprobar que su trabajo está muy lejos de la especialización y que igual escribe sobre la celebración del aniversario de los clavidistas de La Quebrada (Novedades Acapulco, 13 de octubre del 2012, versión en línea), la exhibición de altares de muerto de la región de Guerrero (1 de noviembre de 2012), la visita del elenco de la telenovela “Los Rey” (19 de octubre de 2012), la visita a la redacción del periódico de un lector que ganó un premio (22 de diciembre de 2012), etc. El periodismo cultural en México, a diferencia del periodismo deportivo o del político, no está en manos de comunicólogos especializados en cultura, sino que forma parte de esa miscelánea general donde cualquiera puede escribir cualquier cosa sobre cualquier tema. La cultura, al fin y al cabo, es un gran cajón de sastre en la agenda de las empresas dedicadas a la comunicación. La confusión con una novela parece una consecuencia obvia de esta falta de especialización, pero apunta también a una lectura ineficaz por la incomprensión de una estrategia constructiva central en Acapulco Golden: al tratarse de un poema de máscara, lo primero que llama la atención del lector en Acapulco Golden es el componente figurativo, centrado en la compleja personalidad de un novelista genial inmerso en un torbellino de adicciones; de ahí, pasar a la novela, resulta fácil. En lo más superficial de la nota periodística, falla la crítica; pero en el fondo, lo que falla es fundamental y contundentemente la forma de leer.

Esta atención al componente figurativo o correlato objetivo se repite en otras notas; en un periódico de circulación nacional como La Jornada (Vox libris en la Sección Cultura, 8 de julio de 2013, p. a 16; versión en línea), por ejemplo, la nota anónima inicia con una digresión llena de lugares comunes y con errores sobre la vida de Malcolm Lowry, protagonista del plano figurativo de Acapulco Golden:

La desesperación y el duelo se manifiestan en las palabras de Jeremías Marquines, premió [sic] Bellas Artes de Poseía [sic] Aguascalientes, quien recurre a la estancia del escritor Malcolm Lowry en Acapulco en 1960 [sic por 1936].

El alcohol guió la vida de Lowry, un amante de las letras con la maldición de la desolación a cuestas. Bajo el volcán es la obra principal del poeta y novelista británico, donde hace una introspección de sus miedos y anhelos enterrados a través de un álter ego: un cónsul inglés que vive su último día en la Tierra.

El reseñista anónimo advierte, sin duda, la importancia que tiene el personaje de Lowry como un componente figurativo del poema, pero ignora que ese correlato objetivo es el objeto o la situación capaz de evocar un sentimiento concreto, de manera que al ver esta circunstancia el lector puede reconstruir la intensidad del sentimiento que desea provocar un autor. En Acapulco Golden, Marquines aprovecha la anécdota de Lowry en Acapulco (desde una perspectiva más atmosférica que biográfica) con el propósito de evocar en el lector la experiencia de los complejos contrastes entre la creación artística en un plano onírico y la autodestrucción del individuo (al estilo de la biografía de Gordon Bowker, Pursued by Furies: A Life of Malcolm Lowry, de 1993). La destrucción de la conciencia como estímulo para la creación onírica se transforma en una ecuación cuyo doloroso resultado es el arte.

La crítica, entendida en su peor sentido como “censura de las acciones o la conducta de alguno” y no como el “ejercicio del juicio crítico”, puede convertirse en México rápidamente en un ataque personal, en el que la lectura atenta de la obra se solapa en ataques a la persona. En estos casos, la lectura figurativa se sostiene en una selección de aspectos de la vida del poeta (independiente, de nuevo, de la obra literaria, porque guardan poca relación con la experiencia vital que podría alimentar al poema y se quedan en el chisme de pasillo). Gustavo Martínez Castellanos, en una entrada de un blog local escrita el 27 de febrero de 2012 (Guerrero, México. Un paseo por las tradiciones guerrerenses; blog hospedado en Multiplay.com), nos ofrece un buen ejemplo de esta crítica personalista que termina por dejar en un segundo, tercer o cuarto plano a la obra literaria:

“Quizá no viene al tema, pero a mí me cagan los poetas. Mira, la única cosa que debe importar en este asunto de la poesía es ver si, honestamente, el medio litro de cuartilla es bueno y ver si le dará algo a las otras personas. Estoy hasta la verga de esa madre, de andar buscándole el fuchi fuchi a la poesía. A la gente hay que darle cosas útiles, que le sirvan. Seguramente no faltará quien diga ‘éste no sabe nada’, pero eso tendría que verse en otro tipo de nivel; obviamente, tengo las manos limpias y con guantes y me puedo defender. Lo que sí quiero decir es que ya basta un poco de tanta mierda”. Jeremías Marquines (Premio de Poesía Aguascalientes 2012).

No me imagino a Elsa Cross, a José Emilio Pacheco o a Javier Sicilia denigrando a la lengua como Jeremías Marquines lo hace en esta entrevista y en muchos otros textos suyos. Sin embargo, que el comité que otorga el Premio de Poesía Aguascalientes sólo vea propuestas literarias y no repare en la honorabilidad del recipiendario, es algo que no podemos reclamarle sino sólo lamentar porque hay quienes le dan prestigio a un premio cuando lo reciben y hay quienes lo ensucian y lo despojan de su dignidad con lo que son.

Si bien es cierto que no podemos reclamar eso al comité del Premio de Poesía Aguascalientes, sin embargo, los guerrerenses sí podemos reclamar a la dirigencia del PRD Guerrero que haya felicitado a Jeremías Marquines en las doradas páginas de El Sur.

Porque no es posible pasar por alto que estos políticos festejen a quien con su praxis periodística y promotoría cultural en Guerrero haya generado condiciones de mayor atraso en materia cultural y, además, se haya atrevido a declarar, que “en Guerrero todo pasado es oprobioso” y que los guerrerenses somos “pendejos” y “violentos por naturaleza”.

Y es curioso que nadie haya reparado en el perfil de Marquines antes de asignarle el premio y que ante sus escritos y su contenido nadie se pregunte si en realidad el Nacional de Aguascalientes premia a la poesía y a poetas y si lo que Marquines escribe es poesía.

Sólo hay que leer de nueva cuenta el epígrafe de este envío. Y sus blogs.

Resulta obvio que para redactar la crítica anterior no ha sido necesario leer Acapulco Golden y los juicios emitidos por Martínez Castellanos se sostienen en una premisa peligrosa: el nexo biográfico entre lo que escribe Jeremías Marquines en un blog, lo que dice en una entrevista, su escritura creativa y el libro particular acreedor al premio. Me adelantaría a decir que no, lo que el autor escribe en un blog no puede ser poesía: pero luego habría que discutir si lo que escribe en un blog o dice en una entrevista puede servir de único rasero a la hora de leer críticamente Acapulco Golden. Sobre los intereses del autor de la crítica, resulta obvio que está más comprometido con la política cultural local de Acapulco que con un conocimiento profesional de la poesía mexicana, según puede deducirse de, por ejemplo, las entradas de su blog: “Gustavo Martínez Castellanos / Culturacapulco” (hospedado en Blogger.com).

La crítica periodística tradicional y en medios alternativos no puede tomarse muy en serio por las condiciones de su gestación (premura por difundir la noticia, profesional pero no especializada en los temas que transmite, público no especializado, etc.), pero no hay que perder de vista que precede en el tiempo a los asedios más serios y guía la primera opinión de los lectores. Si nuestra intención radica en orientar el gusto de los lectores para que un día decidan por ellos mismos al concederles los primeros rudimentos de lectura a través de los medios de comunicación, la crítica periodística no cumple, en todo caso, su papel orientador. Ajena a esta responsabilidad, la crítica en periódicos y blogs repite una lectura ingenua del texto poético donde se atiende a los correlatos figurativos, ya sea la anécdota sobre la que se sostiene el poemario (el correlato objetivo) o la vida del propio autor (transformada, por una falacia biográfica, en otro correlato objetivo figurativo).

La crítica periodística sólo es una parte del follaje algo ralo del pensamiento crítico en México. Si buscamos una crítica más profesional, de inmediato nos toparemos con otro fenómeno también constante. En México, a menudo, la crítica es ejercida por los mismos escritores, lo que confiere a dichas notas un perfil de prestigio pseudoprofesional que no tiene la nota periodística y al que nos hemos habituado. Desde la perspectiva de Avilés Fabila, esta usurpación de funciones tiene un doble costo: “la crítica realizada por escritores pierde objetividad (a menudo es resultado de un encargo o compromiso amistoso), carece de los méritos axiológicos propios de la crítica bien entendida, la que cumple su función creadora, función que nos permita comprender la verdadera magnitud de la literatura mexicana” (28-29). Habituados como estamos a esta crítica, la aceptamos como buena, sin considerar sus consecuencias a pequeña y gran escala. El papel de juez y parte al final termina por viciar el proceso de evaluación y, al menos en la poesía moderna, la idea de desvincular crítica y creación parece una tendencia deseable, aunque no siempre alcanzada. Recuerdo un trabajo de José Emilio Pacheco sobre Cernuda como crítico, donde el poeta y crítico mexicano empezaba con una idea de otro poeta y crítico precursor: “ya T. S. Eliot definió una evidente limitación del poeta como crítico de poesía: su juicio puede ser erróneo cuando se aplica a una obra sin afinidades con la suya, o incompetente referido a aquello que, de algún modo, le es antipático” (“Cernuda ante la poesía española”, 108).

Las consecuencias, sin embargo, pueden advertirse también en un plano de mayor envergadura. Si volvemos sobre la historia de la literatura mexicana, podremos comprobar que los resultados de una crítica pseudoprofesional ejercida desde la palestra literaria no siempre han sido satisfactorios. Uno de los primeros estudios donde se propuso con decisión la existencia de un canon literario mexicano fue en las Revistas literarias de México en 1868; ahí, Ignacio Manuel Altamirano defendía la excelencia de la novela como forma de expresión literaria tanto por su modernidad (ligada a un instrumento técnico novedoso de difusión: la imprenta) como por su vitalidad para plantear problemas de relevancia nacional, resolverlos y educar a la población en un momento en el que la instrucción pública era limitada. Estos juicios, brillantemente defendidos por Altamirano, parecen objetivos en la superficie, pero no pueden desligarse de su propia obra artística: novelas breves de intención pedagógica inspiradas en problemas nacionales y con propuestas políticas viables al estilo de La navidad en las montañas o El Zarco. Análisis, valoración y resultados deseables coinciden irremediablemente en la misma obra del autor. Fuera de los estudios procedentes de profesores universitarios en el extranjero como J. S. Brushwood (México in its Novel. A Nation’s Search for Identity, University of Texas Press, 1966) o Adalbert Dessau (Der mexikanische Revolutionsroman, Verlag Rütten & Loening, 1967), el siguiente gran libro sobre la novela mexicana llega en un envase diferente por la vocación y las intenciones de su autor, pero sin desprenderse de la valoración personal. En La gran novela latinoamericana (2011), Carlos Fuentes volvió una y otra vez a la novela mexicana (inserta en un contexto panamericano), pero no para historizarla y canonizarla en sí misma, sino para explicar mejor su propio proyecto narrativo. Se trata de una obra del pensamiento crítico que continúa el proyecto altamiranista de formar un canon narrativo cuyo eje gravitacional termina por ser la obra literaria del mismo autor, sus afinidades estéticas con ciertas obras y sus desavenencias con otras. En ninguno de los dos ejemplos podemos hablar, por supuesto, de proyectos estériles (ambas obras representan grandes avances en sus respectivos campos ideológicos), pero no deja de llamar la atención el que haya una articulación tan estrecha entre la poética del autor (la narrativa) y la historia de la literatura que plantea, levantada sobre los cimientos de un solo género literario, la novela. Cabe preguntarse si estas historias y cánones de la literatura mexicana preconizarían la novela como el género medular de la historia de la literatura mexicana de haber sido Altamirano y Carlos Fuentes poetas exitosos. Octavio Paz, quien no escribió nunca una novela, pasó de largo frente al panorama historiográfico de una literatura cifrada en este género narrativo y orientó sus trabajos hacia temas conectados de forma directa o sugerida con su poesía como la identidad nacional (El laberinto de la soledad, 1950), la identidad de la poesía (El arco y la lira, 1956), las articulaciones del mito (Levi-Strauss o el nuevo festín de Esopo, 1967), una historiografía de la poesía occidental moderna desde la perspectiva de las ideas estéticas (Los hijos del limo, 1974), una historia del amor en Oriente y Occidente (La llama doble, 1993), etc. En distintos momentos de su obra ensayística, podemos advertir aquí y allá pruebas de esos momentos en los que el punto de vista crítico se subordina a la experiencia de la propia producción literaria, como sucede cuando en el capítulo titulado “Ambigüedad de la novela”, de El arco y la lira, intenta convencer al lector de la convergencia entre la novela moderna y la poesía (“desde principios de siglo la novela tiende a ser poema de nuevo. […] No sé si D. H. Lawrence y Faulkner son grandes novelistas, pero estoy seguro de que pertenecen a la raza de los grandes poetas”, 227). Resulta obvio que la producción estética de los propios autores impulsa y orienta su producción crítica, de modo que al final la reflexiones sobre la novela de Altamirano, Fuentes o Paz ofrece más información sobre sus ideas como creadores y sus respectivas poéticas que sobre el género desde una perspectiva crítica desinteresada.

Esta fórmula se repite entre la obra crítica y la obra literaria de Jeremías Marquines. En un artículo de 2006, el autor presentaba un panorama historiográfico de la poesía mexicana luego de López Velarde, organizado de acuerdo a la sensibilidad esencial del mexicano. Su hipótesis principal era que “en esencia, el ser mexicano es romántico y sensualista” (“Transromanticismo, etc. 134) y que “los mexicanos somos románticos hasta cuando no queremos ser románticos” (135); bajo esta premisa, clasificaba la poesía mexicana en poesía transromántica (en sus variantes conservadora y sensualista ultrachic) de acuerdo al tratamiento que daban los poetas al componente emotivo (denominado por Marquines unidades poéticas constitutivas de valor neutro). En cada una de estas etiquetas, Marquines advierte un tratamiento ineficaz de los sentimientos que termina por modelar una poesía ingenuamente romántica y sensualista. Esta perspectiva historicista tan original solo se entiende cuando contraponemos dicho panorama general a la propia poesía de Marquines, la cual se centra en un recurso que precisamente sirve para objetivar las experiencias emotivas y transformarlas en una evocación de las emociones por medio de un personaje. Una revisión de sus últimos libros permite observar una insistencia en la poesía de máscara en distintas versiones, desde la Pantera rosa (¿Donde tiene el hoyo la Pantera Rosa?, 2009) hasta las voces anónimas de migrantes mexicanos en las diferentes fronteras del país (Bordes trashumantes, 2008), la máscara del pintor y parricida Richard Dadd (Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem, 2008) o las voces indeterminadas en los diálogos (Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro, 2002). Su presentación de la historia de la poesía reciente centrada en el fracaso expresivo de los sentimientos sólo tiene sentido cuando atendemos a su apuesta estética de evocar en el lector los sentimientos por medio de una máscara poética, sea Malcolm Lowry o la Pantera rosa. En un breve prólogo al poemario Espiral de polvo humano, de Isidoro Villator, Marquines se concentra en subrayar un recurso constructivo que también es central para su propio Acapulco Golden: “En México son pocos los poetas que se atreven a la construcción del poema extenso con base a la yuxtaposición de secuencias atmosféricas y a la narración por imágenes, y de esos pocos que lo intentan, son escasos los que logran un resultado que inquiete, maraville y emocione” (“Espiral de polvo humano”, 9). La construcción de Acapulco Golden, en cierta forma, es una respuesta programática al vacío advertido en 2004, donde se ensaya el poema extenso (a través del recurso del pseudodiario), la yuxtaposición de secuencias atmosféricas (centradas en la percepción que tiene el yo lírico de Lowry) y una sostenida progresión narrativa por medio de imágenes (lo que confiere esa tesitura onírica a todo el poemario).

Al final, la visión crítica del autor parece indisociable de su obra de creación. El autor literario no lee para escribir y no escribe crítica para orientar al lector, sino que lee y escribe para crear. El periodista, por otro lado, no escribe para orientar a su público, sino para simular que orienta a su público (aunque, mal preparado, sirva mejor para desorientar). Ambos trabajan con fervor para llenar un vacío que cada vez resulta más evidente: una crítica de poesía que no pase por el espejo distorsionado de prácticas sustitutas. En el camino de orientar a los lectores, parece que lo más fácil es levantar la aguja de marear y dirigirla hacia cualquier punto de horizonte.

BIBLIOGRAFÍA

Altamirano, Ignacio Manuel. “Revistas literarias de México [La Iberia, 30 de junio a 4 de agosto de 1868, México]”. En La literatura nacional. Ed. de José Luis Martínez. México: Porrúa, 1949. T. 1, 29-70.

Avilés Fabila, René. El escritor y sus problemas. México: Fondo de Cultura Económica, 1975.

Fuentes, Carlos. La gran novela latinoamericana. México: Alfaguara, 2011.

Marquines, Jeremías. Acapulco Golden. México: ERA – Instituto Nacional de Bellas Artes – Instituto Cultural de Aguascalientes, 2012.

—–. ¿Donde tiene el hoyo la Pantera Rosa? Orizaba, Veracruz: Letras de Pasto Verde, 2009.

—–. Bordes trashumantes. Sonora: Instituto Sonorense de Cultura, 2008.

—–. Varias especies de animales extraños cubiertos de piel jugando en una cueva con un pico mientras Richard Dadd observa desde un calabozo de Bethlem. Tabasco: Instituto Estatal de Cultura de Tabasco, 2008.

—–. “Espiral de polvo humano”. En Isidoro Villator. Espiral de polvo humano. Tabasco: Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2004: 9.

—–. Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro. Tabasco: Universidad Autónoma de Tabasco, 2002.

Pacheco, José Emilio, “Cernuda ante la poesía española (intento de aclaración)”. En James Valender (comp.). Luis Cernuda ante la crítica mexicana: una antología. México: Fondo de Cultura Económica, 1990: 108-114.

Paz, Octavio. El arco y la lira, edición facsímil conmemorativa 50 aniversario (1956-2006). Postfacio de Anthony Stanton. México: Fondo de Cultura Económica, 2006.

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