Circulación de la poesía

Dilación de lo corto. La brevedad en la poesía mexicana

Israel Ramírez
El Colegio de San Luis

IDe adrede, breve

Sólo un poeta mexicano se distingue en la historia literaria nacional gracias a la escritura de textos breves; sin embargo, José Juan Tablada no tiene como único mérito ser el introductor del haikú en la lírica hispanoamericana, puesto que es considerado además como uno de los fundadores de la poesía mexicana moderna y uno de los poetas más vanguardistas, avant la lettre, de la tradición nacional. No obstante, a pesar de ser un ejemplo de renovación y genio desde las formas breves, el que actualmente un escritor dedique sus esfuerzos a las poéticas de la brevedad ­no le bastaría para obtener prestigio o reconocimiento general por su trabajo.

No pasemos por alto que desde el siglo pasado la construcción del canon en la poesía mexicana moderna se asienta en la escritura del poema extenso o en la publicación de libros cuyo proyecto los dote de unidad artística.[1] La construcción de la identidad del poeta en México no se logra mediante la escritura de grandes obras poéticas breves.

Ancila 7 2 (2)

Gerardo Deniz, “Onán”.

Un caso ejemplar de cómo los prejuicios asentaron esta distinción en el pasado siglo lo tenemos en la lectura que se hizo de José Gorostiza: lo magistral se le reconoció por consenso en Muerte sin fin (1939), frente a lo “preparatorio” que fue, para la crítica inicial, Canciones para cantar en las barcas (1925). Las líneas de “arte menor” frente al endecasílabo, la reducida extensión y el sesgo popular, así como las fechas de publicación se opusieron –en una lectura facilista– a la etapa de “madurez poética” del tabasqueño. Lo breve, por más que sea bueno, es mal mirado.[2]

De lo breve en la literatura mexicana, la minificción ha corrido con excepcional suerte, de ahí que autores como Julio Torri o Augusto Monterroso le hayan dado a la micronarrativa el lustre inicial que hoy perdura, lo que no ha ocurrido con las variadas vetas de la brevedad poética. Las razones pueden ser varias, pero destaca el que muchas de las formas breves se asientan en la tradición popular (cuando en general la poesía mexicana tendió en el siglo XX al alejamiento de ella), por ejemplo, los poemínimos de Huerta o el extenso corpus de adivinanzas o refranes; o ya porque la más reconocida de ellas exigía una regularidad métrica (haikú) –y en el caso de los otros modelos menos canónicos (como palíndromos, décimas, villanelas, limericks…) se requería igualmente una destreza formal– justo cuando el verso libre cobraba cada vez mayor peso.

Si bien no son muchos los ejemplos de poesía breve que aparecen en las antologías más difundidas del siglo XX, ello sólo subraya lo sesgado de nuestra mirada hacia las escrituras no canónicas en terreno mexicano a pesar de que las hayan cultivado todo tipo de autores.[3] Algunos textos de Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Octavio Paz, Eduardo Lizalde, Raúl Renán, José Emilio Pacheco, Francisco Hernández, Alberto Blanco, Leticia Herrera, Minerva Margarita Villareal, Héctor Carreto, Dolores Dorantes, Margarita-Sayak Valencia Triana, Ervey Castillo, por sólo mencionar una pequeña nómina, integrarían una jugosa selección de escritura sintética que daría cuenta de la vitalidad de dicha tradición.[4]

José Emilio Pacheco, por destacar un caso, puede dar pie a repensar las posibilidades de la poesía breve en el siglo XX mexicano con muestras que van desde la metaficción más penetrante del conocido “Haikú de la IBM PC”:

Letras de luz

trazando en la pantalla

el poema que no existía.

hasta el delicado “Instante”, donde en apenas cinco líneas la piel se vuelve tierra sagrada al contacto con la mano:

La mano se demora sobre la perfección de la espalda,

valle de todo excepto de lágrimas. Milagro

de la carne que rompe su finitud

y por un instante

se vuelve tierra sagrada.

Tal como sucede con Pacheco, lo breve en la obra completa de los poetas ocupa –cuando más– una sección o se compila en un libro suelto como curiosidad dentro del grueso de sus publicaciones. Nos hacen falta colecciones de “Breves obras completas” en el mercado editorial donde se compendie material valioso como estas tres joyas de diferente registro:

A veces me dan ganas de llorar,

pero las suple el mar.

(José Gorostiza)

 

“Poema”

Este poema

ha de irritar a alguno.

(Eduardo Lizalde)

 

“Negativo”

está claro

escribir poesía

en un autobús oscuro

no es bien visto

por nadie

(Francisco Hernández)

 

II. La forma de lo breve

Una paradoja que no puede pasarse por alto al revisar el proceso de la escritura sintética mexicana radica en que el haikú, ejemplo de brevedad en la poesía canónica actual, emerge dentro del periodo de ruptura de la vanguardia como un proyecto de corte métricamente regular. El haikú es entonces doblemente atípico desde su arribo a tierras mexicanas; lo es por su natural brevedad cuando la forma poética por excelencia era representada por el soneto y, en segundo lugar, lo es por la actitud de épater les bourgeois, aunque parodójicamente contribuya a la continuidad del patrón métrico en un siglo que paulatinamente le dio la espalda. La poesía breve de tradición moderna, para resumir, nace dentro del periodo de crisis del verso a inicios del siglo pasado reafirmando su forma medida.

            Vanguardia y métrica fija parecen ser los dos extremos que sirvieron para catalogar la concreción de las poéticas sintéticas en las primeras décadas del siglo pasado. En consonancia con ello, los poemas breves se agruparon en aquellos que responden a la forma tradicional (haikú, seguidilla, dístico…), los que sin ignorar la estructura formal propician un rompimiento en la línea preponderante de lo poético (lipogramas, palíndromos, villanelas…) y, en tercer lugar, dentro del extenso rótulo que agrupa el campo de la experimentación: jitanjáforas, greguerías, poemínimos o poemas breves en verso libre. A la larga, los dos últimos grupos –generalmente– resultaron a los ojos de lectores convencionales como excesivamente técnicos, monótonos en sus procedimientos, de poca relevancia o simples ejercicios de ocasión.

            Juicios negativos, en su mayoría, relacionan lo breve con lo fragmentario, lo incompleto, lo no desarrollado o lo fácil. La brevedad, es cierto, no ofrece al poeta la posibilidad de evidenciar cabalmente las dotes de un oficio de ilustre linaje que tiene entre su catálogo la creación de imágenes o la cualidad de desplegar con intensidad nuevas posibilidades del lenguaje. Sin embargo, citar un par de versos de un soneto como forma de concreción, de elegancia en el decir o de ejemplo de buena poesía es común, en principio, porque son fracción de una de las formas poéticas más valoradas, además porque justamente no son sino porción de un todo, pero, primordialmente, porque la cita de versos medidos le permite al lector vislumbrar el registro de una versificación ya conocida por él, mientras que el poema breve en su vertiente de verso libre no sólo es distinto por el rompimiento de la métrica, sino que el principio poético que lo anima es distinto, así como la lectura que demanda.

            Así como la cita se inserta dentro de un texto completo y en él cobra un sentido mayor y más pleno, usualmente las formas sintéticas aparecen en relación con grupos, secciones o con todo el poemario en su conjunto. Versos como los siguientes, sacados de contexto, pueden ser acremente comentados en una lectura superficial que critique el uso del endecasílabo en relación con la repetición del vocablo o el estilo que tiende a la llaneza:

Soñé que la ciudad estaba dentro

del más bien muerto de los mares muertos.

(Ramón López Velarde)

Sin embargo, puestos en su contexto (no sólo del poema, sino de toda la obra del zacatecano), el estilo, el uso de la métrica y la selección léxica cobran una claridad que las dos líneas no pueden evidenciar a cabalidad. Algo semejante sucede con los poemas cortos cuando se presentan agrupados en series donde se iluminan mutuamente.[5]

Desde una concepción tradicional, el verso es la unidad mínima de sentido poético, así como de configuración del ritmo, razón por la cual la cita de poemas cuya base rítmica es la temporal pueden ser juzgados mediante los parámetros críticos conocidos. Sin embargo, los poemas breves contemporáneos que se alejan de esta noción de verso son muestra de nuevos modelos rítmicos que no necesariamente descansan en la base acústico-temporal a la que estamos acostumbrados.[6]

Frente a la confianza que provoca la cita, el poema breve contemporáneo incita, urge desde sus múltiples maneras de presentarse. Las dos obras que a continuación transcribo de Gerardo Deniz son buen ejemplo de ello:

“Recelo”

Me vuelvo tedioso.

¿Estaré alcanzando la poesía?

 

“Pospoética”

Con los zapatos anegados en pus gris

que fue poesía hace 40, 50 años,

salir dando un portazo y en el foso

que circunda la torre de plástico,

orinar largamente

¡mirando al sol!

No hay, en ninguno de los dos, rastro del ritmo fónico con el cual se acostumbra identificar al verso. Sin embargo, esa ausencia no es –bajo ninguna circunstancia– una carencia o falla; por el contrario, se trata de una realidad que distingue a la poesía contemporánea. En el primero, la pregunta retórica expresa una duda que identifica al tedio como el camino hacia la poesía. Sin arriesgar una interpretación desde la mirada irónica de Deniz, sólo destaco que los tres sustantivos empleados relacionan a la poesía con el tedio y el recelo, pero ya no desde una perspectiva romántica o de una metafísica trascendente. En el segundo, por su parte, se subraya el tono desenfadado al referirse al discurso poético en un contexto de lo desechable, desde la “filosofía del retrete” que enuncia la voz del texto.

En términos generales es evidente que poemas como estos demandan un análisis que rebase el aspecto silábico para entender su configuración rítmica, así como una interpretación que atienda la carga semántica del lenguaje –aparentemente directo. En palabras de Maurice Blanchot, “Lo fragmentario, más que una inestabilidad (la no fijación), promete el desconcierto, el desacomodo”.[7] Lo poético breve: bueno, si es cita; pues entre la cita y la unidad del poema sintético median contextos de lectura distintos y la historia reciente de las formas poéticas breves –sin métrica regular, alejadas de la noción de ritmo acústico, autoreferenciales, irónicas, cercanas a la idea de juego–, son vistas con recelo.

            Si bien las obras no responden a un desarrollo lineal y progresivo, es evidente que las formas de la brevedad, a principios del siglo pasado, exhibían rasgos que las hermanaban con el ideal poético en boga (de esplendor sonoro y con predominio de imágenes). Por ejemplo, los dos versos que integran “Peces voladores”, de José Juan Tablada, no muestran patrones de regularidad métrica convencionales (suman con 9 y 12 sílabas en cada verso), pero aún así se estructuran bajo un diseño de acentos simétricos y rima, más la fuerza de una imagen central que acerca el dinamismo líquido del agua, los rayos luminosos del sol y el cuerpo del pez saltando velozmente:

Al golpe del oro solar

estalla en astillas el vidrio del mar.

Sin embargo, este poema de Tablada poco se parece en su dimensión textual a “Gruta luminosa con ave”, de Coral Bracho. En el primero, las imágenes visuales se intensifican gracias al título del poema: hay una en el verso inicial y la del segundo le responde, lo cual dota al lector de una cierta calma por el efecto de cumplimiento. En otro sentido, el de Bracho presenta en sus dos líneas iniciales una contraposición entre la oscuridad y la blancura (se trata de los versos más visuales del conjunto), para dar paso a la enumeración de elementos cuyos rasgos subrayan la sólida transparencia del cristal –dureza semejante a la del ébano, aunque de color distinto–, así como la presencia de dos sustantivos sin adjetivar (silencio y agua) que terminan por volver inquietante la resolución del poema.

Junto a la suspensión que propicia el final de “Gruta luminosa con ave”, es menester resaltar que a golpe de vista los seis versos quiebran también la regularidad a la que nos habituamos anteriormente por el isosilabismo; sin embargo, algo subsiste en su primer verso de la base tónica-silábica.[8] No obstante, junto a la regularidad acentual del primer verso se presenta un corte visual que tiene entre otra finalidad la de agregar un tono más grave a la lectura como antesala del verso final.

Un ave oscura vigila

la gruta blanca del olvido:

cristal de roca, silencio,

agua,

cordajes de ébano.

El tercer verso (octosílabo según la métrica tradicional), motiva una tensa duda sobre cómo leer el siguiente, qué duración otorgar a la pausa antes de articular la palabra “agua” o qué entonación requiere la pronunciación de “silencio”: el corte visual incide en la semántica poética. No es entonces un poema donde domine la presencia de imágenes o la versificación tradicional (pues aunque se advierte una fluctuación entre versos de 8 y 9 sílabas con acento en cuarta sílaba en los tres iniciales, los últimos dos trastocan completamente tal dirección), así como tampoco es un poema donde todo se cifre a partir de la agudeza conceptual que acerca a algunos poemas sintéticos con las formas aforísticas ni tampoco uno de estructura con desenlace conclusivo. Lo que tenemos es un texto breve que se alimenta de trazados estéticos distintos: los dos primeros versos semejan una frase consistente en su sintaxis, aunque haya una alteración del sentido en el segundo; no obstante, a partir de la tercera línea se suman los efectos producidos por la enumeración, el predominio de sustantivos y la supresión de verbos para subrayar la sensación de ausencia de cromatismo que signa al olvido, así como sus dominios, lo mismo el silencio que el agua.

III. Breves e invisibles

La brevedad en poesía, aunque parezca evidente, compete a la extensión y la concreción, pero también a la percepción y a la tradición de cómo se ha asumido lo poético. El papel de la vista en la interpretación de la poesía, si lo pensamos detalladamente, ha sido poco explorado cuando se trata de poemas no “visuales”. Los lectores (escuchas) de un soneto –o de todo poema métricamente regular– no necesitaban conocer la disposición gráfica del texto; quizá, por esa misma razón, cuando a principios del siglo XX se teorizó sobre el verso libre no se atendió que junto al rompimiento del patrón métrico era evidente que se daba un giro del aspecto temporal al espacial en la concepción del ritmo poético.[9] Este descuido de la crítica inicial puede disculparse, pero en pleno siglo XXI hay quien todavía no considera la perspectiva visual (espacial) del verso libre junto a todas las demás estrategias y pretende explicarlo únicamente bajo perspectivas temporales (“descubriendo” cláusulas métricas dentro de cada línea), lo cual ya es inadmisible.[10]

Este tipo de obras contemporáneas le piden al lector ser leídas y no sólo escuchadas. El poema moderno es escritura y cada vez menos canción en el sentido musical que se le había dado a la poesía líria. En palabras de Kurt Spang: el verso libre es “producto de hábitos visuales de la percepción de las obras literarias, típicas de la edad moderna, que van reduciendo la consumición oral en beneficio de la lectura silenciosa”, apunta de manera contundente (1983: 149).

Sobra decir que la percepción de lo breve en poesía se da en su duración temporal y en su extensión escritural, en la superficie que ocupan las palabras que la integran; y si bien el sentido de un poema breve no depende completamente de la enunciación espacial, es innegable que su disposición comunica y su concreción visual, su presencia en la página, adquiere una relevancia distinta a los poemas de mayor extensión o de versificación medida. Mientras que en el refrán, la adivinanza o el epigrama, por ejemplo, la magnitud física no es relevante para entender el sentido central que se busca (en el refrán una enseñanza, en la adivinanza una respuesta correcta, en el epigrama una crítica, por ejemplo), en los poemas breves contemporáneos la concreción de las líneas puede subrayar un sentido especial al que el lector debe estar atento (por ejemplo, lo que sucede en la penúltima línea del poema de Coral Bracho).

Es cierto que reducir el refrán, la adivinanza, el epigrama y demás formas semejantes a la búsqueda de un único sentido en su interpretación es un exceso, sin embargo, lo que pretendo subrayar es que la propia tradición del género condiciona las búsquedas que el lector hace de los textos. Un escrito que se presenta como una adivinanza (no importa si se enuncia en 10 palabras o en cuatro líneas), exige una respuesta de nuestra parte para cerrar simbólicamente un trayecto, mientras que el poema breve en su vertiente de verso libre también nos condiciona para descifrar el denso sentido que el texto transmite en unas cuantas palabras. Aunque lo breve parezca de entrada signo de insuficiencia, las formas literarias sintéticas corroboran que la cortedad se da en la extensión y en la materialidad del texto, pero no en las posibilidades de su lectura.

            Un poema breve lo es en contraste con la idea de poesía que se fue construyendo en la cultura escrita (el caso de Gorostiza que comentamos atrás lo ejemplifica) y así como no se dimensionaron las consecuencias de la ruptura de la métrica más allá del conteo silábico, el poema contemporáneo de pocas líneas o de líneas breves, trastoca no solamente la noción de extensión, sino la concepción de verso y de lo que entendemos por poético.

Un buen ejemplo de poesía breve lo tenemos en los textos que integran Poemas para niños, de Dolores Dorantes:

Externo aquí

el trino

 

Trino exacto

en el sordo silencio

de la tarde

 

Demasiado tarde

para el ave en el tiempo:

 

demasiado triste

 

Trino interior

 

mustio

(desfallecido)[11]

Bajo la perspectiva de Isabel Paraíso, la condición necesaria para que exista verso es el descubrimiento del ritmo en las líneas, lo cual exige repetición o recurrencia (1985: 380-386); de ahí que este poema de Dolores Dorantes debería estudiarse en toda su dimensión versal (formal, estructural y rítmica) y no sólo a las luz de la etiqueta: “poesía breve”, lo cual determina el tipo de acercamiento que se pueda hacer del texto.

            Ancila 3El exceso de lo breve no puede ser más explícito que en los poemas de una sola línea. Remito al lector a la nota de David Huerta publicada en Revista de la Universidad de México para conocer algunos monósticos. Y aunque Edgard Allan Poe en “El principio poético” sostiene que “un poema puede ser inapropiadamente breve. La brevedad indebida degenera en mero epigrama. Un poema muy corto puede producir a veces un efecto brillante y vívido, pero jamás profundo o duradero” (2009: 167), sólo diremos que lo sintético no siempre se aleja de lo poético en su inapropiada extensión. Un buen ejemplo es el siguiente palíndromo que Mael Aglaia publicó en su cuenta de Twitter: “Anagrama de sal: la sed amar gana”, donde no sólo la extrema concisión se hace patente, sino que la teoría clásica de poema se pone en crisis.

En palabras de Huerta:

La noción de “poema de un solo verso” es problemática. Un verso únicamente puede ser considerado como tal en relación con otros versos; es, por lo tanto, una noción relativa, relacional: un verso y luego otro verso, y así van apareciendo los poemas, unidades más o menos compactas de sonido y sentido armadas con esa materia frágil y poderosa a la vez: el lenguaje humano. Conviene siempre recordar uno de los significados de la palabra “verso”: entidad en estado continuo de estar volviendo una y otra vez, como un oleaje, un verso y luego otro, unidos y separados con una fuerza delicada, con un ritmo y una cadencia peculiares, construyendo la estrofa, el poema. Es anómalo, en este sentido, un poema de un solo verso, sin otros elementos con los cuales se vincule el verso solitario, aislado, único, acaso incomunicado.[12]

En una sociedad habituada a la escasez y lo inmediato, la propagación de lo breve en la poesía es hoy una realidad que ahonda –desde la concentración– en la dimensión artística y estética de la palabra. Ya se trate de monósticos, de obras de pocos versos o textos de líneas cortas, de métrica regular o en verso libre, el habla de lo breve se hace visible.

 

BIBLIOGRAFÍA

Baehr, Rudolf, Manual de versificación española. Madrid: Gredos, 1970.

Blanchot, Maurice, La escritura del desastre. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana, 1990.

Dorante, Dolores, Poemas para niños. México: El tucán de Virginia, 1999.

Huerta, David, “Aguas aéreas. Un solo verso” [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2013, No. 108 <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=13&art=274&sec=Columnistas> [Consulta: 25 de enero de 2016].

Navarro Tomás, Tomás, “En torno al verso libre”, en Los poetas en sus versos: desde Jorge Manrique a García Lorca. Madrid: Centro para la edición de los clásicos españoles, 2014.

Paraíso, Isabel, El verso libre hispánico. Madrid: Gredos, 1985.

Poe, Edgar Allan, The Complete Works of Edgar Allan Poe. New York: Cosimo, 2009.

Quilis, Antonio, Métrica española. Madrid: Ediciones Alcalá, 1975.

Spang, Kurt, Ritmo y versificación. Teoría y práctica del análisis métrico y rítmico. Murcia: Universidad, 1983.

 

NOTAS

[1] No dejamos de lado el que la integración del canon linda también con otros aspectos del campo literario como los premios, el sello editorial en que se publica, las antologías en las que se incluye la obra, la presencia en los medios o el impacto en las redes sociales; sin embargo, al referirnos al ámbito textual, pareciera que la recepción crítica valora en gran medida la escritura de un poema extenso y la publicación de un libro unitario como elementos de distinción.

[2] Remito al lector a una provocativa nota de Aurelio Asian en la que se habla de la poesía breve (y no), los lectores y las plataformas digitales publicada en su Nada qué ver. De igual manera, para seguir con la discusión iniciada en el cuerpo del texto, en el extremo contrario tenemos el proyecto Cuerpos de Max Rojas o Para deletrear el infinito, de Enrique González Rojo, muestras de una genial desmesura escritural que confirma que no todo lo extenso en poesía es canónico, pero sí que los extremos suelen caer en el desamparo crítico.

[3] Sentencias, aforismos, dísticos, máximas, epigramas, adivinanzas, coplas, canciones, refranes, seguidillas, dichos, albures, salmos, adagios, pensamientos, fragmentos, haikús, poemínimos, greguerías, pequeños poemas en prosa, limericks, epitafios… son sólo algunas de las muchas maneras en que la poesía breve toma cuerpo.

[4] Destaco dos estudios de Samuel Gordon sobre las formas breves y su tradición en la literatura mexicana: “La influencia japonesa y caligramática en las formas poéticas breves latinamericanas” (América. Cahiers du CRICCAL. 18, número 2, 1997) y “Estéticas de la brevedad” (Fractal, 30 julio-septiembre 2003), y recomiendo también la lectura de la provocativa nota de Aurelio Asiain, “En el cristal del vaso que la aclara” (Letras Libres, junio 1999) para los interesados en el tema.

[5] Las series formales o temáticas son maneras comunes de presentar los textos literarios. Cuentos eróticos, sonetos, décimas, relatos sobre futbol, crónicas… son títulos o subtítulos que fácilmente podríamos encontrar en un puesto de novedades. Quizá la única diferencia –aunque sustancial–  con las series que forman los poemas breves es que al leer un libro de cuentos sobre la ciudad, por ejemplo, el lector no cuestiona el estatuto de “cuento” sino que atiende primordialmente a la presentación y desarrollo del tema, mientras que en los poemas sintéticos el abordaje del motivo está dado en cada texto y, de manera paralela, en los demás poemas de la serie; de igual manera, la recepción de una veintena de poemas breves con un motivo particular o con unidad formal no sólo subrayan el conflicto de desarrollo o tratamiento literario por la reducida extensión, sino que la cercanía con textos semejantes se opone al viejo criterio de innovación y originalidad de la obra artística. Por si esto fuera poco, el que se trate de líneas escritas en un lenguaje que semeja al del habla cotidiana y con temas poco sublimes, tiene como consecuencia la desconfianza del estatuto poético de este tipo de textos.

[6] Uno de los teóricos más reconocidos respecto a la versificación, Tomás Navarro Tomás, no duda en afirmar que: “Lo que sin duda hay que reconocer es que la percepción del ritmo en el verso libre requiere un ensanchamiento de los conceptos y moldes comunes en la métrica ordinaria, un sentimiento más suelto y flexible respecto a la medida y al compás. Captar el ritmo del verso libre en la amplitud de sus manifestaciones es indispensable entrenamiento para la plena apreciación de la nueva poesía” (“En torno al verso libre”, en Los poetas en sus versos: desde Jorge Manrique a García Lorca. Madrid, Centro para la edición de los clásicos españoles, 2014, pp. 385-386).

[7] Aunque Blanchot se refiere específicamente al fragmento (teóricamente diferente del poema breve), el desconcierto que provocan las piezas poéticas de corta extensión es uno de los rasgos que hermanan a estos dos tipos de textos (Maurice Blanchot, La escritura del desastre. Caracas, Monte Ávila Latinoamericana, 1990, p. 14).

[8] Mientras que en el poema de Tablada la regularidad acentual es constante en las dos líneas, a la vez que dicho acento recae organizado dos veces en la misma vocal (o/o/a/a/i/i/a),

Al /gol/pe del /o/ro so/lar
es/ta/lla-en as/ti/llas el /vi/drio del /mar.

en el caso de Bracho el patrón tónico no es constante durante todo el poema, lo cual no debe asumirse como un defecto, sino una nueva manera de concebir la estructura poética que potencia la percepción de distintos trazados poéticos. No es lugar aquí para criticar la identificación general que se da entre acentuación y ritmo (pues el ritmo no se limita a los patrones de cláusulas silábicas con acentuación regular), pero sí para destacar que la regularidad auditiva de los acentos –Un ave oscura vigila– pone en tensión un trazado melódico que convive con el de la longitud irregular de los versos, primordialmente en la lectura de la tercera a la quinta línea.

[9] Mientras los versos medidos en su versión impresa dejaban traslucir la regularidad de los patrones que los estructuraban (su disposición era un reflejo de las otras muchas regularidades que los animan), el verso libre se opone a esa regularidad visual de la poesía versificada, no sólo a su métrica.

[10] El verso libre, aunque se aleja de la noción de ritmo acústico, no cancela la posibilidad de empleo de patrones acentuales o métricos –ya se ha notado–, sólo que tales esquemas pierden centralidad y coexisten con distintas maneras de configurar el ritmo y el sentido del poema.

[11] Poemas para niños. México, El tucán de Virginia, 1999, p. 12. Aprovecho para traer a colación otro de los aspectos que valdría la pena considerar: la brevedad en poesía no se restringe al número de versos, sino también a la extensión de cada línea. Comúnmente los poemas breves no se integran por líneas largas, quizá porque de esa manera serían más semejantes a un discurso en prosa (una cita, un título o una frase de tinte narrativo).

[12] David Huerta, “Aguas aéreas. Un solo verso”, Revista de la Universidad de México, 108. Febrero 2013. Por su parte, Rudolf Baehr, célebre teórico de la versificación española, cataloga en “las formas de estrofa abierta” a las de dos versos, puesto que una estrofa (o poema) de una sola línea era impensable bajo los términos del verso como entidad determinada en su relación con el conjunto (Manual de versificación española. Madrid, Gredos, 1970, p. 225). Los monósticos, poemas de un solo verso, no existen para Baehr ni tampoco en la Métrica española de Antonio Quilis (por citar dos ejemplos canónicos de la teoría poética de mediados de siglo XX): “Un verso aislado no es realmente nada, ni siquiera un verso: es una sentencia o un enunciado de cualquier tipo. Para que un verso pueda ser considerado como tal, tiene que estar con otro u otros versos, en función de una unidad superior a ellos mismos que llamamos estrofa”. Tal como lo expresa esta cita de Antonio Quilis, no sólo es impensable un poema de una línea, sino que la existencia misma del verso está negada si no es a partir de la noción de estrofa (Métrica española. Madrid, Ediciones Alcalá, 1975, p. 87).

La poesía como intuición (Segunda parte)

¿Quién lee poesía en México?
Consumismo, exclusividad y poesía

Alejandro Higashi
UAM-Iztapalapa


En la entrega anterior, me referí a la mala pero extendida costumbre de leer poesía desde el plano figurativo (atrapados por la anécdota o el correlato objetivo) y no desde el poético. El tema resulta de lo más interesante, pero creo que quizá me apresuré un poco, porque antes de hablar de cómo leemos (para ponernos de acuerdo luego en cómo deberíamos leer para hacerlo con mayor provecho), muy probablemente deberíamos empezar por un paso previo: ¿leemos poesía?

Doy por descontado que quien lee esta nota está interesado en la lectura de poesía también; pero, ¿qué hay de los demás? Al final, el mundo no termina por la noche cuando llegamos a casa y cerramos la puerta para sentarnos a leer, sino que empieza cuando esa lectura nocturna nos sirve al otro día para enfrentarnos al mundo y verlo desde una nueva perspectiva. ¿Qué pasa con quienes NO leen poesía? Es un lugar común, exhibido con algo de resignación y muy a menudo pronunciado con alarma, que nuestras generaciones cada vez leen menos. Por mi parte, creo que las evidencias apuntan en el sentido contrario, al menos desde una perspectiva mundial: si los jóvenes cada vez leen menos, ¿por qué la saga de Harry Potter había recaudado, nada más por la venta de libros, 9 billones de dólares hasta 2007? ¿Cómo hicieron las editoriales, si no hay lectores y compradores de libros, para que Harry Potter y el misterio del príncipe (2005) lograra vender mundialmente 65 millones de copias en dos años, tiraje más o menos similar al de la Biblia, el libro más exitoso editorialmente hablando, de todos los tiempos (según datos publicados por Beth Snyder Bulik, “Harry Potter”). Se trata sin duda de un éxito excepcional y sin precedentes, pero que abrió el apetito a muchos nuevos lectores (y hoy en día más de un estudiante de los cursos de la Licenciatura en Letras Hispánicas llega a la Universidad motivado por la lectura de clásicos juveniles como Harry Potter, algo que debemos agradecer a J.K. Rowling, egresada de Filología Clásica de la Universidad de Exeter). Aunque en el informe sobre Comercio interior del Libro en España realizado por la Federación de Gremios de Editores de España del 2011, los números señalan  una caída progresiva en la facturación total (un 4,1% respecto a 2010 y 16% desde el año 2008; hay un repunte de 41% del libro digital, pero sólo representa 2,5% de toda la facturación), los números pueden resultar alentadores sobre una industria saludable (aunque ahora enfrenta desafíos importantes debido a cambios en los hábitos de lectura y compras de los lectores): hablamos de unas 840 editoriales, de las cuales 32 facturan anualmente más de 18,000,000 euros por cada una (64,1% de la facturación total del sector privado, contra unas 808 editoriales que se reparten 35,9% restante), lo que corresponde a una facturación total a precio de tapa de 2, 772.34 millones de euros al año (unos 46, 454 millones de pesos).

Ancila 3 (AH6)Esta imagen de bonanza mundial cambia si miramos estadísticas concretas del negocio del libro en México, según el informe de 2012 del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX).  Pese a la desigualdad demográfica de México (112 millones de habitantes en 2010) respecto a España (47 millones en 2012), las diferencias cuantitativas y cualitativas resultan sorprendentes: contra las 840 editoriales españolas, en México la industria editorial está compuesta por 222 editoriales, de las cuales sólo 5% cuenta con una facturación anual superior a los 200 millones de pesos y ese 5% concentra más de la mitad de los ingresos totales; dicho sector produce unos 129 millones de libros en total (contra los 286,5 millones de ejemplares españoles). Si los números resultan dramáticos por sí mismos, la evaluación cualitativa de la información lo es más:

Si analizamos los hábitos de lectura, México se caracteriza por tener un nivel promedio bajo, menor que el de países industrializados, e incluso inferior a algunos países con desarrollo similar. México ocupa la posición número 107 dentro de un total de 108 países de acuerdo con el índice de lectura elaborado por Naciones Unidas. Respecto al perfil del lector, se observa un aumento entre los más jóvenes y, principalmente, entre quienes tienen más formación académica y un mayor estatus económico. En cuanto a los libros más vendidos, por categoría temática, los libros de texto ocupan la primera posición de las ventas totales, seguidos de los de interés general, los de ciencia y técnica y, finalmente, los religiosos. De esta forma, encontramos uno de los primeros obstáculos comerciales en el sector, ya que, tanto la producción, como las ventas de la industria, se encuentran en gran medida determinadas por la participación del Gobierno mexicano. La actividad pública en la producción editorial siempre supera el 50% y en su papel de Estado-comprador, las ventas de la industria privada al Gobierno ocupan el primer lugar en importancia en el sector, con algo más de la tercera parte de las ventas totales (ICEX, El sector editorial en México).

En la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales realizada por CONACULTA en 2010, se ofrecen más resultados poco o nada alentadores: de una muestra nacional, en el último año, nada más un 19% de la población encuestada había comprado un libro o más (lo que se traduce en un 81% de la muestra que no había comprado un solo libro); nada más un 35% contaba con más de 10 libros en casa (y un 65% que no tenía más de 10 libros, los dedos de la mano) y nada más un 28% había leído un libro o más en el año (lo que nos deja con un 72% que no leyó ni siquiera un libro a lo largo del año). Respecto a la lectura recreativa, sólo el 1% de la población nacional en México declaró haber leído un libro de esparcimiento ese año (lo que significa que el 99% de la población, o no leyó o cuando leyó lo hizo por obligación). Estas estadísticas reflejan, sin duda, los resultados de otra evaluación, la de la competencia lectora de los estudiantes mexicanos; según el informe de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C., titulado Lectura, capacidades ciudadanas y desarrollo en México, sólo un 27% de los estudiantes mexicanos estarían en posesión, con grados diferenciados, de las capacidades lectoras deseables; visto en una escala más amplia, este 27% no nos salva: México obtuvo el último lugar en capacidades lectoras de los 34 países que integran la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos) con márgenes muy amplios: mientras que el promedio de la OCDE fue de 493 puntos de acuerdo con la Evaluación del PISA, 21 de los países se ubicaron por encima del promedio, con una diferencia para México de 68 puntos (muy por debajo del promedio), pero la diferencia con el país que obtuvo el mejor puntaje, Corea del Sur, fue de 114 puntos.

Mientras globalmente asistimos a un escenario mundial en el que los jóvenes cada vez leen más, las estadísticas en México apuntan a la catástrofe: en México no se lee. Respecto a la poesía en particular, no encontré estadísticas para México, pero es de imaginar que serán de lo más penoso. En el caso de un mercado editorial más sano, como el español, la poesía se publica con clara desventaja: en 2011, se editaron 1,593,000 libros de poesía (y teatro; en las estadísticas forman un paquete), repartidos en 1, 088 títulos, lo que representa un repunte de 19% respecto al 2010 (1,334,000 ejemplares repartidos en 796 títulos). Los números dejan de ser ventajosos cuando comparamos con otros géneros más exitosos comercialmente Esto, sin perder de vista que en 2011 se imprimieron 56, 387,000 ejemplares de novela, entre novela clásica y contemporánea, repartidos en 12,642 títulos (según el reporte de Comercio Interior del Libro en España para 2011). Así las cosas, se imprimieron 12 novelas por cada libro de poesía (o teatro).

Al lector de poesía no le interesan las estadísticas. El conteo de números resulta una tarea vulgar. Si quien lee esta nota llega a estas líneas, apuesto a que pasó vertiginosamente por los párrafos previos para arribar al meollo del asunto: la poesía. Pero el meollo del asunto también es qué tipo de poesía puede escribirse en un país sin lectores y sin editores. La semana pasada escuchaba, en la fila de la caja de una conocida librería con varias sucursales, a un padre que reñía a su hija por comprar una enciclopedia de perros y no un “Libro”; le decía “deberías leer el Quijote; su mamá salió mecánicamente en su defensa y acusó al papá de no haber sido capaz de leer él mismo este sobado Quijote. El papá aceptó que era un libro muy “gordo” para leerlo y la familia completa festejó la ocurrencia a risotadas. La cajera, joven empleada de la librería, intervino con una salida que a todos les pareció chusca y oportuna: “ni yo he leído el Quijote”… México es el único país donde puede escucharse una conversación así en una librería (por cierto, perteneciente a un modelo económico que incluye: librería, tienda de películas, tienda de música, tienda de regalos, papelería, dulcería, etc. todos sucedáneos del libro, porque visto está que libros no se venden). Al final, no pude evitar intervenir para pedirle a un vecino de la fila que me despertara de la pesadilla. ¿De verdad escuchaba a tres adultos en una librería alardeando de su ignorancia? Por supuesto, cualquiera que hubiera leído el Quijote  estaba perdido frente a estos imbatibles contrincantes que pugnaban para ver quién había leído menos. Escenas como la anterior son un cáncer que nos carcome a todos. La ignorancia en México es una pandemia asintomática que se contagia con facilidad.

Cuando a quien lee un libro se le asignan apodos denigrantes como “ratón de biblioteca” y “ñoño” (mientras en España significa “corto de ingenio”, en México lo usamos para designar a “alguien que lee mucho”… ¿será “corto de ingenio” porque prefiere leer un libro a ver la televisión?), estamos preparados para entender la razón por la que los lectores de poesía prefieren ser pocos y selectos. El lector de poesía ha advertido desde siempre que los bienes que consume son exclusivos y eso le da más valor al producto. Catulo no escribía para que lo leyera la plebe en Roma, sino para un selecto grupo de amigos entre los que estaban otros poetas talentosos; Virgilio escribía para Augusto y, en especial, para Mecenas. Los casos contrarios también son aleccionadores: poetas como Ambrosio o Prudencio, cuya poesía entró al circuito de distribución popular de la liturgia, no pasan ahora de ser unos poetas medianos; no, para ser un verdadero poeta se requería cierta exclusividad: ahí está la poesía elegante y refinada de Venancio Fortunato, por ejemplo, escrita para honrar a Radegunda, hija del rey Berthar. Hoy, cuando se lee la poesía de Octavio Paz se pregona con orgullo; cuando se lee la de Jaime Sabines, se esconde con pudor. La lectura de Gerardo Deniz entre las nuevas generaciones ha tenido un repunte que no tuvo en sus días, pese a su calidad indiscutible y la frescura de su propuesta, en buena medida por ser visto ahora como un outsider de pocos lectores.

En 1989, Octavio Paz escribía algunas páginas en las que reflexionaba sobre el público minoritario de la poesía, en La otra voz (poesía y fin de siglo). Ahí, Paz empezaba por aceptar lo que exponían las estadísticas: “es indudable que hoy se lee más que antes”; no olvidaba, sin embargo, que las estadísticas resultaban opacas respecto a la poesía:

¿Se lee mejor? Lo dudo. La distracción es nuestro estado habitual. […] Si nuestro pecado se llama disipación, nuestro castigo se llama olvido. Leer es lo contrario de esa disipación; leer es un ejercicio mental y moral de concentración que nos lleva a internarnos en mundos desconocidos que poco a poco se revelan como una patria más antigua y verdadera: de allá venimos. Leer es descubrir insospechados caminos hacia nosotros mismos. Es un reconocimiento. En la era de la publicidad y la comunicación instantánea, ¿cuántos pueden leer así? Muy pocos. Pero en ellos,  no las cifras de las estadísticas, está la continuidad de nuestra civilización” (542-543).

Esta operación mental de Octavio Paz ilustra muy bien el narcisismo al que resulta propenso el lector de poesía: somos pocos los lectores de poesía, pero somos quienes leemos mejor y con más provecho. ¿Será cierto? El lector de poesía tiene sus méritos: pasa de largo ante el fenómeno del consumismo editorial; no lee la saga de Harry Potter y menos la de Crepúsculo; da por descontado la lectura de best-séllers y libros de superación personal. Desconfía de los novelistas coetáneos y de las editoriales transnacionales (por eso no le sigue la huella a Jorge Volpi o a Pedro Ángel Palou) y cuando lee una novela lo hace porque está fuera de un circuito comercial (leerá Canción de tumba de Julián Herbert porque también es poeta).

Se trata, sin duda, de virtudes dudosas, porque parecería que el requisito para leer poesía es empezar por no leer. Pero no es el mayor de los problemas. Al rechazar un mercado de consumo, se rechaza al mismo tiempo al lector ocasional y con algo de inocencia se busca al lector especializado de poesía. Aunque parecería, en principio, que la falta de lectores no es una razón de peso para transformar los caminos de la escritura poética, hay que contar con el efecto mariposa: la reducción de un público trae consigo la especialización del mismo, de modo que el poeta actual termina por escribir para un público especializado. ¿Esto es malo? No necesariamente, pero se trata de un círculo vicioso difícil de romper en el que el poeta asume que sus lectores comparten con él un lenguaje cifrado por la intertextualidad, las correspondencias, las alusiones, etc. y escribe de acuerdo a ello. El problema de esta fórmula es que lenguaje cifrado cada vez se vuelve más incomprensible fuera del círculo de iniciados. Como señala Jorge Fernández Granados, el poeta pasa “de la plaza pública al laboratorio” (29-31). El poeta escribe para un lector especializado que cuenta con todas las armas necesarias para develar la cita oculta o interpretar el sutil fenómeno de intertextualidad que propone con ingenio. El lector común, no.

El fenómeno de escribir para un lector especializado se agudiza por los apoyos económicos propios del fomento a la poesía. Como mencionaba páginas atrás respecto al papel del Estado-comprador en las ventas de la industria editorial, por arriba del 50% de la producción, el estado se ha constituido también el principal mecenas para la producción cultural. Hoy, un poeta puede vivir y profesionalizarse a partir de un modesto, pero eficiente sistema de becas (Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en sus modalidades nacional y estatal, las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas; el Sistema Nacional de Creadores para los más persistentes), puede publicar en editoriales gubernamentales que lanzan prestigiosas colecciones de libros de poemas (Punto de Partida, financiado por la UNAM; Fondo Editorial Tierra Adentro, por el CNCA); en editoriales privadas que cada vez consolidan un fondo más sólido, al estilo de Almadía; en editoriales emergentes que refrendan el vínculo con un lector exclusivo, como VersodestierrO. Los premios anuales son siempre motivo de celebración y una promesa editorial, sea el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino o el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta. Un poeta puede vivir de su curriculum. Las presentaciones de libros nuevos proliferan y resulta difícil seguir el ritmo acelerado de publicaciones. Se trata de un modus vivendi consolidado luego del gobierno de Salinas de Gortari y al que los autores no terminan de acostumbrarse, pues para ser un “poeta de pocos lectores” conviene más escribir fuera del sistema, como le sucede al narrador de Canción de tumba, de Julián Herbert: “no hay que olvidar que soy una puta: tengo una beca, el gobierno mexicano me paga mes con mes por escribir un libro”.

Sorprende, en este momento de franca expansión de la poesía, la desconexión entre poeta y lectores. Su explicación, sin embargo, no resulta tan sorprendente: los poetas en la actualidad no escriben para un lector de poesía, sino que escriben para otros poetas en distintos planos. Su lector especializado tiene distintas facetas: desde el poeta mayor que lee a los jóvenes y aprueba o desaprueba (invitándolos a participar en alguna antología, género literario visto hoy por hoy como una forma de canonización y un doble o triple escalón curricular), hasta el poeta administrador que necesita leer un expediente para determinar la viabilidad de becar a otro poeta; desde el poeta que en los talleres a los que asiste (muchos de ellos, posgrados en creación literaria) escribe para demostrar a sus compañeros poetas, en un plano compartido de ingenio y lecturas afines, que puede ser mejor que ellos y proponer formas y temas cada vez más novedosos (¿hasta dónde puede estirarse la novedad para que no deje de ser novedosa?). La culpa debe atribuirse, me parece, a una idea central de Poesía en movimiento (1966): la necesidad de orientar las fuerzas creadoras hacia una poesía de ruptura. Si la poesía más moderna y más influyente era la poesía de ruptura, pues hacia allá había que dirigirse. El problema, claro, es mantener esta ruptura ad infinitum sin llegar al absurdo. Sorprender al lector especializado, cazador de una poesía de ruptura, sin embargo, resulta muy difícil: la poesía escrita bajo este esquema de recepción tiende con el tiempo a distanciarse más y más de los lectores fuera del círculo de iniciados; por el contrario, sorprender al lector especializado, que lo  ha leído todo y lo conoce todo, se vuelve un reto cada vez más alto. En algún punto, esta carrera de ingenio termina por volverse insufrible; un verso de Tedi López Mills de Muerte en la rúa Augusta traduce bien el desazón final de esta pugna sin descanso: “esto ni se lee ni se entiende”.

La poesía y los best-sellers parecen tirar en sentido contrario de los cabos de una cuerda en cuyo centro se encuentra el lector: mientras las novelas tienden a ser más sencillas en su estructura narrativa (como Crepúsculo o Harry Potter) y a autoexplicarse cada vez más exhaustivamente si son complejas (para el Código da Vinci se escribió un diccionario y de El capitán Alatriste puede leerse una edición prologada y abundantemente anotada por Alberto Montaner), la poesía tiende a volverse más críptica y a encerrarse en un lenguaje cada vez más personal; mientras la extensión de la novela crece para explicar con mayor detalle la realidad que crea (al estilo de las novelas de Haruki Murakami), la poesía cada vez se vuelve más sintética y pide que el lector comparta la experiencia de la epifanía condensada a la que el poeta ha llegado sólo después de un trabajo de autoexploración muy profundo… y pide que sea el propio lector quien explique la epifanía; mientras la novela crea estructuras de fidelidad (secuelas, precuelas, partes, personajes compartidos, etc. a los que puede volverse como si se tratase de nuestra casa de la infancia), los poetas se concentran en ofrecer libros nuevos que se distinguen en todo de los anteriores y que, en el afán de sorprender, olvidan la necesidad de crear lazos afectivos con los lectores (trípticos como Moneda de tres caras de Francisco Hernández es claramente excepcional en el panorama de la poesía mexicana); mientras la novela regresa a las estructuras narrativas más tradicionales, por que la sorpresa no está en cómo se narra, sino en lo que se narra, el poemario presenta cada vez reglas nuevas de lectura, de modo que cuando el lector había entendido cómo leer la obra de un autor, el nuevo libro le propone algo completamente distinto y debe empezar de cero otra vez; mientras la novela cuenta una historia, el poema oculta su historia bajo los más sorprendentes subterfugios; mientras la novela crea personajes con minuciosidad, el poemario parece obsesionado con la autoexploración de flujos de conciencia que dinamitan la noción de identidad y la vuelven contradictoria.

La novela, convencida desde el siglo XIX de su papel como expositora de vicios sociales y solución, se ha mantenido vinculada a un público y se ha vuelto comercial. La poesía, en su vocación de asustar al burgués, ha mantenido un papel crítico que dejó de mirar hacia afuera y empezó a mirar tozudamente hacia el interior del individuo y sus procesos autoexploratorios (hay poemarios sobre lo que ve el individuo, sobre lo que piensa, sobre lo que lee, etc.), hasta crear abismos insalvables entre los géneros (poesía y novela) y los actores (poetas y lectores). Dudo mucho que se hablara hoy del Movimiento Infrarrealista sin la publicación de Los detectives salvajes y dudo que los lectores hubieran llegado a Los detectives salvajes sin el viraje de Roberto Bolaño hacia la novela. La poesía de Octavio Paz no es lo que más se lee de su obra, sino su prosa, encabezada por una novela fallida que se convirtió en magistral ensayo, El laberinto de la soledad.

La poesía, inmersa en una red compleja de relaciones, parece incrementar su valor exponencialmente mientras menos lectores puedan acceder a ella. En economía, el fenómeno se conoce como externalidad de red y a menudo se aprovecha como una estrategia de venta: cuanto menos personas disponen de un bien (por su precio o porque resulta difícil adquirirlo fuera de un circuito comercial muy exclusivo de boutiques en Nueva York o París), se vuelve más valioso como signo de distinción. Se habla entonces del efecto sibarita. En México se lee poco y sólo unos pocos lectores cuentan con las competencias necesarias para llegar a una lectura exitosa. Contribuye a ello una educación pública y privada deficiente y un desinterés general en la poesía por su dificultad (lo que debería ser un estímulo, termina por ser la razón de su abandono… nadie quiere esforzarse en leer algo “difícil”).  Los poetas, como defensa, se esconden detrás de la metáfora, la epifanía, la máscara o el arte de la ventriloquia, el símbolo, la intertextualidad, y cada vez que hacen esto incrementan la dificultad hermenéutica del poema, lo que reduce aún más el número de lectores. ¿Se lee poesía en México? Poco. ¿Se entiende? Todavía más poco. ¿La crítica ayuda? Poco, en especial cuando se reduce a ser glosa de los méritos del autor, a ser un collage con apuntes de otros poetas que pudieron servir de inspiración al libro reseñado o a mimetizarse con el poemario hasta escribir, de nuevo, para una minoría especializada, con lo que la reseña termina convertida en prosa poética. Todo este largo camino nos sirve para explicarle al lector que se acerca a la poesía que su turbación y desazón cuando lee un poema y no entiende no es por falta de capacidad ni porque el lenguaje del poeta sea parte de una alquimia especial… se trata, en realidad, de un programa poético seguido como una forma de defensa ante un mercado editorial y educativo que le ha resultado siempre adverso. Si te acercas a la poesía contemporánea y no entiendes, eso no debe sorprenderte. Nos pasa a todos y es un fenómeno presupuesto ya durante el proceso creador: la poesía debe ser una expresión enigmática del arte, la lectura debe ser difícil y tortuosa. Al final, el lector tiene dos opciones: a) darse por vencido y dejarse arrastrar por el efecto traje nuevo del emperador (decir que sí entiende para no quedar como tonto); b) aceptar que no entendió y tomar esta dificultad como un estímulo para volver a leer hasta que entienda. Al sentido del poema se llega por la vía intuitiva, pero para poder comunicar este sentido hace falta mucho trabajo intelectual y argumentativo detrás.

BIBLIOGRAFÍA
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