Manuel Becerra

Instrucciones para matar un caballo, de Manuel Becerra

Manuel Iris
University of Cincinnati

No es sencillo hablar del libro que ahora mismo tengo frente a mí, cuando escribo esta línea. Menos sencillo es hacerle un lugar en la poesía mexicana porque sus temas y modos lo ligan con otras tradiciones latinoamericanas y aun de otras lenguas y geografías remotas. Una cosa es, sin embargo, cierta: es un libro que además de ofrecer un indudable placer estético, ayuda a pensar en nuestra tradición para cuestionar, de nuevo, sus maneras y linderos, sus curiosos y autoimpuestos límites.

Instrucciones para matar un caballo fue publicado en 2013 por la Universidad Nacional Autónoma de Nuevo León y es un libro que sorprende a su lector desde su título y luego por su tono oracular, oscuro, susurrante. Este libro desciende directamente del simbolismo de Rimbaud, del pre-surrealismo (para llamarlo de algún modo, a ese ser tan solitario) de Lautremont y, en Latinoamérica, de la prosa del venezolano José Antonio Ramos Sucre. Tales son, creo, algunas de sus coordenadas estéticas, es decir, de su estirpe que incluye a muchos otros como el mexicano Salvador Elizondo (el de Farabeuf, más que cualquier otro) o el vanguardista peruano Carlos Oquendo de Amat cuya voz, desde la pluma de Manuel Becerra (Ciudad de México, 1983), aparece en el primer poema del libro, titulado precisamente “Carlos Oquendo de Amat”:

Capaz de iluminarme entre los muladares, nací por los valles de Puno. La tristeza como oficio me vino del padre: viejo ágil en detener la hemorragia y virtuoso era en el arte del embalsamamiento.
Madre, bisnieta de virrey, construiste una aldea a orillas de la barranca que aún sube como un encanto indeciso entre el cielo y los reinos de Lima.
La mañana que vendría me hallaría viviendo contigo para toda la muerte.
Después conocí el mundo.
Caí empujado por el despeñadero que se da en el alma de los hombres contra el Sena.
Quizá nunca vi la nieve. Quizá la nieve, como el rayo, sólo se puede mirar en el
recuerdo. Conozco sus dominios ilimitables.
Llega al hombre por el sueño, su zafiro oriental, su Japón.
Después ya desmemoriado y de vuelta al mundo sabe que el invierno es un recuerdo.
Pude conocer el mar de México y haber desembarcado en esos puertos como en una lengua natural.
Debí haber escuchado la jarana, la mandíbula del asno. Yo, Carlos Oquendo de Amat, iluminado y muerto de tuberculosis,
escribo.

La figura del peruano no vuelve a aparecer ni a ser mencionada en el resto del libro. Sin embargo, el tono establecido por esta primera pieza del poemario se conserva. Instrucciones para matar un caballo se divide en cinco partes cuya más clara unidad es acaso el tempo, siempre calmo, del hablante lírico: su ritmo.  Es un libro de versos cuya respiración tiende claramente a la prosa — cuando no de plano en prosa se escribe—; en él las imágenes suceden una tras otra sin asombro, a pesar de lo que dicen.

3 Ancila (MI) 2Las dos primeras partes del libro se titulan “Manual de instrucciones”, pero son completamente distintas.  La primera sección, por ejemplo, no tiene el formato de unas “instrucciones” en sentido estricto, sino que es un conjunto de exploraciones íntimas como el poema ya citado, en las que se visita también la vida y el arte de la pintora japonesa Fuyuko Matsui, autora de imágenes de una dolorosa y a veces grotesca belleza, y del también pintor haitiano-americano Jean Michel Basquiat. En esta primera sección del libro encontramos, me parece, instrucciones no declaradas para adentrarse en el clima de esa escritura. Más que instrucciones, la primera sección contiene un grupo de imágenes-umbral.

Distinta, la sección siguiente resulta más acorde con su título y con el del libro completo: instrucciones para matar diversos animales con delectación, casi con voluptuosidad. Entre ellos, el caballo, como la encarnación de la belleza y la fuerza indómitas, desmedidas. El disfrute del crimen y el dolor causado al lector son verdaderamente notables en ésta que, creo, es la mejor sección de todo el conjunto. Cito varios fragmentos:

[…] Capturada la rana, se coloca de lomos y se abre. Se le corta desde el pecho hasta las cavidades de las ancas después de haber separado la cabeza del cuerpo.
[…]
Es mejor verla de bruces en el platillo, como una enorme flor verde, que flotando de muerte natural junto a los nenúfares.
La rana moteada

Se le adelgaza la fuerza de las patas delanteras horadando con la hoja de una cuchilla. Se hacen varios cortes hasta que el animal cae de frente como arrodillándose. Después vienen dos garfios que lo alzan por las patas traseras y su garganta queda expuesta para la misma delgada cuchilla. Se coloca una cubeta de metal para atenuar la caída de la sangre que vendrá inmediatamente después de un corte certero en la garganta.
[…]
Hay un dios ebrio en todo caballo que duerme de pie.
Instrucciones para matar un caballo

Deje caer su cuerpo robusto sobre el envés del animal. Amarre las patas traseras hasta imposibilitarlo con el fin de que permanezca de costado—imagínese a un hombre maniatado—. Cuando la bestezuela quede bocaalcielo, hunda el cuchillo sobre el pecho y tenga pendiente que éste, como la garganta de los caballos, es duro si se hunde con mano sensible.
(…)
Deje que los fluidos y la sangre que cae se transminen en el suelo. La tierra hará lo suyo.
Instrucciones para matar un cerdo

La tercera parte del libro, “Trece haikais para destruir un reino”, es eso, un conjunto de 13 haikais que hablan ya no de matar animales, ni de esa belleza sanguínea y dolorosa, adolorida, mostrada antes, sino de la confrontación de dos naturalezas: lo divino y lo terreno. En estos breves poemas, la voz de Manuel Becerra logra crear, sin contarlas, historias en que lo divino es vulnerado o desnudado, descendido:

Temerosos
arrojábamos piedras
al arcángel.
[…]

Destruir
en el centro del bosque
una flor espléndida.
[…]

Dios inasible
en la mano del hombre
en la escritura.
[…]

Delata el rayo
la bóveda craneana
del cielo.

Si bien es verdad que esta sección rompe con todo lo que hacen las otras, y que por esto mismo es una especie de fractura, de impureza, en la estructura unitaria del libro, que ya de por sí era difícil de aprehender, es también verdad que los poemas, estos 13 haikais son impecables, y que el tema japonés había aparecido y será retomado en el resto del libro. El rompimiento fue tonal y lo japonés se repite, a decir verdad, con cierta vaguedad.

Creo, sospecho, que la presencia de estos 13 textos en el libro se debe a motivos editoriales o institucionales como la necesidad de una extensión determinada, tan fundamental en el ambiente mexicano (aunque también en el español y norteamericano) para que un libro sea libro y no plaquette, o para entrar a un concurso de poesía. ¿Cuántos libros de jóvenes poetas en México no tienen poemas que cumplen solamente la función de engordar el volumen?  Yo mismo he vivido esa circunstancia y no conozco un poeta joven que no la confiese o la conozca. Desgraciadamente, no todos tienen la posibilidad de acrecentar su número de páginas con poemas tan bellos como los que entrega Manuel Becerra, quien no deja de ser un alto poeta en ningún momento. Me parece, y esto se ha dicho ya varias veces, que la institucionalización de la poesía mexicana ha llegado al extremo de la pre-fabricación de los libros que buscan cumplir los requisitos de las becas, concursos y talleres. No debe perderse de vista que este fenómeno es ya la norma. Con todo, no quiero distraerme del libro que comento.

El “Libro de la caída de la nieve” y el “Último fragmento con caballos” cierran el libro. El primero habla de poetas y paisajes japoneses, de un Japón brumoso y oscuro, de belleza opaca, no de un Japón lleno de gente y tecnología, como el que vemos en la televisión y el internet. El que se nos muestra es un Japón de contemplación y lentitud. De nuevo, se ha regresado al tono misterioso y casi prosaico de las primeras secciones del libro. Las referencias a artistas de diversas disciplinas es, igual, constante.

El libro cierra con un conjunto de poemas en que un caballo toma varios significados, haciendo animal lo divino y viceversa. El caballo es, en general, el centro de todas las metáforas, disparadas en diversas direcciones en esta etapa final del texto que no pierde de vista, de nuevo, las referencias a lo japonés:

El caballo abriga entre sus vertebras una caja de ritmos, la vida por las venas de su cuello.
Su pulso atemperado es un ave que agoniza.
Sueño a veces con los licores en movimiento de su pelo de mujer japonesa.
La sangre templada por sus músculos es Julissa cuando viste un traje sastre por las oficinas.
La pesadilla sucede a la velocidad de los caballos.
Uno sueña, por ejemplo, a un equino con los ojos vendados yendo hacia una rompiente…

3 Ancila (MI) 1Al llegar al ultimo poema el lector se queda con la sensación de que ha leído varios libros que se parecen, que comparten una melodía, pero que son distintos todavía. Además, el título del texto no parece abrigar todas sus partes, y en ese mismo título no asoma lo japonés, en lo que tanto se insiste. Sin embargo, creo que el problema es pedirle a este libro lo que no tiene, o no tendría, por qué ofrecer. Me explico: es innegable que cada una de las secciones del libro funciona individualmente, y que en ellas cada poema es igualmente un momento de lucidez y de belleza verbal. Sin embargo… ¿el libro es inconsistente? Yo creo que no es justo emitir ese juicio y que la inconsistencia, la falla, es esa necesidad de pensar en todos los libros de poesía como un todo orgánico, de inicio a fin. Es una mala costumbre demasiado arraigada.

Quizá porque soy un lector indisciplinado y me gusta abrir los libros de poesía en cualquier página, prefiero uno que funcione por sus poemas, a otro que funcione por su proyecto o su estructura general. Si las Instrucciones para matar un caballo no son una buena muestra de libro unitario son, sin duda y sin pudor, una muestra de buena y verdadera poesía. Con ello se le puede decir al lector, y al crítico, lo que dijo Pedro Salinas: “y que te baste con eso”.

BIBLIOGRAFÍA
Becerra Salazar, Manuel. Instrucciones para matar un caballo. Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León-Fondo Nacional para la Cultura y Las Artes, 2013.