Dana Gelinas

Dana Gelinas: cuando la vida ocurre en la poesía

Jorge Aguilera López
Universidad Nacional Autónoma de México


La poesía mexicana de los últimos años se ha batido en diversas escaramuzas críticas sobre la pertinencia de los modos tradicionales para agrupar a sus productores. Pertenencia generacional, afinidad estética o nómina grupal son algunos de los criterios que hemos utilizado para filiar a los poetas según sus semejanzas cronológicas, estilísticas o amistosas con sus colegas. Sin embargo, la lectura crítica de fondo, si bien debe tomar en cuenta estos factores extraliterarios del campo cultural, para trascender el dato anecdótico o referencial debe mirar la obra en función de su propio sistema de valores, dialogar con ella en primera instancia; así sea para ponerla a dialogar con su entorno literario, cultural o social.

En este sentido, el presente trabajo propone un acercamiento a la obra de Dana Gelinas (Coahuila, 1962) en función de los dos polos señalados: por un lado, entender cómo se inserta su obra en el continuo histórico de la tradición lírica mexicana; por otra parte, observar mecanismos concretos de su escritura poética que ayuden a entender la pertenencia descrita. Esta doble mirada buscará entonces trascender a un tiempo la mera lectura contextual de su obra y también la lectura inmanente de una poesía que se resiste a aislarse de su contexto, como tendremos oportunidad de mostrar.

I. Sobre la poesía mexicana de los nacidos en 1960
No pretendemos aquí hacer un mapa generacional o estilístico de los poetas mexicanos nacidos en la década de los sesenta, sino apuntar dos datos que revelan el contexto literario sobre el que Dana Gelinas y otros poetas nacidos en esa época desarrollan su obra. En primer lugar, el dato histórico obvio señala la existencia de un hecho social y otro literario, fundamentales ambos para la conformación de la poesía mexicana escrita por los nacidos en esta década: el movimiento estudiantil de 1968 y su represión en Tlatelolco y la publicación de Poesía en movimiento en 1966.

En el primer caso, el trabajo poético resintió la creciente ola represiva como un síntoma de la descomposición social que, de entonces a la fecha, parece no cesar, y eso afectará su producción como se anotará enseguida. En el segundo caso, la totemización de un gusto poético grupal elevado a canon ha persistido como una paradoja que se ha tipificado con la etiqueta “la inmovilidad de Poesía en movimiento, lo que apunta a la falta de renovación de criterios que incidan verdaderamente en la reconfiguración de nuestra tradición literaria. Después de la antología perpetrada por Paz, Chumacero, Pacheco y Aridjis, carecemos de una propuesta capaz de revelarnos con claridad, al menos, los caminos más prominentes por los poetas posteriores a los reunidos en ella.

Se ha apuntado con cierta amplitud que la poesía mexicana posterior a 1968 ha tenido como norma un persistente alejamiento de la Historia con mayúsculas, una vuelta a la interioridad individual en detrimento de la palabra como experiencia colectiva. Malva Flores ha señalado al respecto que los poetas llamados por ella generación del desencanto “transformaron a la palabra poética en una caja de resonancias tácita desde su escepticismo. Por otro lado, hicieron del poema un receptáculo privilegiado de la realidad, de aquella porción de la realidad que, ya sin ansias de totalidad, les habría sido dado vivir” (89). En esta caracterización se reconoce el eco del juicio crítico de Evodio Escalante, quien al antologar a los poetas nacidos en la década de los cincuenta ya advertía de ellos que “integran una generación en la devastación, que posiblemente ha entendido que la historia no es otra cosa que un callejón sin salida al que ha sido conducida por otras generaciones alucinadas por las ideologías y por firmes creencias en la salvación del destino humano. Estos poetas han perdido esa credulidad” (15-16).

De modo semejante, la percepción crítica sobre los poetas nacidos en los sesenta no es sino una repetición del tema en cuestión: una poesía que, ante la pertinaz caída de las certezas históricas, descree de la realidad como tema y fundamento. En un texto que sea vuelto referencia para hablar de los poetas que inician su publicación en los años noventa, el prólogo a El manantial latente, antología preparada por Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela, los autores repiten la idea de Escalante de que, para las nuevas promociones poéticas “los estragos económicos, históricos y filosóficos tras la caída del muro de Berlín en 1989, junto a la debacle del socialismo en la Europa del Este, fortalecieron una actitud que corre del escepticismo a la impotencia. Este reacomodo se reduce a una negativa casi unánime de que el poema reconvierte la realidad social” (24-25). Les parece sorprendente que acontecimientos como el levantamiento zapatista o la derrota del PRI en el año 2000, “no suscitaran un replanteamiento” en los poetas por ellos considerados y antologados. Sin embargo, y como veremos más adelante, ambos temas serán abordados por la propia Dana Gelinas, hecho que pone en duda la pertinencia de su selección.
El manatial latenteCon independencia del referente histórico, la proliferación de antologías poéticas con posterioridad a Poesía en movimiento, donde se apuntaba la distancia de la poesía respecto del acto social más como voluntad de los antologadores que como dato verificable, ha subrayado la inestabilidad de una lectura unánime o al menos estable de la tradición posterior a la fijada en 1966. En todas ellas, destaca la lectura interesada de la producción poética mexicana según los gustos o “afinidades electivas” del encargado de la selección. Así, considerar El manantial latente como referencia para leer la producción de los poetas nacidos en los sesenta y setenta solo será posible si consideramos los intereses estéticos y la limitante temporal involucrados en la selección. Si bien poetas como Jorge Fernández Granados o José Eugenio Sánchez son selecciones necesarias, tanto la presencia como la ausencia de otros nombres sugieren el problema que aqueja a las antologías sobre obras recientes. Es el caso que nos ocupa: Dana Gelinas tenía ya dos libros publicados en 2002, Bajo un cielo de cal (1991) y Sólo dios (1998), por lo que su ausencia de dicha antología obedece en primer lugar a criterios estéticos de los antologadores, pero también a la limitante temporal, que impidió considerar la importancia de su obra poética posterior: en 2004, publica Poliéster, con el que obtiene el VIII Premio Nacional de Poesía Tijuana y en 2006, cuatro años después de la publicación de El manantial latente, aparecerán dos de sus libros más importantes: Altos hornos y Boxer, con el último de los cuales ganó el premio de Poesía Aguascalientes ese mismo año.

II. Cuando la vida ocurre en la poesía
Este rodeo contextual previo, que nos ha servido para situar a Dana Gelinas en su entorno poético, nos permite también cuestionar algunos presupuestos básicos que, como hemos señalado, son recurrentes al hablar de su generación, pero que son puestos en tela de juicio al momento de analizar la obra de esta autora. De acuerdo con Iván Cruz Osorio, la poesía de Dana Gelinas “ha sido una sensación de respiro en el medio poético nacional cargado de temas que se concentran en hablar de la misma poesía, en experimentos de lenguaje, musicalidad, forma, en que al arte se justifica por el arte” (145). Con este aserto, Cruz Osorio apunta a una característica presente desde el primer libro de esta poeta: su voluntad de distanciamiento respecto de las prácticas poéticas con mayor prestigio estético. Si la poesía del lenguaje (o neobarroca, o metalingüística) ha sido la consecuencia inevitable del aislamiento social poético que hemos referido, Dana Gelinas optó desde un inicio por hacer de la experiencia social un tópico poético. En Bajo un cielo de cal encontramos, por ejemplo, un poema que transfigura el arquetipo femenino constituido en la imaginería greco-latina, a partir de la inversión de valores:

“Lápida para una mujer liberada”

Como Diana, primero una flecha
al centro de un hombre;
como Penélope,
tejer la tela de araña;
caminar siempre un paso atrás,
como Eurídice;
salir del baño, como Afrodita;
leer de noche, como Minerva;
amar a una bestia, como Pasífae;
cultivar en exclusiva la tierra de tu casa,
como Gea;
predecir la infidelidad, como Casandra;
vengar al marido, como Hera;
memorizar uno a uno los rasgos de Narciso,
como Eco;
todo para morir en tu país
sin que te lapiden…

como a una extranjera (17).

Dana Gelinas Bajo un cielo de calComo se puede observar, el trasfondo feminista del poema no recurre a la protesta virulenta frente al sojuzgamiento, sino que construye una parábola donde las virtudes del arquetipo se convierten en su lápida. La condición femenina es entonces, en este poema, la experiencia efectiva que se construye desde la colectividad de la voz poética: no es una particular, sino cualquier mujer la que enuncia, ergo, el poema propone una puesta en escena del escenario social donde se actúa el rol descrito.

La incidencia de la experiencia social en el poema, generalmente, pone en duda el papel que el poeta ha de cumplir frente a esa realidad. Desde el punto de vista de los antologadores, “en el poema de la experiencia afectiva el punto de apoyo es proporcionado por una emoción extralingüística o extraintelectual, ubicada en escenarios vitales; sus conceptos son concretos y, en el mejor sentido de la palabra, sentimentales. La aparente narratividad u oralidad que permea su discurso proviene del deseo de comunicar con la mayor sencillez y eficacia posibles” (Lumbreras y Bravo Varela 34). Esta tipificación se concreta la mayoría de las veces en el diálogo con, o en la imprecación de, un actor social, generalmente un obrero, un asalariado, un ama de casa o algún rol análogo, quien evidencia la incapacidad del poeta para entender el oficio ajeno. En su libro Altos hornos, Dana Gelinas intenta aprehender las experiencias del trabajador de la siderurgia, oficio ante el cual el sujeto poético evidencia su superficialidad:

ES EL INFIERNO
le dije,
sí, esto es el infierno.
Que Dios le conceda
una semana como obrero de los Hornos.

No, señora,
usted que escribe
no haga bromas con Dios.

La fundición es un trabajo honrado.
No huele bien,
se irritan los ojos,
y, si se descuida uno,
puede morir ese día.

Perdón, le pedí perdón
porque me pareció lo único decente.

Sin ira en el pecho,
dijo de nueva cuenta:

Es un trabajo honrado.

Y en ese momento jaló una cadena con fragor suficiente
para volcar dos toneladas de magma de acero.

En este caso, importa más asir la experiencia vital antes que la poética: no es el poema el que incide en la realidad, sino la vida la que ocurre en la poesía.

En la poesía de Dana Gelinas todo acontecimiento social es motivo poético. Lo mismo la creación de un emporio cibernético (El niño Bill Gates), o el ascenso político de Margaret Tatcher a partir del uso de la violencia (La Doncella de Hierro), que las implicaciones de una festividad comercial como el 14 de febrero, tema que estructura su libro ganador del Premio Aguascalientes, Boxers. De igual modo, el aserto de que los poetas de su generación no repararon en los acontecimientos políticos de su época carece de asideros en su obra. Tanto el levantamiento armado en Chiapas como la llegada de Vicente Fox a la presidencia, por señalar dos hitos históricos, son tratados en la poesía de esta autora, quien evita la tentación de filiar el poema a la alabanza o denuesto de uno u otro acontecimiento. Sobre el primero, opta por un registro que evidencia la injusticia social que detonó el levantamiento zapatista y la falta de comprensión a las causas profundas de dicho movimiento:

Ahora los investigadores estudian Chiapas.
Los turistas huyen de Chiapas.
Los caciques cuentan cabezas.
Dicen que Dios abandonó la montaña.

Ahora será difícil vivir en paz,
sin las grandes certezas de la infancia.

Sobre el segundo, la llegada de un nuevo presidente no es sino un cambio ritual, cuya figura física permite alegorizar la idea colectiva que de él se tiene: un personaje cuya realidad circundante se construye a la medida de sus intereses, lo cual termina por encerrarlo en un solipsismo político:

Pero el presidente entrante
no cabe ya en su vieja cama.
Necesita una más vasta,
más fuerte,
con espejos de su estatura para ensayar
el discurso;
firme como una roca,
para que nadie escuche la menor inquietud;

una cama hecha a la medida
para que nadie más quepa en ella;
que sea alta, para que los insectos no acechen,
con el respaldo en el rincón más oscuro.

De acuerdo con Iván Cruz Osorio, en la poesía de Dana Gelinas “la idea de la injusticia social se combina con una angustia nunca reprimida, el empleo de las expresiones más duras junto con las emociones más tiernas, y la preocupación por la belleza formal, las posibilidades acústicas de la palabra y la variedad de ritmos” (145). Sin duda, en esta obra hay un diálogo con las formas y la tradición clásicas, pero que siempre busca ser situada en el contexto particular de la realidad histórica presente. Si el poema es una variación del tema heracliteano del agua que discurre incesante, éste será concretado en la experiencia de la afanadora que debe limpiar el agua que corre por el piso del centro comercial: “Odio estar aquí,/ no dejo a mis hijos por gusto,/ necesito el Seguro Social para el mayor, por las terapias” (“Agua”, en Poliéster 29). O bien, la relectura de Las mil y una noches se concreta en la cuenta regresiva del fin de milenio pasado: “En la radio/ comienza la cuenta regresiva: las mil menos una noches/ […] El futuro nos sorprendió a todos en harapos” (“Aves del paraíso”, en Poliéster.3 Ancila (JA)1

Hemos intentado mostrar que Dana Gelinas ha desarrollado una voz poética cuyo sustento primigenio es la importancia de la experiencia vital como punto de partida para la creación poética, quizá a contracorriente de otros poetas contemporáneos a ella que han optado por hacer del texto poético una entidad autocontenida. En suma, leer a esta poeta es también cuestionar los juicios críticos hegemónicos que, como toda generalización, corren el riesgo de dejar fuera los lindes de la tradición. Tanto en su contexto como en su obra, Dana Gelinas representa una voz particular y necesaria de considerar si deseamos dar cabal cuenta del fenómeno poético mexicano, al margen de intereses agrupados por afinidades estéticas que siempre serán parciales.

BIBLIOGRAFÍA
Cruz Osorio, Iván. “Ayer y hoy de la poesía ‘social’ en México, y una propuesta”, en Alforja, 36 (primavera 2006): 137-147.
Lumbreras, Ernesto y Hernán Bravo Varela. “Prólogo”, en El manantial latente, muestra de poesía mexicana desde el ahora, 1986-2002. Selección, prólogo, notas y apéndices de Ernesto Lumbreras y Hernán Bravo Varela. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2002.
Escalante, Evodio, “Prólogo”, en Poetas de una generación 1950-1959. Selección y prólogo de Evodio Escalante. México: Uiversidad Nacional Autónoma de México, 1988, pp. 7-17.
Flores, Malva. El ocaso de los poetas intelectuales y la “generación del desencanto”. México: Universidad Veracruzana, 2010.
Gelinas, Dana. Bajo un cielo de cal. México: Fondo Editorial Tierra Adentro, 1991. 2ª edición: México: Instituto Coahuilense de Cultura-Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006.
—–. Sólo Dios. Edición Virtual, El Cocodrilo Poeta Ediciones, 1998.
—–. Poliéster. Tijuana: Ayuntamiento de Tijuana, 2004; 2ª edición: México, Universidad Autónoma de Coahuila, 2009.
—–. Altos Hornos. México: Praxis, 2006.
—–. Boxers. México: Instituto Nacional de Bellas Artes – Joaquín Mortiz, 2006.