Julio Fernández Meza

Nenia. In memoriam Ernesto de la Peña

Julio Fernández Meza
Universidad Nacional Autónoma de México

El pasado diez de septiembre murió Ernesto de la Peña. Cuatro días antes, el viernes siete, recibió su última condecoración en vida, el Premio Internacional Menéndez y Pelayo. A pesar de su delicada salud pudo impartir a distancia una conferencia magistral sobre el Quijote. Estaba por cumplir 85 años el próximo noviembre. Sirva esta nota como recordatorio de una de las figuras insignes de la literatura mexicana. Y particularmente basten estas líneas para rememorarlo en su faceta poética, para evocarlo como poeta.

En 2007, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes publicó en tres volúmenes los textos de Ernesto de la Peña bajo el título Obra reunida. En ellos se encuentran escritos de renombre: Las estratagemas de Dios, de 1988, laureado con el Premio Xavier Villaurrutia; Las máquinas espirituales y El indeleble caso de Borelli, de 1991; El centro sin orilla y Las controversias de la fe, de 1997; La rosa transfigurada, de 1999; y, finalmente, en 2004, tras recibir ese mismo año el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, las traducciones directas del griego de los Evangelios. Cultivó géneros como el cuento, la novela, y en especial el ensayo. Profundo conocedor de decenas de lenguas, filólogo, lingüista, traductor, musicólogo, fue miembro numerario de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1993. Son de su autoría dos poemarios: Mineralogía para intrusos, de aquel año, y Palabras para el desencuentro, de 2005, los cuales examinaré sucintamente en estas páginas.

Como primera impresión el primero de ellos no parece un poemario. Se trata de una colección de textos en prosa cuyo eje común es –lo indica el título– la mineralogía, disciplina dedicada al estudio de los minerales, las rocas, las piedras. Podría objetarse por consiguiente si es un repertorio de poemas. No es este el espacio para discurrir sobre ello, sea suficiente aclaración mencionar que en la imprescindible antología Poesía en movimiento los compiladores incluyeron ciertos textos de Juan José Arreola pese a no estar estructurados como poemas propiamente pero cuyo discurso permite así considerarlos (Paz, Poesía en movimiento, 209-214). La prosa del jalisciense no ha sido juzgada en vano como poética (Yurkievich, “Juan José Arreola”, 8). Acaso por este motivo, heredero de Arreola, la prosa de Ernesto de la Peña comparte ese matiz, criterio genuinamente aplicable a Mineralogía para intrusos. Señalado esto debe aclararse la primordial valía del texto, cuyo interés no es científico ni compete a un manual analítico de minerales varios. Si bien es verdad que dicha ciencia se toma como materia prima a lo largo del libro, en realidad la preocupación del autor es poética y no científica. El lector encara un poemario y no un texto de miras científicas.

Si no se considera el hipotexto que vale por epígrafe como un poema, casi una treintena de ellos abarca el volumen. Se titulan según el mineral a tratar, por ejemplo, “Los poliedros”, “Cuarzo”, “Ámbar”, etcétera. No están ordenados de manera alfabética. Parecen organizados de acuerdo a un criterio no esclarecido por el autor. Su extensión oscila entre un párrafo y una cuartilla, aunque el último de ellos es notablemente más largo que el resto. Estos poemas poseen carácter narrativo, es decir, describen un relato con planteamiento, desarrollo, clímax y desenlace, semejantes a los textos de Arreola recogidos en la antología mencionada y que fueron publicados por primera vez en Confabulario.

En la obra de Ernesto de la Peña, quizás el libro más parecido en dicho sentido sea Las estratagemas de Dios, salvo porque la crítica lo considera como una colección de cuentos y no un poemario (Lizalde, “Prólogo”, XIII). En ocasiones aparecen personajes históricos, cuando no apócrifos. En otras no hay referencias de ninguna clase. Un elemento afín en todos ellos es el estilo, eminentemente lírico. Cito a continuación uno de los poemas para constatar el lirismo y el carácter narrativo:

La ya tradicional untura de antimonio siguió irguiendo los ojos de las faraonas.
Sólo lo contuvo, muchos años después de Amarna, la seguridad de que, con las pupilas incendiadas, las egipcias veían con mayor precisión su muerte sin pirámide.
Hoy corre con profusión por los párpados femíneos.

(Peña, Mineralogía para intrusos, 228)

Como se observa, el protagonista del fragmento es antimonio, elemento semimetálico, duro pero a la vez quebradizo y de color blanco azulado. Ante los ojos de las faraonas advertimos el nombre de Amarna, en la actualidad una ruina arqueológica en Egipto y que antaño fue una ciudad capital fundada por el faraón Akhetaton. Este dato, aunado al gentilicio “egipcias” y la palabra “pirámide”, señala el referente del texto. La línea final acota la temporalidad del fragmento pues si se toma como punto de partida lo relativo a Egipto y sus pormenores, el narrador o el “yo-lírico” indica cómo hoy este elemento adorna los párpados de las mujeres. El párrafo deja ver a grandes rasgos la estructura del libro y señala, siquiera someramente, el desarrollo y la exposición de los poemas que lo conforman. Su rico vocabulario, poblado de colores, materiales, formas, que a veces susurra el auxilio del diccionario, y sus anécdotas ya didácticas, ya lúdicas, ya educativas, y cuyos personajes describen la Historia de acuerdo a su propia perspectiva, constituyen la base del poemario. A ello responde la necesidad de poetizar los minerales, las piedras preciosas, las rocas comunes –por cierto, no olvidadas–, inclusive los procesos para transformar un elemento en otro. Despierta la atención el título del libro:Mineralogía para intrusos. ¿Quiénes son los intrusos? ¿Y por qué ellos son los indicados para surcar dicho manual? Acaso porque el volumen sea un raro regalo del tiempo, fruto de la erudición incontenible del autor, los lectores representemos aquellos intrusos, quienes a fuer de desconocer tal disciplina, optamos por las palabras de este guía para despabilarnos, así sea un poco, la ignorancia.

EPPalabras para el desencuentro, en cambio, es un poemario concebido a la usanza tradicional. Los poemas que lo integran no están escritos en prosa sino en verso libre. Notoriamente distinto del caso anterior, este libro es intimista, introvertido, parece hablar en silencio, de manera inaudible. Además no parte de diversos saberes para desarrollarse. Por el contrario aquí el foco es el yo, el centro de enunciación se halla en Ernesto de la Peña.

Recursos y temas reiterados en el libro son la aliteración, la enumeración –acaso caótica–, imágenes y metáforas relativas al hielo como propio de lo frío y como la falta de calor que impone la soledad, la persecución de la amada, etcétera. Como inscripción curiosa, cada poema consigna la fecha de su factura, en letra, no en número, y sin separar las palabras entre sí como si dicha pertinencia importara poco y por ello se indique tímidamente. Tales minucias permiten rastrear la periodicidad del poemario, ya que aunque las primeras composiciones pertenecen a la década de los cincuenta, la mayoría fue redactada durante el primer lustro de este milenio, lo cual muestra el proceso de reunirlos en un solo tomo. Pues bien, a pesar de susurrar como sin otro interlocutor más que la voz interior, se advierte una y otra vez en los poemas los gritos, alaridos, los desgarros que impulsaron su composición y permitieron llevar al tamiz de la palabra semejante furor y frenesí. Otros textos de su autoría no recalcan una intimidad tan honda. Tal vez por ello este texto sea clave para interpretar el autor en su conjunto dado el evidente matiz autobiográfico que posee.

Así por ejemplo, “In Memoriam” el poeta clama por su madre, demanda su atención, la pide con lamentos y exhortaciones; la imposibilidad de conocerlo todo y la poesía como el vehículo más adecuado para describir la realidad es lo esencial en “De la ausencia”, “Ritual” y “La Condesa Imentrud”; numerosas composiciones retratan al hombre solitario y culto en busca de la solución de un sinfín de preguntas, como ocurre en “Et Ego In Arcadia…”, “Así te vas por la vejez, “Poema del desconocimiento”, “Tratabas de luchar a mano seca”, “Vida en un laberinto (III)”, “Vida en un laberinto (IV)”, “Otra vezcaballero solitario…”, “Anagnórisis”, “Rostros del hombre”, y en especial el último, “Balada del ventrílocuo mudo” (Peña, Palabras para el desencuentro, 261-340).

Cabe preguntarse si a raíz de este título -particularidad detallada con énfasis a lo largo de esta nota, pues como hace todo escritor preparado, el encabezado de sus escritos es siempre sumario, decisivo-, al poner el punto final del libro, dichas palabras lograron el desencuentro. ¿Se concretó? ¿Se llevó a cabo? Conjeturemos una respuesta a tales dudas para describir, aun humildemente, la importancia de Ernesto de la Peña en nuestras letras, en nuestra tradición poética: meditemos en él. Pensemos en el hombre como lo han descrito diversas personalidades. Bosquejemos su figura como suele conocérsele, un hombre de alcance universal, a quien nada humano le era ajeno y que bien puede ser descrito con el verso de Borges, “deseoso de saber lo que Dios sabe” (Borges, El otro, el mismo, 43). Estimemos que su insaciable curiosidad, su erudición y capacidad nos hablan, en efecto, de una persona excepcional, no gratuitamente calificada como uno de los diecisiete sabios del fin del milenio. Pero esos datos lo describen con pobreza. Mirémoslo con mayor detención, veámoslo como aquel avezado en tantos registros y lenguas, hombre concomitante al capitán Richard Burton, a su vez políglota monstruoso; examinémoslo después de rendirle el mejor homenaje, la lectura de sus textos; dejémonos conducir por él como el mentor que, semejante al amanuense, escribe porque es su labor de mundo; en fin, tratemos de percibir la ocupación capital de su ser: la poesía. Subordinó todo oficio de su vida a ella. Él, que se divertía leyendo gramáticas como si se tratasen de novelas; él, traductor de un cúmulo de autores, conocidos e ignotos; él, en cuyo discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua señaló cómo la poesía cumple su función en sí misma porque recrea la realidad a partir y desde de la palabra (Peña, La obscuridad lírica, 29); él representa, sin ambages, uno de nuestros grandes poetas. Su pérdida ya ha provocado el torrente de lágrimas a lo largo de nuestra nación y seguramente más allá de ésta. En realidad su partida es un punto de llegada: sus palabras no conceden el desencuentro, nos recuerdan que pese al barlovento y la ignominia, hemos de encontrarnos unos a otros sin descanso:

si en esta luz de nómada derrota
hubo una vez una mañana dúctil de alegría
en que se oyeron sílabas hermanas de un ayer inconvocable
si aquí tu cuerpo redundó por un momento en goce
porque hay rostros de savia y olas en el mar,
porque hay niños que atrapan la verdadera ofrenda de la vida
y la arrojan en globos al espacio
y el hombre se tropieza, y sigue, y reamanece.

(Peña, Mineralogía para intrusos, 292)

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. El otro, el mismo. Emecé. Tercera edición. Argentina, 2005.

Lizalde, Eduardo. “Prólogo” en Ernesto de la Peña. Obra reunida. México: CONACULTA, 2007, tomo III.

Peña, Ernesto de la. La obscuridad líricadiscurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, 18 de junio de 1993. Respuesta de Manuel de Alcalá. México: Academia Mexicana de la Lengua/ UNAM, 2010.

—————. Mineralogía para intrusosObra reunida. México: CONACULTA, 2007. Tomo III.

—————. Palabras para el desencuentroObra reunida, México: CONACULTA, 2007. Tomo III.

Paz, Octavio, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis y Alí Chumacero, sel. y notas. Poesía en movimiento. México: Siglo XXI, 1966.

Yurkievich, Saúl. “Juan José Arreola: los plurales poderes de la prosa” en Juan José Arreola, Obras. México: FCE, 2005.