Consumismo

La poesía como intuición (Segunda parte)

¿Quién lee poesía en México?
Consumismo, exclusividad y poesía

Alejandro Higashi
UAM-Iztapalapa


En la entrega anterior, me referí a la mala pero extendida costumbre de leer poesía desde el plano figurativo (atrapados por la anécdota o el correlato objetivo) y no desde el poético. El tema resulta de lo más interesante, pero creo que quizá me apresuré un poco, porque antes de hablar de cómo leemos (para ponernos de acuerdo luego en cómo deberíamos leer para hacerlo con mayor provecho), muy probablemente deberíamos empezar por un paso previo: ¿leemos poesía?

Doy por descontado que quien lee esta nota está interesado en la lectura de poesía también; pero, ¿qué hay de los demás? Al final, el mundo no termina por la noche cuando llegamos a casa y cerramos la puerta para sentarnos a leer, sino que empieza cuando esa lectura nocturna nos sirve al otro día para enfrentarnos al mundo y verlo desde una nueva perspectiva. ¿Qué pasa con quienes NO leen poesía? Es un lugar común, exhibido con algo de resignación y muy a menudo pronunciado con alarma, que nuestras generaciones cada vez leen menos. Por mi parte, creo que las evidencias apuntan en el sentido contrario, al menos desde una perspectiva mundial: si los jóvenes cada vez leen menos, ¿por qué la saga de Harry Potter había recaudado, nada más por la venta de libros, 9 billones de dólares hasta 2007? ¿Cómo hicieron las editoriales, si no hay lectores y compradores de libros, para que Harry Potter y el misterio del príncipe (2005) lograra vender mundialmente 65 millones de copias en dos años, tiraje más o menos similar al de la Biblia, el libro más exitoso editorialmente hablando, de todos los tiempos (según datos publicados por Beth Snyder Bulik, “Harry Potter”). Se trata sin duda de un éxito excepcional y sin precedentes, pero que abrió el apetito a muchos nuevos lectores (y hoy en día más de un estudiante de los cursos de la Licenciatura en Letras Hispánicas llega a la Universidad motivado por la lectura de clásicos juveniles como Harry Potter, algo que debemos agradecer a J.K. Rowling, egresada de Filología Clásica de la Universidad de Exeter). Aunque en el informe sobre Comercio interior del Libro en España realizado por la Federación de Gremios de Editores de España del 2011, los números señalan  una caída progresiva en la facturación total (un 4,1% respecto a 2010 y 16% desde el año 2008; hay un repunte de 41% del libro digital, pero sólo representa 2,5% de toda la facturación), los números pueden resultar alentadores sobre una industria saludable (aunque ahora enfrenta desafíos importantes debido a cambios en los hábitos de lectura y compras de los lectores): hablamos de unas 840 editoriales, de las cuales 32 facturan anualmente más de 18,000,000 euros por cada una (64,1% de la facturación total del sector privado, contra unas 808 editoriales que se reparten 35,9% restante), lo que corresponde a una facturación total a precio de tapa de 2, 772.34 millones de euros al año (unos 46, 454 millones de pesos).

Ancila 3 (AH6)Esta imagen de bonanza mundial cambia si miramos estadísticas concretas del negocio del libro en México, según el informe de 2012 del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX).  Pese a la desigualdad demográfica de México (112 millones de habitantes en 2010) respecto a España (47 millones en 2012), las diferencias cuantitativas y cualitativas resultan sorprendentes: contra las 840 editoriales españolas, en México la industria editorial está compuesta por 222 editoriales, de las cuales sólo 5% cuenta con una facturación anual superior a los 200 millones de pesos y ese 5% concentra más de la mitad de los ingresos totales; dicho sector produce unos 129 millones de libros en total (contra los 286,5 millones de ejemplares españoles). Si los números resultan dramáticos por sí mismos, la evaluación cualitativa de la información lo es más:

Si analizamos los hábitos de lectura, México se caracteriza por tener un nivel promedio bajo, menor que el de países industrializados, e incluso inferior a algunos países con desarrollo similar. México ocupa la posición número 107 dentro de un total de 108 países de acuerdo con el índice de lectura elaborado por Naciones Unidas. Respecto al perfil del lector, se observa un aumento entre los más jóvenes y, principalmente, entre quienes tienen más formación académica y un mayor estatus económico. En cuanto a los libros más vendidos, por categoría temática, los libros de texto ocupan la primera posición de las ventas totales, seguidos de los de interés general, los de ciencia y técnica y, finalmente, los religiosos. De esta forma, encontramos uno de los primeros obstáculos comerciales en el sector, ya que, tanto la producción, como las ventas de la industria, se encuentran en gran medida determinadas por la participación del Gobierno mexicano. La actividad pública en la producción editorial siempre supera el 50% y en su papel de Estado-comprador, las ventas de la industria privada al Gobierno ocupan el primer lugar en importancia en el sector, con algo más de la tercera parte de las ventas totales (ICEX, El sector editorial en México).

En la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales realizada por CONACULTA en 2010, se ofrecen más resultados poco o nada alentadores: de una muestra nacional, en el último año, nada más un 19% de la población encuestada había comprado un libro o más (lo que se traduce en un 81% de la muestra que no había comprado un solo libro); nada más un 35% contaba con más de 10 libros en casa (y un 65% que no tenía más de 10 libros, los dedos de la mano) y nada más un 28% había leído un libro o más en el año (lo que nos deja con un 72% que no leyó ni siquiera un libro a lo largo del año). Respecto a la lectura recreativa, sólo el 1% de la población nacional en México declaró haber leído un libro de esparcimiento ese año (lo que significa que el 99% de la población, o no leyó o cuando leyó lo hizo por obligación). Estas estadísticas reflejan, sin duda, los resultados de otra evaluación, la de la competencia lectora de los estudiantes mexicanos; según el informe de la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C., titulado Lectura, capacidades ciudadanas y desarrollo en México, sólo un 27% de los estudiantes mexicanos estarían en posesión, con grados diferenciados, de las capacidades lectoras deseables; visto en una escala más amplia, este 27% no nos salva: México obtuvo el último lugar en capacidades lectoras de los 34 países que integran la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos) con márgenes muy amplios: mientras que el promedio de la OCDE fue de 493 puntos de acuerdo con la Evaluación del PISA, 21 de los países se ubicaron por encima del promedio, con una diferencia para México de 68 puntos (muy por debajo del promedio), pero la diferencia con el país que obtuvo el mejor puntaje, Corea del Sur, fue de 114 puntos.

Mientras globalmente asistimos a un escenario mundial en el que los jóvenes cada vez leen más, las estadísticas en México apuntan a la catástrofe: en México no se lee. Respecto a la poesía en particular, no encontré estadísticas para México, pero es de imaginar que serán de lo más penoso. En el caso de un mercado editorial más sano, como el español, la poesía se publica con clara desventaja: en 2011, se editaron 1,593,000 libros de poesía (y teatro; en las estadísticas forman un paquete), repartidos en 1, 088 títulos, lo que representa un repunte de 19% respecto al 2010 (1,334,000 ejemplares repartidos en 796 títulos). Los números dejan de ser ventajosos cuando comparamos con otros géneros más exitosos comercialmente Esto, sin perder de vista que en 2011 se imprimieron 56, 387,000 ejemplares de novela, entre novela clásica y contemporánea, repartidos en 12,642 títulos (según el reporte de Comercio Interior del Libro en España para 2011). Así las cosas, se imprimieron 12 novelas por cada libro de poesía (o teatro).

Al lector de poesía no le interesan las estadísticas. El conteo de números resulta una tarea vulgar. Si quien lee esta nota llega a estas líneas, apuesto a que pasó vertiginosamente por los párrafos previos para arribar al meollo del asunto: la poesía. Pero el meollo del asunto también es qué tipo de poesía puede escribirse en un país sin lectores y sin editores. La semana pasada escuchaba, en la fila de la caja de una conocida librería con varias sucursales, a un padre que reñía a su hija por comprar una enciclopedia de perros y no un “Libro”; le decía “deberías leer el Quijote; su mamá salió mecánicamente en su defensa y acusó al papá de no haber sido capaz de leer él mismo este sobado Quijote. El papá aceptó que era un libro muy “gordo” para leerlo y la familia completa festejó la ocurrencia a risotadas. La cajera, joven empleada de la librería, intervino con una salida que a todos les pareció chusca y oportuna: “ni yo he leído el Quijote”… México es el único país donde puede escucharse una conversación así en una librería (por cierto, perteneciente a un modelo económico que incluye: librería, tienda de películas, tienda de música, tienda de regalos, papelería, dulcería, etc. todos sucedáneos del libro, porque visto está que libros no se venden). Al final, no pude evitar intervenir para pedirle a un vecino de la fila que me despertara de la pesadilla. ¿De verdad escuchaba a tres adultos en una librería alardeando de su ignorancia? Por supuesto, cualquiera que hubiera leído el Quijote  estaba perdido frente a estos imbatibles contrincantes que pugnaban para ver quién había leído menos. Escenas como la anterior son un cáncer que nos carcome a todos. La ignorancia en México es una pandemia asintomática que se contagia con facilidad.

Cuando a quien lee un libro se le asignan apodos denigrantes como “ratón de biblioteca” y “ñoño” (mientras en España significa “corto de ingenio”, en México lo usamos para designar a “alguien que lee mucho”… ¿será “corto de ingenio” porque prefiere leer un libro a ver la televisión?), estamos preparados para entender la razón por la que los lectores de poesía prefieren ser pocos y selectos. El lector de poesía ha advertido desde siempre que los bienes que consume son exclusivos y eso le da más valor al producto. Catulo no escribía para que lo leyera la plebe en Roma, sino para un selecto grupo de amigos entre los que estaban otros poetas talentosos; Virgilio escribía para Augusto y, en especial, para Mecenas. Los casos contrarios también son aleccionadores: poetas como Ambrosio o Prudencio, cuya poesía entró al circuito de distribución popular de la liturgia, no pasan ahora de ser unos poetas medianos; no, para ser un verdadero poeta se requería cierta exclusividad: ahí está la poesía elegante y refinada de Venancio Fortunato, por ejemplo, escrita para honrar a Radegunda, hija del rey Berthar. Hoy, cuando se lee la poesía de Octavio Paz se pregona con orgullo; cuando se lee la de Jaime Sabines, se esconde con pudor. La lectura de Gerardo Deniz entre las nuevas generaciones ha tenido un repunte que no tuvo en sus días, pese a su calidad indiscutible y la frescura de su propuesta, en buena medida por ser visto ahora como un outsider de pocos lectores.

En 1989, Octavio Paz escribía algunas páginas en las que reflexionaba sobre el público minoritario de la poesía, en La otra voz (poesía y fin de siglo). Ahí, Paz empezaba por aceptar lo que exponían las estadísticas: “es indudable que hoy se lee más que antes”; no olvidaba, sin embargo, que las estadísticas resultaban opacas respecto a la poesía:

¿Se lee mejor? Lo dudo. La distracción es nuestro estado habitual. […] Si nuestro pecado se llama disipación, nuestro castigo se llama olvido. Leer es lo contrario de esa disipación; leer es un ejercicio mental y moral de concentración que nos lleva a internarnos en mundos desconocidos que poco a poco se revelan como una patria más antigua y verdadera: de allá venimos. Leer es descubrir insospechados caminos hacia nosotros mismos. Es un reconocimiento. En la era de la publicidad y la comunicación instantánea, ¿cuántos pueden leer así? Muy pocos. Pero en ellos,  no las cifras de las estadísticas, está la continuidad de nuestra civilización” (542-543).

Esta operación mental de Octavio Paz ilustra muy bien el narcisismo al que resulta propenso el lector de poesía: somos pocos los lectores de poesía, pero somos quienes leemos mejor y con más provecho. ¿Será cierto? El lector de poesía tiene sus méritos: pasa de largo ante el fenómeno del consumismo editorial; no lee la saga de Harry Potter y menos la de Crepúsculo; da por descontado la lectura de best-séllers y libros de superación personal. Desconfía de los novelistas coetáneos y de las editoriales transnacionales (por eso no le sigue la huella a Jorge Volpi o a Pedro Ángel Palou) y cuando lee una novela lo hace porque está fuera de un circuito comercial (leerá Canción de tumba de Julián Herbert porque también es poeta).

Se trata, sin duda, de virtudes dudosas, porque parecería que el requisito para leer poesía es empezar por no leer. Pero no es el mayor de los problemas. Al rechazar un mercado de consumo, se rechaza al mismo tiempo al lector ocasional y con algo de inocencia se busca al lector especializado de poesía. Aunque parecería, en principio, que la falta de lectores no es una razón de peso para transformar los caminos de la escritura poética, hay que contar con el efecto mariposa: la reducción de un público trae consigo la especialización del mismo, de modo que el poeta actual termina por escribir para un público especializado. ¿Esto es malo? No necesariamente, pero se trata de un círculo vicioso difícil de romper en el que el poeta asume que sus lectores comparten con él un lenguaje cifrado por la intertextualidad, las correspondencias, las alusiones, etc. y escribe de acuerdo a ello. El problema de esta fórmula es que lenguaje cifrado cada vez se vuelve más incomprensible fuera del círculo de iniciados. Como señala Jorge Fernández Granados, el poeta pasa “de la plaza pública al laboratorio” (29-31). El poeta escribe para un lector especializado que cuenta con todas las armas necesarias para develar la cita oculta o interpretar el sutil fenómeno de intertextualidad que propone con ingenio. El lector común, no.

El fenómeno de escribir para un lector especializado se agudiza por los apoyos económicos propios del fomento a la poesía. Como mencionaba páginas atrás respecto al papel del Estado-comprador en las ventas de la industria editorial, por arriba del 50% de la producción, el estado se ha constituido también el principal mecenas para la producción cultural. Hoy, un poeta puede vivir y profesionalizarse a partir de un modesto, pero eficiente sistema de becas (Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en sus modalidades nacional y estatal, las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas; el Sistema Nacional de Creadores para los más persistentes), puede publicar en editoriales gubernamentales que lanzan prestigiosas colecciones de libros de poemas (Punto de Partida, financiado por la UNAM; Fondo Editorial Tierra Adentro, por el CNCA); en editoriales privadas que cada vez consolidan un fondo más sólido, al estilo de Almadía; en editoriales emergentes que refrendan el vínculo con un lector exclusivo, como VersodestierrO. Los premios anuales son siempre motivo de celebración y una promesa editorial, sea el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino o el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta. Un poeta puede vivir de su curriculum. Las presentaciones de libros nuevos proliferan y resulta difícil seguir el ritmo acelerado de publicaciones. Se trata de un modus vivendi consolidado luego del gobierno de Salinas de Gortari y al que los autores no terminan de acostumbrarse, pues para ser un “poeta de pocos lectores” conviene más escribir fuera del sistema, como le sucede al narrador de Canción de tumba, de Julián Herbert: “no hay que olvidar que soy una puta: tengo una beca, el gobierno mexicano me paga mes con mes por escribir un libro”.

Sorprende, en este momento de franca expansión de la poesía, la desconexión entre poeta y lectores. Su explicación, sin embargo, no resulta tan sorprendente: los poetas en la actualidad no escriben para un lector de poesía, sino que escriben para otros poetas en distintos planos. Su lector especializado tiene distintas facetas: desde el poeta mayor que lee a los jóvenes y aprueba o desaprueba (invitándolos a participar en alguna antología, género literario visto hoy por hoy como una forma de canonización y un doble o triple escalón curricular), hasta el poeta administrador que necesita leer un expediente para determinar la viabilidad de becar a otro poeta; desde el poeta que en los talleres a los que asiste (muchos de ellos, posgrados en creación literaria) escribe para demostrar a sus compañeros poetas, en un plano compartido de ingenio y lecturas afines, que puede ser mejor que ellos y proponer formas y temas cada vez más novedosos (¿hasta dónde puede estirarse la novedad para que no deje de ser novedosa?). La culpa debe atribuirse, me parece, a una idea central de Poesía en movimiento (1966): la necesidad de orientar las fuerzas creadoras hacia una poesía de ruptura. Si la poesía más moderna y más influyente era la poesía de ruptura, pues hacia allá había que dirigirse. El problema, claro, es mantener esta ruptura ad infinitum sin llegar al absurdo. Sorprender al lector especializado, cazador de una poesía de ruptura, sin embargo, resulta muy difícil: la poesía escrita bajo este esquema de recepción tiende con el tiempo a distanciarse más y más de los lectores fuera del círculo de iniciados; por el contrario, sorprender al lector especializado, que lo  ha leído todo y lo conoce todo, se vuelve un reto cada vez más alto. En algún punto, esta carrera de ingenio termina por volverse insufrible; un verso de Tedi López Mills de Muerte en la rúa Augusta traduce bien el desazón final de esta pugna sin descanso: “esto ni se lee ni se entiende”.

La poesía y los best-sellers parecen tirar en sentido contrario de los cabos de una cuerda en cuyo centro se encuentra el lector: mientras las novelas tienden a ser más sencillas en su estructura narrativa (como Crepúsculo o Harry Potter) y a autoexplicarse cada vez más exhaustivamente si son complejas (para el Código da Vinci se escribió un diccionario y de El capitán Alatriste puede leerse una edición prologada y abundantemente anotada por Alberto Montaner), la poesía tiende a volverse más críptica y a encerrarse en un lenguaje cada vez más personal; mientras la extensión de la novela crece para explicar con mayor detalle la realidad que crea (al estilo de las novelas de Haruki Murakami), la poesía cada vez se vuelve más sintética y pide que el lector comparta la experiencia de la epifanía condensada a la que el poeta ha llegado sólo después de un trabajo de autoexploración muy profundo… y pide que sea el propio lector quien explique la epifanía; mientras la novela crea estructuras de fidelidad (secuelas, precuelas, partes, personajes compartidos, etc. a los que puede volverse como si se tratase de nuestra casa de la infancia), los poetas se concentran en ofrecer libros nuevos que se distinguen en todo de los anteriores y que, en el afán de sorprender, olvidan la necesidad de crear lazos afectivos con los lectores (trípticos como Moneda de tres caras de Francisco Hernández es claramente excepcional en el panorama de la poesía mexicana); mientras la novela regresa a las estructuras narrativas más tradicionales, por que la sorpresa no está en cómo se narra, sino en lo que se narra, el poemario presenta cada vez reglas nuevas de lectura, de modo que cuando el lector había entendido cómo leer la obra de un autor, el nuevo libro le propone algo completamente distinto y debe empezar de cero otra vez; mientras la novela cuenta una historia, el poema oculta su historia bajo los más sorprendentes subterfugios; mientras la novela crea personajes con minuciosidad, el poemario parece obsesionado con la autoexploración de flujos de conciencia que dinamitan la noción de identidad y la vuelven contradictoria.

La novela, convencida desde el siglo XIX de su papel como expositora de vicios sociales y solución, se ha mantenido vinculada a un público y se ha vuelto comercial. La poesía, en su vocación de asustar al burgués, ha mantenido un papel crítico que dejó de mirar hacia afuera y empezó a mirar tozudamente hacia el interior del individuo y sus procesos autoexploratorios (hay poemarios sobre lo que ve el individuo, sobre lo que piensa, sobre lo que lee, etc.), hasta crear abismos insalvables entre los géneros (poesía y novela) y los actores (poetas y lectores). Dudo mucho que se hablara hoy del Movimiento Infrarrealista sin la publicación de Los detectives salvajes y dudo que los lectores hubieran llegado a Los detectives salvajes sin el viraje de Roberto Bolaño hacia la novela. La poesía de Octavio Paz no es lo que más se lee de su obra, sino su prosa, encabezada por una novela fallida que se convirtió en magistral ensayo, El laberinto de la soledad.

La poesía, inmersa en una red compleja de relaciones, parece incrementar su valor exponencialmente mientras menos lectores puedan acceder a ella. En economía, el fenómeno se conoce como externalidad de red y a menudo se aprovecha como una estrategia de venta: cuanto menos personas disponen de un bien (por su precio o porque resulta difícil adquirirlo fuera de un circuito comercial muy exclusivo de boutiques en Nueva York o París), se vuelve más valioso como signo de distinción. Se habla entonces del efecto sibarita. En México se lee poco y sólo unos pocos lectores cuentan con las competencias necesarias para llegar a una lectura exitosa. Contribuye a ello una educación pública y privada deficiente y un desinterés general en la poesía por su dificultad (lo que debería ser un estímulo, termina por ser la razón de su abandono… nadie quiere esforzarse en leer algo “difícil”).  Los poetas, como defensa, se esconden detrás de la metáfora, la epifanía, la máscara o el arte de la ventriloquia, el símbolo, la intertextualidad, y cada vez que hacen esto incrementan la dificultad hermenéutica del poema, lo que reduce aún más el número de lectores. ¿Se lee poesía en México? Poco. ¿Se entiende? Todavía más poco. ¿La crítica ayuda? Poco, en especial cuando se reduce a ser glosa de los méritos del autor, a ser un collage con apuntes de otros poetas que pudieron servir de inspiración al libro reseñado o a mimetizarse con el poemario hasta escribir, de nuevo, para una minoría especializada, con lo que la reseña termina convertida en prosa poética. Todo este largo camino nos sirve para explicarle al lector que se acerca a la poesía que su turbación y desazón cuando lee un poema y no entiende no es por falta de capacidad ni porque el lenguaje del poeta sea parte de una alquimia especial… se trata, en realidad, de un programa poético seguido como una forma de defensa ante un mercado editorial y educativo que le ha resultado siempre adverso. Si te acercas a la poesía contemporánea y no entiendes, eso no debe sorprenderte. Nos pasa a todos y es un fenómeno presupuesto ya durante el proceso creador: la poesía debe ser una expresión enigmática del arte, la lectura debe ser difícil y tortuosa. Al final, el lector tiene dos opciones: a) darse por vencido y dejarse arrastrar por el efecto traje nuevo del emperador (decir que sí entiende para no quedar como tonto); b) aceptar que no entendió y tomar esta dificultad como un estímulo para volver a leer hasta que entienda. Al sentido del poema se llega por la vía intuitiva, pero para poder comunicar este sentido hace falta mucho trabajo intelectual y argumentativo detrás.

BIBLIOGRAFÍA
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Fernández Granados, Jorge. “Islas que comulgan con otras islas”, en A contraluz, poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente. Sel. y pról. de Rogelio Guedea y Jair Cortés. México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005.
Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura, A.C. Lectura, capacidades ciudadanas y desarrollo en México (2011). [Fecha de consulta: 13/07/2013].
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Paz, Octavio. La otra voz (poesía y fin de siglo) en Obras completas, t. 1. México: FCE, 1994.