Vida soñada, vida perdida. La batalla de Héctor Carreto

Milan Gaona Villalvazo

XXV
Cada vez estoy más
y más cerca de la tranquila Ítaca;
cada día lo compruebo en el espejo:
el nacimiento de una arruga
o una cana joven lo demuestran.

Nos encontramos con una construcción que consta de cinco versos, de los cuales hay correspondencia directa con el título, que es el número XXV. Este epigrama se relaciona con los demás de la obra ¿Volver a Ítaca? en los cuales Héctor Carreto nos describe el terrible desencanto de regresar.
Los elementos que le brindan contundencia a la composición son escasos recursos retóricos pero importantes como en el caso del paralelismo morfosintáctico que descansa en el adjetivo “cada”. “Cada vez estoy más y más cerca de la tranquila Ítaca”. La sonoridad del poema es muy sugerente con palabras terminadas en a: cada, cana, Ítaca.

Todo esto conforma la alegoría que representa el poema, un hombre que se ve al espejo en reiteradas ocasiones, comprobando con mentiroso entusiasmo la marcha del reloj biológico. Una bella conjunción que incluso parece aliteración, “tranquila Ítaca” es el primer rasgo que nos indica que no llegó a donde quería.

Hector Carreto nos cuenta su desencanto en ¿Volver a Ítaca?, una insatisfacción permanente, un disgusto, una mala coincidencia, pues el objeto de su amor se quedó en el recuerdo, el mismo que durante la batalla de un hombre por la felicidad sirvió de fuente de energía para mover el caballo hacia Troya.

Esa misma batalla que relatan los rostros de tantos hombres y mujeres, que algunos describen en versos como nuestro vate, para llegar al encuentro con el amor, con la felicidad, con la retribución por tanta sangre y esfuerzo que no se presenta en este caso. Entonces: ¿Por qué escribirlo?, nos hemos encontrado con una cuestión difícil de resolver en unas páginas, ¿el mundo sería mejor si no escribiésemos nuestro desencanto como lo hizo Héctor Carreto?, ¿la poesía sería más útil si no transmitiera tanta miseria?
La futilidad de un sueño podría verse como una pérdida de tiempo, el mismo que arrolla al cuerpo, que lo lastima hasta que deja de serlo, pero es más doloroso saber que el despertar va a ser lo peor, cuando se encuentra solo y rodeado de mentiras, es entonces cuando cae en la cuenta de que todavía falta mucho, mucho más, que esa no es la recompensa, que el aburrimiento de Penélope y ella misma serán otros en la verdadera Ítaca, dejando la resignación y la autocompasión de lado, él sabe que debe perseguir sin descanso el recuerdo para vivirlo en otro plano.

Todo esto conforma la alegoría que representa el poema, un hombre que se ve al espejo en reiteradas ocasiones, comprobando con mentiroso entusiasmo la marcha del reloj biológico. Una bella conjunción que incluso parece aliteración, “tranquila Ítaca” es el primer rasgo que nos indica que no llegó a donde quería.

Este poema es el ápice de toda una disertación sobre la futilidad de un sueño, de un proyecto de vida construido en el recuerdo, en una ilusión, pues así como el Ulises en la Odisea, Héctor Carreto figura como Ulises en ¿Volver a Ítaca? –pregunta capciosa- . La vida es una epopeya en estos poemas, que lamentablemente en este caso termina con el esclavismo porque Carreto se vuelve banquero cuando regresa y ve a Penélope, no como la imaginaba, si no como una secretaria más preocupada por las próximas vacaciones que por el guerrero recién llegado de una batalla contra el olvido.

Gramaticalmente, la composición muestra una tendencia al uso de adverbios y sustantivos, todo forma una alegoría, la de un hombre que se mira al espejo comprobando el paso de los días en su cuerpo. Un burócrata neurótico que sabe que Penélope, o su alter ego, no deja de poner obstáculos a su andar. Penélope la anciana cansada, la gobernante que sube impuestos, la costurera, la secretaria que al ser vista se desvanece. Por eso es mejor plantearse otra, la del recuerdo. ¿Cuál es entonces la próxima Ítaca?, tal vez la muerte dirá dónde se encuentra, la lucha contra el olvido se verá recompensada no en este plano, en otro mucho mejor, el perfecto.

A pesar de todo mi afirmación personal sigue siendo que la poesía es el vehículo de transmisión por antonomasia de toda nuestra gama de emociones, por lo tanto siempre será útil, pues el conocer la batalla de un hombre que lastimeramente perdió, pero entenderla es como si nosotros fuéramos Héctor Carreto viéndonos al espejo una y otra vez recordando a una mujer que vaga en nuestra memoria y cuyo rastro nos estimula para seguir avanzando.

XI
Cuando irremediablemente regrese a Ítaca,
cada obstáculo será la huella de Penélope,
es decir:
cada papeleo,
cada firma y cada sello
y cada puerta de oficinas y oficinas
será el capricho de una loca, enamorada
del joder

X
Al volver a Ítaca
Penélope me esperaba
con los brazos abiertos
completamente inmóvil,
joven aún,
en el otro lado del espejo.

¿Qué mejor espejo que su propio rostro demacrado? Entonces la contradicción se hace evidente, misma que obedece a la intención de hacer creer al lector que ya llegó y Penélope no le gustó, pero va más allá, Héctor Carreto quiere volver de verdad a Ítaca, a ese lugar que dejó atrás, al verdadero amor, no a ese funesto lugar lleno de pesares como la olla de una bruja esperando los ingredientes malignos. Penélope es un doloroso espejismo, un engaño que distorsionó el tiempo.

BIBLIOGRAFÍA:

Carreto, Héctor. ¿Volver a Ítaca?.

Apolodoro. Biblioteca mitológica. Madrid. Ediciones Akal. 1987.

Beristáin, Helena. Análisis e interpretación del poema lírico. México. UNAM. 1989. Págs. 55- 75

Tzvetan, T. Teoría de la literatura de los formalistas rusos. México. Siglo XXI. 2010

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